Capítulo XII - Lo Que el Equilibrio No Previó

1007 Palabras
La retirada de la sombra no trajo alivio, trajo cálculo. La torre permanecía envuelta en un resplandor pálido, las runas del sello aún ardían débilmente, como brasas que se negaban a extinguirse. El aire vibraba con una energía residual que no era completamente oscura… ni completamente pura. El Consejo flotaba en su altura ancestral, pero su luz no era serena, era inquieta. —La g****a respondió a ambos —dijo una de las voces, cuya tonalidad parecía fracturarse en ecos múltiples. —No estaba previsto en las proyecciones originales. —La sincronía fue inmediata. —Instintiva. —No inducida. En el centro de la sala, Aldren permanecía inmóvil, sus manos aún sentían el eco del contacto con Lyrianne. No dijo nada. El Consejo continuó: —Si el primer sello y el segundo establecen un vínculo emocional profundo… La luz osciló. —La estructura del sacrificio se vuelve inestable. Aldren alzó el rostro. —Hablan del sacrificio como si ya hubiera ocurrido. —Hablamos de probabilidades. —Las probabilidades no deciden —replicó él. —El equilibrio sí. Un pulso recorrió la torre. —El Intersticio ha comenzado a adaptarse antes de lo calculado. —Porque ha comprendido —dijo Aldren con calma contenida— que juntos no somos suma. Somos algo distinto. La palabra quedó suspendida... Distinto. El Consejo guardó silencio unos segundos más largos de lo habitual. —La unión fortalece el presente. —Pero debilita la previsión del desenlace. Y ahí estaba el verdadero temor. No la sombra, no el amor, la imprevisibilidad. Aldren lo entendió. Y por primera vez en siglos, no sintió lealtad hacia el cálculo del Consejo, sintió algo más humano, más peligroso. Esperanza. El bosque respiraba lento. Lyrianne caminaba sin prisa entre los árboles antiguos, la corteza de los troncos parecía vibrar con una energía sutil, como si el reino mismo hubiera sentido la batalla. Sus alas estaban recogidas, pero no ocultas. Dejaban un rastro tenue de luz plateada a su paso, se detuvo junto al lago donde la g****a había aparecido horas antes. El agua estaba quieta, demasiado quieta. —No fue una coincidencia —dijo sin volverse. —No —respondió Aldren desde la penumbra. Ella sonrió apenas. —Siempre sabes cuándo estoy pensando demasiado. —Siempre haces que se note. Se acercó a su lado, no demasiado, lo suficiente. El lago reflejaba la luna partida por ramas. —El Consejo está preocupado —dijo él. —Lo sentí. —No por la sombra. Lyrianne giró el rostro hacia él. —Por nosotros. Aldren asintió. Ella soltó una risa suave, sin alegría. —Eso es irónico. —El equilibrio no fue diseñado para emociones. —Entonces fue diseñado incompleto. El comentario lo tomó por sorpresa. Lyrianne bajó la mirada hacia el agua. —Toda mi vida me enseñaron que debía proteger el reino. Que debía pensar primero en el bosque, en las criaturas, en el linaje. Pausa. —Nunca en mí. El viento movió su cabello oscuro. —Y ahora —continuó— descubro que mi existencia podría reducirse a una función, un sello, una puerta, un sacrificio. Aldren dio un paso más cerca. —No eres una función. —Pero puedo convertirme en una. El silencio que siguió no fue incómodo, fue honesto. Lyrianne habló sin mirarlo: —Cuando luchamos… sentí algo diferente. —Yo también. —No era solo poder compartido. Él entendía. —Era confianza. Ella levantó la vista. —Era pertenencia. Esa palabra pesó más que cualquier hechizo. Aldren extendió la mano, lentamente, con la misma cautela con la que uno toca algo frágil. —No tienes que enfrentar esto sola. Lyrianne observó su mano, y luego la tomó, el contacto no desató magia visible. Pero el sello, muy lejos en la torre, vibró apenas. Un reconocimiento. Ella apoyó su frente contra la de él. —No prometas que me salvarás. —No lo haré. —Promete que no decidirás por mí. Aldren cerró los ojos. —Lo prometo. El bosque suspiró, en ese instante no había profecía. No había Consejo, no había sombra, solo dos latidos que habían aprendido a sincronizarse. Y algo creciendo entre ellos que no había sido escrito en ningún texto ancestral. Algo que no era obligación, era elección. Más allá del plano visible, la sombra no dormía, se había retraído, sí. Pero no había retrocedido, observaba, analizaba. El Intersticio no comprendía el amor, pero comprendía dependencia, y había sentido la resonancia entre ambos. No podía superarlos en fuerza directa, no todavía. Pero podía erosionar la base. Una extensión de su esencia se deslizó como niebla hacia las raíces del reino feérico. No rompió el sello, no lo intentó. Buscó vibraciones, buscó grietas emocionales, y encontró algo interesante. El miedo de Lyrianne a perder su identidad. La culpa silenciosa de Aldren por haber alterado el destino siglos atrás. Dudas, ambos tenían dudas. La sombra no necesitaba crear fisuras, solo amplificarlas. Una proyección tenue emergió en el agua del lago. Por un instante, el reflejo de Aldren no mostró su figura real, mostró una versión más oscura, más distante. Lyrianne parpadeó, la imagen desapareció. No dijo nada, pero la semilla fue plantada. En la torre, una de las runas del sello titiló con una variación mínima. Aldren no lo vio, el Consejo sí. —La g****a no ataca —murmuró una voz. —Aprende. En la oscuridad entre planos, la sombra comenzó a tejer, no un ataque, una historia, una ilusión sutil. Un evento futuro cuidadosamente diseñado. No destruiría su vínculo de inmediato, lo tensaría, lo pondría a prueba. Porque sabía algo que incluso el Consejo temía admitir: El amor no rompe el equilibrio, pero puede forzarlo a elegir, y cuando el equilibrio elige… algo siempre se pierde. En el bosque, Lyrianne alzó la mirada hacia Aldren. —Pase lo que pase… no quiero arrepentirme de haberte elegido. Él sostuvo su mirada. —Entonces no lo hagas. Muy lejos, la sombra sonrió. Porque el plan ya había comenzado.Y esta vez… so necesitaría abrir una g****a en el cielo. Solo una entre ellos
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