El silencio no se rompió, se tensó.
Lyrianne fue la primera en moverse.
No dio un paso atrás, dio uno hacia él.
—¿Cuánto tiempo pensabas ocultármelo?
Aldren sostuvo su mirada.
—No era el momento.
—¿El momento? —sus alas vibraron con una sacudida de luz—. ¿Cuál era el momento perfecto, Aldren? ¿Después de que yo muriera?
El Consejo permanecía en lo alto, pero su luz ya no intervenía. Observaban.
Lyrianne alzó la voz.
—¡Me hablaste de equilibrio!, ¡De destino!, ¡De responsabilidad! —sus ojos ardían—. ¿Y nunca se te ocurrió pensar que tenía derecho a saber que yo podría ser el segundo sello?.
Aldren respondió con una calma peligrosa.
—Pensé en evitarlo.
—¿Evitarlo? —rió, pero no había humor en ello—. No puedes evitar una profecía ocultándola.
—No es eso lo que intenté hacer.
—Entonces explícame qué fue lo que supuestamente intentaste hacer.
Silencio, un segundo, dos segundos, tres segundos.
—Intenté protegerte.
La palabra cayó entre ellos como algo frágil.
Lyrianne dio otro paso.
—No necesito que nadie me proteja.
—No —respondió él—. Necesitas elegir.
—¿Elegir? —sus alas se expandieron con furia contenida—. ¿Elegir entre vivir… o desaparecer?
Aldren no respondió.
Y ese silencio fue respuesta suficiente.
Lyrianne sintió el golpe en el pecho.
—Tú ya tomaste tu decisión hace siglos —susurró—. Te ofreciste como ancla, te uniste a la g****a, te convertiste en algo que ni siquiera ellos comprenden.
Señaló hacia el vacío donde el Consejo aún brillaba.
—¿Y ahora esperas que yo haga lo mismo?
—No— respondió Aldren.
Su voz fue baja, grave, honesta.
—Espero que no tengas que hacerlo.
Lyrianne lo miró con incredulidad.
—Eso es algo que no depende de ti.
—Depende de lo que encontremos antes de que el sello se debilite.
—Siempre tienes un plan —dijo ella, con voz amarga—. Siempre estás calculando, midiendo, y anticipando.
Sus ojos se suavizaron apenas.
—Pero esto no es una estrategia.
Es amor. — La palabra no fue pronunciada, pero estuvo ahí, suspendida.
Lyrianne retrocedió un paso.
Y ese paso dolió más que cualquier grito.
—No vuelvas a decidir por mí nunca más.
Su voz ya no temblaba, era firme, era la voz de una heredera que jamás aceptó tronos impuestos.
—Si el destino me quiere como sacrificio… me lo dirá a mí. No a través de tus silencios.
Aldren bajó la mirada por primera vez. No como derrota, como reconocimiento.
—Tienes razón.
Eso la desarmó más que cualquier discusión, pero no lo mostró.
—Necesito pensar.
Sin esperar respuesta, se giró.
Sus alas se desplegaron con un destello plateado.
Y se fue.
El bosque la recibió con un susurro de hojas.
La luz feérica parecía más tenue, más distante.
Lyrianne caminó sin rumbo entre raíces antiguas y árboles que habían visto el nacimiento de estrellas.
Su mente no encontraba silencio.
“Uno deberá caer…”
Las palabras de la profecía regresaban como ecos inevitables.
“Se abre… con renuncia.”
Se detuvo junto a un lago oscuro.
Su reflejo no parecía suyo. ¿Desaparecer de toda existencia?
No morir, no convertirse en energía, no trascender.
Desaparecer.
Sin memoria, sin historia, sin huella.
Su corazón latió con fuerza.
—No —susurró al agua—. No puede ser así.
Pero en lo profundo… Lo entendía.
Si el sello debía absorber al Intersticio, alguien debía convertirse en prisión eterna.
Alguien debía elegir no existir para que todo lo demás existiera.
Cerró los ojos. Y por primera vez desde que conoció a Aldren sintió miedo.
No al destino, sino a la posibilidad de no volver a verlo.
El viento se detuvo.
Las luciérnagas dejaron de brillar.
El bosque entero contuvo el aliento.
Lyrianne abrió los ojos.
El lago había cambiado.
Su superficie ya no reflejaba el cielo.
Reflejaba oscuridad.
Una g****a fina se dibujó en el aire sobre el agua.
Pequeña, delgada, pero real.
El Intersticio no estaba esperando, se estaba moviendo silenciosamente.
La g****a vibró.
Y una voz que no era sonido susurró desde el otro lado:
—Ya siento al segundo sello.
La superficie del lago estalló en sombras.
Lyrianne retrocedió.
La g****a se cerró tan rápido como apareció.
El bosque volvió, el viento regresó, las luciérnagas brillaron.
Pero algo había cambiado.
No era una visión, no era un recuerdo. Era un aviso.
Muy lejos, en la torre—
Aldren alzó la mirada al mismo tiempo.
Lo sintió.
El equilibrio acababa de inclinarse.
Y esta vez… no estaban preparados para todo lo que se avecinaba.