Casi cerca de las cinco y media de la tarde sentía que todo mi cuerpo temblaba del más puro cansancio. No habíamos parado ni un segundo y todavía teníamos al menos veinte autos por lavar. Lo peor era que se me habían acabado las galletitas y los clientes no estaban muy felices. Gracias al cielo, Nicky, la novia de Jake, llegó con una bandeja llena de galletas. No habían quedado exactamente como las mías, pero las personas no lo notarían, Nicky era muy buena repostera y estaba salvando mi trasero. - Acabas de salvármela vida – le sonreí. Era una chica introvertida pero increíblemente amable. - Tienes suerte de que me guste hornear galletas, Cassandra – sonrió. – Ve a lavar esos coches, yo me quedo con las galletas. - Cinco dólares el paquete de diez, no lo olvides – d

