La Puerta que Nunca se Cierra
La hermosa mujer estaba parada posando para su amado, con su hermoso abrigo de invierno de color blanco y rivetes grises claro, ¡Se veía tan hermosa!
Su amado la admiraba, veía sus ojos azules y su hermosa sonrisa que lo tenía hechizado, su grácil y sexi cuerpo cuerpo cubierto de pieles se veía ágil y fuerte. ¡Cuánto la amaba!
Ella le sonreía con ojos llenos de amor, porque sabía que su hombre también la amaba como ella lo amaba a él. Soñaban con una vida juntos, escondidos quizás y aún con niños. Por eso se miraban con tanta devoción.
Pero de repente su mirada cambió, sus hermosos ojos azules reflejaron sorpresa, su cuerpo tuvo un estremecimiento mientras su blanco abrigo se iba tiñendo de un rojo intenso que contrastaba horriblemente con su blancura y con lo blanco del ambiente nevado que los rodeaba.
Su cuerpo se fue inclinando hacia el precipicio que tenía detrás y empezó a caer al vacío, a la nada…
Claudio se despertó con su propio grito, se sentó de golpe en la cama con la frente perlada de sudor y los ojos llenos de lágrimas, las mismas que también le corrían por la cara, un dolor sordo desfiguraba sus varoniles facciones.
Trató de tomar aire y un suave gemido salió de sus labios. Poco a poco su respiración se fue normalizando y su pulso se reguló. No era la primera vez que Claudio tenía pesadillas con este doloroso evento de su vida, pero ésta vez fue un poco más vívido.
Era como si lo estuviera viendo en una enorme sala de cine, de esas con las enormes pantallas curvas y a todo color. No estaba seguro, pero se preguntaba si hubiera podido cambiar su vida, y si pudiera, ¿Lo habría hecho?
Eran tantos los años de haber servido para diferentes grupos, países y diversos servicios secretos, que parecía que había vivido su vida a salto de mata, sin poder tener un hogar, hijos y por supuesto, una mujer. La imagen de Irina cayendo por esa precipicio herida de muerte le atormentaba con bastante frecuencia, eso no habría tenido que suceder.
En su ahora cómodo apartamento en Los Angeles tenía todas las comodidades, tantas que le abrumaban, pero no hubiera podido negarse a lo que tan amablemente sus amigos Marcus y Evelyn le habían regalado después de su azarosa aventura en Venecia.
Tenía todo lo que podía necesitar, al menos de las cosas materiales, había ahorrado bastante
dinero desde joven, pensando siempre en el retiro. Su peligrosa profesión no dejaba espacio para los errores y el retiro no era algo que alcanzaba casi ninguno.
Pero él se había esforzado por ser el mejor entre los mejores y lo había demostrado en todo momento. Ahora a sus sesenta y un años se encontraba en buena forma, podía correr a toda velocidad más de un centenar de metros sin agotarse en exceso, hacía pesas y ejercicios a diario. Y era muy saludable.
Pero el vacío de su vida era difícil de llenar, por supuesto que tenía a sus amigos, Marcus y Evelyn. También al Corso con quién compartía noches de bolos y cervezas. Y su ahijado, el hijo de ellos, era una gran alegría, ocupaba el lugar del nieto que nunca había tenido y lo disfrutaba.
Pero su corazón era solitario, nunca había buscado el amor, un espía no tenía tiempo de enamorarse, eso le decían siempre sus maestros en el arte del espionaje, y a su vez el lo repetía a quienes apadrinaba; hasta que conoció a Irina. Era prima de Boris Koslov, quien a su vez era su contacto en Ucrania y Los Cárpatos. Él lo visitaba con frecuencia debido a su última misión.
Claudio estaba trabajando para los británicos, en una investigación sobre unos documentos que habían sido robados del Kremlin, donde aparecían involucrados una serie de peces gordos del politburó y otros personajes menos conocidos. Los documentos trataban sobre unos experimentos ilegales y secretos que se habían llevado a cabo con la anuencia de muchas personas.
Si eso se llegaba a saber serían muchas las cabezas que rodarían en las altas esferas rusas y además se ganarían una series de sanciones internacionales que no serían agradables para los involucrados.
Por esa razón estaba Claudio aquí en los Cárpatos, según los informes que le habían llegado a través del jefe de la inteligencia rusa, Iván Smirnov, quien a su vez estaba de acuerdo con los británicos en la consecución y puesta a buen recaudo de ellos.
