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LOCAMENTE OBSESIONADA FALSAMENTE ENAMORADA.

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oscuro
prohibido
de amigos a amantes
drama
misterio
ciudad
Oficina/lugar de trabajo
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Descripción

SINOPSIS

Cuando Abigail Hart tenía dieciocho años, estaba preparada para terminar con su vida. Lo que no esperaba era que un desconocido apareciera en el momento exacto para cambiarlo todo.

Diez años después, ese desconocido se ha convertido en uno de los empresarios más influyentes del país, mientras que Abigail ha dedicado gran parte de su vida a seguir, admirar y recordar al hombre que le dio una razón para seguir adelante.

Al conseguir un puesto como asistente ejecutiva en Berchetti Group, Abigail finalmente tiene la oportunidad de estar cerca de Cassian Berchetti. Pero lo que para ella comenzó como gratitud y admiración se ha convertido en algo mucho más oscuro.

A medida que su obsesión crece, Abigail se adentra en una espiral de fantasías, secretos y decisiones peligrosas que amenazan con destruir todo lo que ha construido. Sin embargo, cuanto más se acerca a Cassian, más descubre que él no es el hombre inalcanzable que imaginó durante años.

Entre la obsesión y el deseo, la realidad y la fantasía, ambos quedarán atrapados en una historia donde el amor puede convertirse en la más peligrosa de las obsesiones.

