La g****a no esperó al amanecer, se abrió como una herida arrancada del cielo. No en el bosque, no en el lago... Sobre la torre, directamente sobre Aldren.
El aire se rasgó con un sonido que no era sonido, sino presión. Las runas del sello talladas en la piedra comenzaron a arder con un resplandor oscuro. La estructura entera vibró como si el mundo estuviera recordando el día en que casi se rompió.
Aldren ya estaba despierto. Lo había sentido segundos antes: esa torsión en la realidad, ese tirón invisible que solo alguien unido al Intersticio podía percibir.
Alzó la mirada.
—Vienes antes de lo previsto —murmuró.
La g****a se ensanchó. De ella descendió algo que no tenía forma fija. Era humo comprimido en silueta. Era hueso sin carne. Era vacío sosteniéndose a sí mismo.
No tenía rostro, pero lo miraba.
Atacó sin advertencia.
La sombra cayó como una lanza negra. Aldren levantó la mano y una barrera de energía oscura se expandió en un arco perfecto. El impacto fue brutal. La torre crujió, fragmentos de piedra cayeron al vacío.
La criatura atravesó la defensa como si la realidad fuera agua, demasiado rápido, demasiado fuerte.
Aldren fue empujado hacia atrás. Sus botas dejaron surcos en la piedra mientras anclaba el espacio para no ser lanzado al abismo.
La sombra se expandió, intentando envolverlo.
Y entonces—una explosión plateada partió el cielo.
Lyrianne descendió con una ráfaga de luz que iluminó la noche como un relámpago contenido. Sus alas se abrieron con fuerza, desplegando un arco de energía pura que cortó la entidad en dos.
La criatura chilló.
Un sonido que no pertenecía a ningún plano.
—¿En serio? —dijo ella aterrizando junto a Aldren—. ¿Cinco minutos sin supervisión y ya estás provocando grietas?
Aldren no pudo evitar una mínima exhalación que casi fue risa.
—Tenía la situación bajo control.
La sombra se recompuso, más grande, más inestable. El aire se volvió pesado.
Lyrianne dio un paso al frente.
—Entonces ahora la tenemos los dos.
La criatura arremetió de nuevo.
Esta vez no atacó a uno. Atacó el espacio entre ambos, intentó dividirlos.
Una onda oscura los lanzó en direcciones opuestas. Lyrianne giró en el aire, estabilizándose con un movimiento elegante. Aldren ancló el suelo bajo sus pies para evitar caer.
La sombra se dirigió hacia ella, inteligente, alculadora.Sabía que la luz era más volátil.
Lyrianne levantó ambas manos y una esfera luminosa estalló desde su centro. La criatura atravesó la primera capa, pero no la segunda.
Aldren apareció a su lado como si el espacio lo hubiera obedecido.
—No dejes que te arrastre —dijo.
—No pienso hacerlo.
Atacaron juntos.
Ella lanzó ráfagas de luz concentrada que perforaban la densidad de la entidad. Él comprimía la realidad a su alrededor, limitando su expansión.
Luz y sombra, no opuestas, incronizadas.
La criatura comenzó a perder estabilidad.
Intentó un último movimiento desesperado: una extensión afilada surgió desde su núcleo y se lanzó hacia Lyrianne, buscando arrastrarla hacia la g****a abierta sobre la torre.
La tomó por la muñeca, el frío fue inmediato, un vacío que intentaba devorarla.
Pero antes de que pudiera ser absorbida, otra mano se cerró sobre la suya.—Aldren.
La energía del sello se encendió bajo sus pies. Las runas respondieron a su unión. El contacto entre ambos creó una vibración distinta, algo que la criatura no había previsto.
No era solo poder.
Era resonancia.
El equilibrio reaccionó.
La sombra gritó, la g****a comenzó a cerrarse.
No derrotada.
Pero forzada a retroceder.
Antes de desaparecer, la entidad los observó, evaluando, y se retiró.
La herida en el cielo se selló.
La torre quedó en silencio.
El viento regresó lentamente.
Lyrianne retiró la mano, pero no de inmediato.
Ambos permanecieron demasiado cerca.
—Eso fue diferente —dijo ella en voz baja.
—Sí.
—No era solo una proyección. Era consciente.
—Y estaba probando límites.
Ella lo miró.
—Los nuestros.
Aldren sostuvo su mirada.
—Los nuestros.
El eco de la palabra cambió algo entre ellos.
Lyrianne bajó la vista hacia sus manos, donde aún quedaban restos de energía entrelazada.
—Cuando me tomó… no sentí miedo.
Él se tensó.
—¿No?
—No —levantó los ojos hacia él— Porque sabía que no me soltarías.
El silencio que siguió fue distinto al de la confrontación anterior.
No estaba cargado de reproche.
Estaba lleno de algo más delicado.
Aldren habló con una honestidad que rara vez permitía salir.
—No lo haría.
No fue declaración grandiosa.
Fue simple, y por eso más profunda.
Lyrianne dio medio paso atrás, pero no rompió el contacto visual.
—Somos más fuertes juntos.
Él asintió.
—Eso es lo que la sombra acaba de descubrir.
Ella sonrió apenas.
—Que se acostumbre.
El viento levantó su cabello. Las alas de Lyrianne se plegaron lentamente.
Por un momento, no había grietas, o había profecía, no había Consejo. Solo ellos.
—Cuando luchamos —dijo ella— no sentí que estuviera ayudándote.
—¿No?
—Sentí que estábamos haciendo lo mismo.
Aldren la observó como si esas palabras fueran más peligrosas que cualquier ataque.
—Lo estábamos.
Lyrianne sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
Y por primera vez desde que se conocieron, no había desafío en sus ojos.
Había algo más suave, algo más incierto, más real.
Muy lejos, donde la sombra se replegaba hacia planos que no debían tocar la luz, una certeza se consolidó.
No podría vencerlos enfrentándolos, no mientras estuvieran alineados, o mientras sus poderes respondieran uno al otro como dos notas de una misma melodía.
Pero el amor…
El amor los volvería vulnerables, yeso, la sombra lo entendía mejor que nadie.
En la torre, Aldren habló en voz baja:
—Esto solo fue el comienzo.
Lyrianne asintió.
—Lo sé.
Pero esta vez, cuando el viento sopló entre ellos, no hubo distancia.
Y el equilibrio, por primera vez en siglos… se sintió vivo.