Amor zombificado

1186 Palabras
Era el peor domingo de la historia. El aburrimiento alcanzaba límites estratosféricos y el hambre lo superaba; pero Padre nos había indicado quedarnos en casa y, cuando él nos miraba con seriedad, ninguno de nosotros osaba contradecirle. Por supuesto que el encierro se circunscribía solo a los cadetes. Todos los zombis de mayor rango se habían ido al bar a tomar unas copas de cerebros derretidos. ─¡Dame una mano! ─vociferó Victorio y, de un tirón, me arrancó el brazo derecho desde la articulación del hombro. Le respondí con un gruñido. Aunque entre los zombis estaba de moda ser manco, preferiría conservar mis cuatro extremidades intactas. ─Pásame la izquierda ─pidió Ana Lya─. Es urgente. ─¿Para qué la necesitas? ─Di un paso atrás. Prestar amablemente una de ellas era algo molesto, pero dos se tornaba insoportable. ─Quiero jugar voleibol y tus brazos son más largos que los míos ─contestó con cierto tono indiferente que puso a vibrar mi mustio corazón. Algo había de especial en esa zombi que me hacía saltar los ojos de las cuencas hacia el plato. Con la baba amontonada entre las muelas cariadas y una sustancia verdosa saliéndose por los huecos de la nariz, asentí sin chistar. ─También yo preciso de una de tus piernas, la derecha específicamente. Planeamos jugar fútbol luego de que terminemos de ensuciar la casa ─Carnita cruzó los dedos en espera de mi respuesta. ¡Esto era inconcebible! Una jugarreta del destino para dejarme varado. Pese a que los deportes me daban pereza desde que era un humano común, había nacido con un don natural para ellos. Mis amigos -o enemigos, no podía asegurarlo- lo sabían y se aprovechaban de mi buena voluntad. ─¡Es demasiado! ¿Acaso hoy es el día internacional de Molesten a Willy? ¿Por qué todos ustedes se han confabulado en contra mía? Sin pensar, me jalé los pelos de la cabeza como acostumbraba a hacerlo cuando aún vivía; solo que el aquel entonces no se me desprendía el cuello del tronco, y ahora sí. Pronto necesitaría un mapa para recomponerme. ─No seas un viejo gruñón, Willy ─Ana Lya arremolinó los granos de su rostro. Si no fuese un muerto viviente, les juro que en ese mismo instante me hubiese rascado esas ganas locas que tenía de ella, pero también aquel pedazo de mi cuerpo se había zafado hace mucho tiempo. ¡Maldita sea la hora en que accedí a formar parte de un experimento de bajo costo! La culpa fue de Padre; o mejor dicho, mía. Nadie me mandó a cambiar mi insulsa existencia por una mucho peor. ─Esto es igual a lo que me sucedió a la isla de Nunca Jamás. ¡Le temo a los cocodrilos! Carnita lloró con tanta fuerza que se derritió como si fuese un helado. De haber tenido al menos una mano disponible, hubiese procurado amasar sus restos y recomponerla; pero no me quedó otra opción que ver cómo, entre las ranuras del suelo, desaparecía mi amiga y una de mis piernas. ─No te preocupes. Encontraremos un reemplazo. Te prometo que no tendrás que utilizar una prótesis de palo─me alentó Ana Lya─. En el ático hay un montón de extremidades sin dueño. Te ayudaré a escoger la que más te agrade. Saltando a la pata coja subí los escalones hasta lo más alto. Padre nos tenía prohibido acudir a ese sitio, salvo que tuviésemos razones de peso. Tal vez a él no le pareciese importante que yo me injertase una extremidad, pero probablemente nunca se enteraría. Escogí una pierna color chocolate, la única que encontré acorde a mi estatura. Cojear un poco cuando la arrastraba me dio una apariencia de gran señor que hizo enverdecer de emoción a Ana Lya. ─¿Qué es eso? ─preguntó ella señalando una enorme montaña de papeles apilados. Obviamente, en un sitio donde reina el caos, el orden llama la atención. Como todavía conservaba gran parte de mis ojos y mi lengua, leí sin silabear: Método para revertir la zombificación. Cómo volver humanos a los monstruos solo en tres sencillos pasos. De repente, detuve la lectura y estrujé el papel entre los dedos. Retornar a la normalidad significaba ser un joven apagado, sin amigos o enemigos que me hiciesen compañía. Con los zombis cadetes disfrutaba de una muerte algo alocada en la que estaba más vivo que en mi antigua existencia. Ana Lya también se quedó inmersa en sus pensamientos. ¿Vivir o no vivir? He ahí el dilema. No discutimos los pros y los contras. No era el momento de entrar en un eterno viaje astral o un debate sin fin. Pronto Padre regresaría a casa. Con tres toques largos y dos cortos, el resto de la pandilla nos alertó del peligro. Ya Padre estaba en la verja… ya cruzaba el jardín… ya traspasaba el umbral... Ana Lya y yo nos desprendimos en una carrera hasta el salón. Como de costumbre, Padre nos encontró a todos de la manera en que más le agradaba: ensuciando el suelo. La buena noticia es que Victorio había remodelado el cuerpo de Carnita. La mala, que a la pobre le faltaban cinco dedos y las orejas. Ahora estaba medio sorda. No rodé los ojos para desternillarme de la risa porque la última vez que se me ocurrió hacerlo se me desprendieron y estuve una semana buscándoles a tientas bajo el sofá. Con presteza, me enderecé las extremidades e intenté fingir un aire despreocupado. ─¿Guardaste la fórmula? ─me preguntó Ana Lya. Antes de ser un zombi se dedicaba al teatro. Solía recibir vítores y aplausos. Su existencia humana sí había valido la pena, en cambio, la mía... El temor a perderla se me incrustó en los restos del corazón y erizó mis exiguos vellos, pero era tal el sentimiento que le profesaba que prefería saberle feliz que retenerla en contra de su voluntad. No llevaba el papel conmigo, pero lo había memorizado con exactitud. ─Corazones rojos en una cazuela, dos gotas de sangre, una carabela, piel de cocodrilo en forma de cartera y bate que bate con mano certera ─murmuré entre los dos dientes que aún conservaba. Imaginé la dichosa sonrisa de Ana Lya en el interior de mis ilusiones, y allí le dije adiós. ─Parece un tipo de broma maquiavélica o un juego de críos ─susurró contrariada. ─¿Y si probásemos? ─sugerí en contra de mis sentimientos. ─Podríamos ─los segundos que se quedó en suspenso fueron, tal vez, los más largos de mi historia─; pero será después de que celebremos Halloween. Igual, ya estás disfrazado. ─Señaló la pierna color chocolate y un brazo violeta que, confundido, tomé de la mesa del salón. ─O quizás dentro de mil millones de años ─prosiguió─. Pronto dejaremos de ser cadetes, subiremos de rango y nos iremos al bar a beber cerebros derretidos. Por cierto, he encontrado algo que te pertenece. Blandió en el aire un trozo de carne conocido, aquello que se me había desprendido de entre las piernas hacía ya varios meses. No niego que me alegró recuperarlo, pero no más que el beso que recibí en mis demacrados labios.
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