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Capítulo 1
CAPÍTULO 1 ¿Recuerdas a tu primer amor? No hablo del primero que te besó ni del primero que te tomó de la mano. Hablo de la primera persona que logró quedarse dentro de tu cabeza incluso cuando intentaste arrancarla de ahí. La primera que te encontró en el peor momento de tu vida y, sin proponérselo, terminó cambiándolo todo. Yo sí recuerdo al mío. Recuerdo aquella azotea, el viento golpeándome el rostro y mis manos aferradas al borde del muro mientras intentaba reunir el valor suficiente para saltar. También lo recuerdo a él caminando hacia mí con el uniforme del colegio desordenado, un cigarrillo entre los dedos y esa tranquilidad irritante que me dieron ganas de odiar desde el primer segundo. Mi madre murió cuando yo era pequeña y después de eso mi padre volvió a casarse. Supongo que ahí empezó todo. Mi madrastra jamás me soportó y sus hijas aprendieron rápido a tratarme exactamente igual que ella. Durante años me acostumbré a vivir haciendo el menor ruido posible, aprendí a hablar bajo, a encerrarme en mi habitación y a quedarme callada incluso cuando ellas revolvían mis cosas o se burlaban de mí delante de otras personas. Mi padre nunca intervenía. Ese era el verdadero problema. No los gritos. No las humillaciones. Él. La facilidad con la que miraba hacia otro lado cada vez que yo necesitaba ayuda. La noche antes de subir a aquella azotea escuché una conversación que terminó de romper algo dentro de mí. Había bajado a la cocina por agua cuando escuché mi nombre dentro del despacho y me quedé quieta detrás de la puerta. —No puedes seguir permitiendo este comportamiento —dijo mi madrastra—. Sus notas son un desastre y cada día está peor. Mi padre soltó un suspiro cansado. —¿Entonces qué propones? —Envíala al internado de Suiza. Allí podrán controlarla antes de que termine avergonzándonos. Esperé escuchar un “no”. Aunque fuera uno pequeño. Algo. Pero no ocurrió. —Quizá tengas razón. Eso fue todo. Ni siquiera tuvo que pensarlo. Aquella noche entendí que yo ya sobraba dentro de esa casa y al día siguiente, mientras caminaba hacia la azotea del colegio, también entendí algo más. Si yo era el problema, entonces podía desaparecer y solucionarlo todo. Subí al muro lentamente. El viento golpeaba tan fuerte que tuve que cerrar los ojos un segundo y fue entonces cuando escuché una voz detrás de mí. —¿Qué crees que haces? Abrí los ojos de inmediato y giré apenas la cabeza. Lo reconocí enseguida. Todo el mundo conocía a Cassian Berchetti. El estudiante perfecto. El heredero de una de las familias más poderosas del país. El chico que siempre parecía tener todo bajo control. Y aun así ahí estaba, mirándome a mí. Empezó a caminar hacia el muro lentamente y sentí el cuerpo tensarse inmediatamente. —No te acerques. Mi voz tembló y eso me irritó más de lo que debería. —Quédate ahí. Cassian obedeció sin discutir. Dio una calada tranquila al cigarrillo y me observó unos segundos antes de hablar otra vez. —No voy a detenerte, pero al menos espera a que me vaya. Fruncí el ceño. —¿Qué? —Que si saltas ahora van a pensar que fue mi culpa y sinceramente no quiero ese problema. Lo miré incrédula. Yo estaba parada sobre el borde de un edificio y él hablaba como si estuviera interrumpiéndole el descanso. —Entonces vete. —Todavía no tengo ganas. Le dio otra calada al cigarrillo y levantó apenas la mano donde lo sostenía. —Aún no termino esto. Apreté con más fuerza el borde del muro. —Si no te vas, voy a saltar igual. —Está bien. Respondió tan tranquilo que mi estómago se tensó inmediatamente. —Hazlo cuando quieras. No supe qué responder a eso. Durante unos segundos solo escuché el viento golpeando alrededor de nosotros mientras Cassian seguía observándome sin moverse del lugar. Después habló otra vez. —¿Puedo preguntarte algo antes? No respondí. Ni siquiera sabía por qué seguía escuchándolo. —¿Por qué quieres hacerlo? Miré hacia abajo. Los autos parecían pequeños desde allí. —Porque estoy cansada. —¿De qué? Tragué saliva antes de responder. —De ser una carga para todos. Cassian guardó silencio unos segundos. Después bajó la mirada hacia el cigarrillo y soltó una pequeña risa por la nariz. —Eso es bastante estúpido. Giré la cabeza de golpe. —¿Qué acabas de decir? —Que si te matas, las personas que te hicieron sentir así ganan. Tú desapareces y ellos siguen con su vida tranquilamente. No veo la lógica en eso. Sentí el pecho tensarse. —No entiendes nada. —Tal vez no, pero si alguien me arruinara la vida yo haría exactamente lo contrario. Fruncí el ceño despacio. —¿Contrario cómo? Cassian aplastó la colilla contra el suelo con la punta del zapato y volvió a mirarme. —Me volvería un problema peor. El viento volvió a golpearme el rostro y por primera vez desde que subí allí, dudé. Cassian metió una mano