―¡Quietos! ―dijo el jefe de la guardia ante la algarabía de los enfermos que se quejaban mientras vomitaban, y de los hombres que estaban extrañados por aquella situación. ―¿Qué haces?, ¿Estás loco?, ¿Qué pasa, que quieres llevar a todos mis hombres contigo, sabiéndote ya reo de muerte? ―Espera, espera, dame tiempo y te explico. Dicho esto, el jefe hizo un gesto y los soldados obedientes me descolgaron y dejaron la piedra en el suelo, y con ello yo caí arrodillado. ―Explícate y espero que tengas razones poderosas para hacer lo que has hecho. ―Es un purgante, nada que les haga mal, únicamente les obliga a echar todo lo que han consumido en varios días. ―¿Y eso para qué? ―preguntó mi guardián mientras cogía mi cuerda por el cuello, levantando mi cabeza con ella. ―Si el veneno estaba e

