Capítulo IX - El Precio del Destino

864 Palabras
El silencio no desapareció cuando el Consejo habló; se quedó suspendido, denso. Como si incluso el tiempo hubiera decidido no avanzar hasta que alguien se atreviera a respirar primero. Fue Lyrianne quien se atrevio a hablar primero. —¿Qué… fue lo que hiciste? —preguntó en voz baja. No era una acusación, era algo más frágil, más peligroso, era miedo a la respuesta. Aldren no contestó de inmediato. Su mirada seguía fija en el vacío luminoso frente a él, pero ya no contemplaba el reino feérico. Veía otra cosa. Otro instante. Otro cielo. Otra guerra. El Consejo habló: —Muéstralo todo — La luz descendió, y el pasado se abrió. El cielo estaba roto, no como metáfora. Roto, fragmentos de firmamento flotaban sobre el mundo como espejos despedazados. Cada pedazo reflejaba tormentas imposibles, relámpagos silenciosos, constelaciones fuera de lugar. Los océanos hervían, las montañas se abrían, el aire sangraba grietas. Criaturas que no pertenecían a ningún plano caminaban entre las fisuras dimensionales abiertas como heridas en la piel de la realidad. Y en el centro de todo— Aldren. Más joven., más solo, más humano. Lyrianne sintió que algo se comprimía dentro de su pecho. —Esto… es el último despertar… El Consejo respondió: —Sí. La visión avanzó. Decenas de magos rodeaban un círculo de sellado, sus túnicas estaban desgarradas, sus manos temblaban, sus voces se quebraban. Sostenían una barrera de energía titilante que apenas contenía algo invisible en su interior. No se veía, Pero se sentía. La realidad se curvaba alrededor de aquello, el espacio se tensaba, el tiempo dudaba. El Intersticio. Una voz antigua gritó: —¡No resistirá mucho más! Otro mago: —¡Necesitamos más poder! Entonces la visión mostró a Aldren. No estaba dentro del círculo. Estaba fuera. Observando. Midiendo. Calculando. Lyrianne susurró: —Tú sabías… —Sí —respondió el Aldren del presente. El círculo comenzó a fracturarse. Los magos gritaron, y la barrera crujió como vidrio bajo presión infinita. —¡Si se cae, todo va a termina! Aldren avanzó, un paso, luego otro, y otro más. Levantó la mano. —No. Todos lo miraron. —No caerá. —¡No hay energía suficiente! —gritó uno. —¡Ni combinando nuestras vidas! —dijo otro. Aldren los observó. Y decidió... Entró en el círculo, las voces estallaron: —¡¿Qué haces?! —¡Sal de ahí! No obedeció. Sus ojos brillaron. Su magia despertó. Oscura. Inmensa. Antigua. —El sello necesita un ancla —dijo. La criatura invisible golpeó desde dentro. El mundo tembló y Aldren cerró los ojos. —Entonces yo seré el ancla. Lyrianne sintió que la garganta se le cerraba. —No… Uno de los magos gritó: —¡Eso te matará! Aldren respondió: —No. Silencio. —Me cambiará. Y así el círculo se activó. Runas primordiales brotaron del suelo como raíces de luz negra. Se enroscaron alrededor de su cuerpo, se clavaron en su piel, atravesaron su aura, se hundieron en su esencia. El Intersticio golpeó. Una vez, dos veces, tres veces. El cielo gritó, la tierra sangró, y Aldren…resistió. La barrera dejó de quebrarse. El mundo dejó de romperse, y el silencio cayó como ceniza. La visión se congeló. Lyrianne apenas recordaba cómo respirar. —Tú lo contuviste… El Consejo habló: —Sí. La imagen cambió, mostró a los magos sobrevivientes. Alejándose, mirándolo. No con gratitud, con miedo. Un susurro: —Ya no es uno de nosotros… Otro: —Está unido a la g****a… Otro más: —Si el sello falla… él será la puerta. La escena se desvaneció. El presente regresó, el aire volvió, la torre volvió, el tiempo volvió. Lyrianne miró a Aldren como si lo viera por primera vez. —Te convirtieron en guardián… Él respondió: —No. Me convertí yo. El Consejo habló: —Pero la profecía original exigía dos sellos. Silencio. —Uno para contener, y otro para cerrar. Lyrianne sintió frío en los huesos. —Y tú… hiciste solo la mitad. Aldren no lo negó. —Sí. La luz del Consejo se intensificó. —Al alterar el destino, creaste una deuda. El aire vibró. —El equilibrio exige corrección. Lyrianne susurró: —¿Qué significa eso? Las voces respondieron: —Significa que esta vez… el precio será mayor. El reino entero pareció escuchar. Aldren preguntó: —¿Cuánto mayor será? La respuesta descendió como un veredicto, suave, inevitable. —El doble. El corazón de Lyrianne golpeó con fuerza. —¿Y qué… significa… eso? La luz bajó entre ellos. —Significa que el próximo sello no contendrá al Intersticio. Pausa. —Lo absorberá. El mundo se volvió helado. —Y quien lo haga… desaparecerá de toda existencia. Silencio absoluto. Ni sonido. Ni tiempo. Ni aire. Lyrianne apenas logró pronunciar: —¿Quién? El Consejo respondió: —El que elija amar más al mundo… que a sí mismo. Las palabras quedaron suspendidas. Y por primera vez… Aldren sintió miedo. No por la profecía, no por el Intersticio. Por ella. Muy lejos… Más allá del reino feérico, más allá del bosque, más allá de toda realidad visible — la sombra sonrió. Porque el destino acababa de revelar su arma más cruel. El amor.
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