Guerra tecnológica

1098 Palabras
La ceremonia nupcial había sido cuidadosamente planeada. En dos horas, mi destino y el de Alicia se fundirían en uno solo. Yo suspiraría en silencio y ella flotaría en una nube rosa. Entonces, haríamos de nuestras ilusiones un mismo sueño. Mientras los amigos brindasen por nosotros, yo le tomaría de la mano y le llevaría a nuestro nido de amor. Al fin, tras haber atravesado muchos avatares, «nuestro» era una palabra que comenzaba a tener sentido. Ya nada podía salir mal. ¿O sí? Mientras me anudaba la corbata, una explosión en la cocina me recordó que hay una tangible diferencia entre sonar una trompeta y hacer música. El humo se me coló en los pulmones y me provocó un acceso de tos. ─¡Buggi! Eché un reproche a mi perro que, para variar, estaba muy tranquilo. En cambio, las cocineras lloraban a mares y no era a causa de la cebolla. ─Las ollas están endemoniadas. Esto es cosa de hechicería ─afirmó el chef sin mirarme y se hizo la señal de la cruz. Antes de que dilucidásemos qué rayos ocurría con las cacerolas, corrió por delante de nosotros una de las sirvientas encargadas de la limpieza. ─¡Renuncio! ─chilló tirándome el delantal a la cara─. Esa cosa está loca. Pensé que ella exageraba hasta que el aspirador tropezó con Buggi y le arrancó los pelos de la cabeza y media oreja. El pobre cachorro se las arregló para escalar hasta mis brazos y manchar de sangre mi recién estrenado esmoquing. ─¡Que alguien desconecte ese tareco! ─ordené sin titubear. Era preferible contraer nupcias en una casa polvorienta que hacerlo en una decorada con sangre canina. Diez o doce empleados la emprendieron a golpes contra el artefacto. A pesar de que varios tornillos y tuercas se desperdigaron bajo los estantes y por los rincones, él se defendió como si fuese un ser racional. Cuando lanzó el último sonido, pensé que al fin respiraría en paz. ¡Pobre de mí! Ese día aprendí que luego de una desgracia, siempre vienen más. Todavía no había desprendido a Buggi de mi regazo cuando el padrino me comunicó otra mala noticia: ─Por un error del GPS del autobús, el personal del catering se ha desviado un centenar de kilómetros. Le han detenido en la frontera interestatal por intento de entrada ilegal al país vecino. Sus palabras me dejaron paralizado. Me había encargado de contratar a los mejores empleados de la ciudad. Todos ellos contaban con una vasta experiencia en la prestación de un servicio de calidad y tenían los papeles en regla. Algo raro se movía en el ambiente y, ese algo, ¡olía a bruja! Este era un trabajo para los cazadores de seres sobrenaturales. Eché garra a mi teléfono. Siempre lo tenía al alcance de la mano por si necesitaba defenderme de la magia oscura. Marqué las teclas sin dilación y esperé a ser atendido. ─No puede acceder a ese número. ─La aburrida voz de la operadora me recordó lo insoportable que era vivir en el siglo XXI. La tecnología estaba en contra mía. En una guerra a muerte, yo tenía las de perder. Me devané los sesos buscando una explicación coherente para la concatenación de tantos sucesos insólitos, pero un grito terrorífico casi me perforó los tímpanos. Todos corrimos hacia el tercer piso. ─¡No entres! ─me advirtió el padrino─. Sabes que ver a la novia antes del matrimonio da mala suerte. ¿Más? Era imposible. Sin embargo, procuré no exacerbar las escandalosas pulgas de mi suegra y obedecí los cánones sociales. Escuchar las lamentaciones de mi prometida a través del estrecho tabique me hizo desear ser invisible y traspasar la pared. Alicia estaba en medio de una crisis de histeria. Nunca antes le había visto así. Mordisqueé cinco de mis diez uñas de las manos. Tal como pintaban las cosas, necesitaría las restantes para después. ─¿Todo va bien, mi amor? ─ tartamudeé. ─Le saldría un grano en la cara ─comentó el padrino─, o el vestido no le cierra. A las mujeres se le ponen los nervios a punto de ebullición con esas cosas. No le contradije para no echar más leña al fuego. Alicia era una joven comedida. Se necesitaba una tonelada de granos en el cuerpo para sacarle de sus casillas. Un nuevo alarido borró mis dudas de cuajo. Aunque estuviese tres meses mirando a Alicia en traje de novia, sería imposible añadir más mala suerte a ese día. De un golpetazo, abrí la puerta y corrí al interior de la habitación. En cuanto ella me vio, puso distancia entre nosotros y, sin que pudiese impedírselo, se cortó la trenza. El pelado le hubiera quedado bien si fuese un hombre, pero no lo era. ─¿Qué has hecho? ─El grito me salió del fondo del alma. Gracias al cielo, el fantasma de mi difunto padre no vagaba por el pasillo. Hubiera muerto de susto. ─El maldito secador me ha quemado el pelo. En venganza, lo he tirado por la ventana ─aulló reponiendo las fuerzas. —Tu cabello crecerá otra vez ─le aseguré. —¡Tal vez en cientos de años! ─me increpó furiosa, como si yo tuviese la culpa─, en ese entonces estaré muerta. Una risa malévola resonó en el jardín. ¿Habríamos dicho gracioso? ¿Qué persona sería tan perversa para disfrutar del mal ajeno? El sonido se repitió, esta vez con más fuerza. Me escalofrié de pies a cabeza. Conocía de memoria la voz de mi exnovia. ¡Maldición! Ella estaba detrás de todos nuestros males. ─Sabía que nos atacaban seres paranormales. ¡Eres una bruja! ─le increpé furioso. ─Aunque me propusieron hacer el curso de hechicería, preferí estudiar informática. Soy un hacker. ─Se carcajeó una vez más. Pisó el acelerador de su motor eléctrico y se desprendió a toda carrera antes de que pudiese atraparla. Como regalo de bodas, le ofrecí una peluca a mi amada. ─¿Por qué no nos mudamos al siglo XVI? ─ella susurró llorosa. ¿Por qué no? Mientras más alejados estuviésemos de mi exnovia, más felices seríamos. Contra una bruja, podíamos pelear; frente a un hacker, mejor nos largábamos. Tomé la mano de mi esposa y le arrastré hacia la máquina del tiempo. Cuando pulsé la fecha de arribo, solté un suspiro de alivio que no me duró mucho rato. —Estamos presentando problemas técnicos ─me informó la voz metálica del aparato. ¡Maldita hacker! Esa perversa pendenciera también había trastocado mi vía de escape. Alicia y yo nos quedamos varados en el limbo. ¡Ah!, y fuimos infelices para siempre.
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