dentro del bolsillo del pantalón. —Este es el último año de colegio, ¿verdad? Asentí lentamente. —Entonces espera un poco más. El próximo año serás mayor de edad. Puedes irte, hacer tu vida aparte y mandar a todos a la mierda si quieres. Nadie te obliga a seguir quedándote cerca de personas que te destruyen. Algo incómodo se movió dentro de mi pecho al escucharlo. Algo que llevaba mucho tiempo sin sentir. Cassian sacó otro cigarrillo del bolsillo y empezó a caminar hacia la puerta. —Bueno, ya terminé aquí —dijo mientras colocaba el cigarrillo entre sus labios—. Espera al menos cinco minutos antes de saltar. Quiero estar lejos cuando ocurra para que no me echen la culpa. Y simplemente se fue. Sin acercarse. Sin intentar salvarme. Sin decirme que la vida era hermosa. Me quedé sola sobre aquel muro sintiendo el viento golpearme el rostro mientras repetía sus palabras una y otra vez dentro de mi cabeza. Si saltaba, ellos ganaban. Mi madrastra finalmente se libraría de mí. Sus hijas se quedarían con todo y mi padre probablemente seguiría viviendo exactamente igual. Bajé lentamente del muro y sentí las piernas temblar apenas mis pies tocaron el suelo. Me limpié las lágrimas con la manga del uniforme, respiré hondo y caminé hacia la puerta dispuesta a bajar las escaleras, pero apenas la abrí me detuve. Cassian estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, con otro cigarrillo entre los dedos. Levantó la vista al verme y arqueó apenas una ceja. No pude evitar sonreír. —¿Me estabas esperando? —No. Respondió tranquilo mientras encendía el cigarrillo. —Solo quería fumar otro. Lo observé unos segundos antes de apretar con fuerza la correa de mi mochila. —Tomaré tu consejo. Soltó el humo lentamente. —¿Cuál de todos? Una sonrisa pequeña apareció en mis labios. —Me convertiré en un problema peor. Y por primera vez desde que lo conocía, Cassian sonrió de verdad. Después de aquella azotea algo dentro de mí cambió. Ya no bajaba la cabeza tan fácilmente. Empecé a ignorar a mis hermanastras, a encerrarme con llave en mi habitación y a responder cuando mi madrastra intentaba humillarme delante de mi padre. Él seguía fingiendo que nada ocurría, pero ahora yo también había dejado de intentar agradarle. Y entonces dejaron de amenazarme y finalmente decidieron actuar. Cuando regresé del colegio encontré dos maletas abiertas sobre mi cama y varias empleadas guardando mi ropa dentro de ellas. Me quedé quieta en la puerta mirando la escena varios segundos. —¿Qué están haciendo? Ninguna respondió. Mi madrastra apareció detrás de mí cruzándose de brazos. —Preparando tus cosas. Tu vuelo sale mañana por la noche. Sentí el pecho tensarse inmediatamente. —Yo no voy a irme. Ella soltó una pequeña risa. —No es una decisión que puedas tomar. Giré la cabeza al escuchar pasos acercándose y vi a mi padre entrando en la habitación. —Abigail, basta ya de actuar como una niña. Todo está preparado. Lo miré sin moverme. —No voy a subir a ese avión. Mi padre apretó la mandíbula. —Sí vas a hacerlo. —No. El silencio dentro de la habitación se volvió pesado. Mi madrastra sonrió apenas, disfrutándolo. —¿Ves? Esto es exactamente lo que te decía. Ya no la controlas. Mi padre respiró hondo antes de mirarme otra vez. —Escúchame bien, Abigail. Te irás mañana y empezarás de cero en ese internado. Ya estoy cansado de tus actitudes, de tus problemas y de esta rebeldía absurda. Solté una risa seca. —¿Mis problemas? Él frunció el ceño. —No empieces. —Claro, porque es mucho más fácil enviarme lejos que reconocer que jamás te importó lo suficiente como para defenderme de ellas. Mi madrastra abrió la boca indignada. —¿Cómo te atreves a hablarle así? La ignoré completamente. Mi padre dio un paso hacia mí. —Todo lo que tienes te lo di yo. —Y también me quitaste todo. Su expresión se endureció. —Si tanto te molesta vivir aquí, perfecto. Vete. Vamos a ver cuánto sobrevives sola, sin mi dinero, sin mi apellido y sin todo lo que te he dado durante años. La habitación quedó en silencio. Lo miré fijo varios segundos antes de asentir despacio. —Muy bien. Mi padre frunció el ceño. —¿Qué? —Me iré. Mi madrastra dejó de sonreír. —Abigail, deja de actuar dramáticamente. Caminé hacia el armario, saqué una mochila y empecé a guardar ropa sin mirarlos. Mi padre soltó una risa incrédula. —¿Hablas en serio? Cerré la mochila de golpe. —Fuiste tú quien me dijo que me fuera. —No durarás ni un mes sola. Me giré lentamente hacia él. —Entonces mírame. Tomé la mochila y caminé hacia la puerta, pero antes de salir me detuve un segundo. Por alguna razón, la primera persona en la que pensé no fue mi padre. Fue Cassian. “Puedes irte, hacer tu vida aparte y mandar a todos a la mierda.” Apreté con más fuerza la correa de la mochila. Y esta vez sí pensaba hacerlo.

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