A pesar de mis muchas precauciones para tratar con otras personas, a aquel pequeño le había confiado muchos de mis secretos, sobre todo el más importante, el referido a mi identidad y a la pena que sobre mí recaía. Puede que lo haya dicho de forma voluntaria o que le hallan obligado a ello, pues es difícil de explicar cómo podía haber aparecido de repente un niño en el puesto de guardia, sin haber una población cerca. ―No nos obligues a desmontar y a buscarte, de todas formas, te llevaremos con nosotros. ¿Te acuerdas del pequeño que nos dejaste a cargo? ―dijo otro de los jinetes. ―¡Dejarle en paz! ―protesté rápidamente delatando con ello mi posición. ―No le pasará nada si nos acompañas ―dijo el tercero. ―Así lo haré, pero prometerme que luego le liberareis. ―Tú haz tu parte y luego y