Smirnov era un hombre conocido de Claudio de hace varios años, podría decirse que eran casi amigos, pero realmente a él no le gustaba Smirnov para nada, lo conocía como un hombre cruel a quien solo lo movían sus intereses personales, aún por encima de su "fidelidad" a su país.
Fue él quien le recomendó a Claudio al buen hombre de Boris Koslov, para que fuera su contacto en los Cárpatos.. debía trabajar con él en la búsqueda y rescate de los documentos peligrosos. Por eso siempre lo visitaba, Claudio se hacia pasar por un cazador de rebecos, una especie de cabra de los Cárpatos, era la mejor manera de disimular sus constantes visitas.
Fue en una de esas visitas que conoció a Irina, Claudio llegó al pueblo y se dirigió a la tienda de Boris para hacer unas compras y enterarse de los últimos acontecimientos de la jornada. Cuando entró a la tienda, como siempre, lo hizo llamando a Boris para bromear con él, pero Boris no estaba en el mostrador esa mañana.
En su lugar estaba una hermosa y alta mujer, casi de su tamaño, Claudio no era un hombre bajo, casi llegaba a 1,80 metros y ella le llegaba al menos a la barbilla. Vestía con un atuendo sencillo de la zona, que resaltaba sus formas suaves y esbeltas; hombros firmes, busto generoso y armoniosas caderas.
Pero lo que más impresionó a Claudio fueron su cabello rubio y sus ojos azul-gris que parecían un pozo sin fondo. Un hombre era capaz de perderse en sus misteriosas profundidades si se le quedaba mirando por mucho tiempo. Claudio se obligó a cerrar la boca.
—¿Desea algo? —se escuchó su voz de timbre grueso pero delicado, era una voz realmente hermosa y estremecedora.
Claudio se obligó a regresar del mundo de ensueños dónde había caído.
—Lo siento —dijo, tratando de organizar sus ideas— ¿Boris no está?
—No, mi primo tuvo que salir, pero regresará pronto —Claudio solo podía mirar como se movían sus labios al modular las palabras.
«!Claudio!» —se recriminó a sí mismo— «¿Qué demonios te está pasando?»
Él nunca había sido del tipo enamoradizo y jamás se había interesado particularmente por ninguna mujer. Sexo no le faltaba, era un hombre apuesto y decidido; pero se allí a tener una relación estable estaba muy lejos, ¡Si ni siquiera tenía amantes fijas!
Pero ahora, esa chica ejercía una rara influencia en él, lo hacía descuidar y embotar sus sentidos y eso, en su profesión era sumamente peligroso. Se obligó de nuevo a centrarse en lo importante.
—¿Y tardará mucho en venir? —lo dijo con amabilidad, pero temía que su cara fuera la de un tonto de remate. La chica tenía una risa burlona aflorando en sus labios, eso le decía que estaba haciendo un papelón delante de ella.
—¿Le pasa algo? —le preguntó antes de contestar la pregunta que le había hecho, y como el denegó con la cabeza siguió hablando— Boris ya debería estar de regreso.
—Entonces lo esperaré, si no le molesta —le dijo tratando de parecer normal.
—Por mi no hay problema, se ve que ustedes se conocen y usted debe ser un buen cliente de él, ¿No es así? —la pregunta la hizo con una mirada interrogadora.
—Así es, somos conocidos y también soy su cliente más frecuente —dijo ésto sin pensar mucho. Con la cabeza más fría se hubiera preguntado si ella quería sonsacsrle alguna información.
Hubo un rato de silencio donde se dirigían miradas tímidas pero cargadas de curiosidad, la admiración era mutua; eso lo vería cualquiera que presenciara la escena. Parecían un par de niños que acababan de conocerse.
—¿Eres cazador? —preguntó ella, con un leve rubor en sus hermosas mejillas. Se notaba que no estaba acostumbrada a esos impulsos.
—Sí, le respondió —sonriendo tontamente como un colegial pillado en falta.
Ambos se miraron a los ojos y soltaron una risa espontánea que siguió y siguió hasta que se convirtió en una franca carcajada. Estuvieron riéndose un buen rato hasta que la puerta se abrió de nuevo y entró Boris.
—¡Caramba! Pero, ¿Qué está pasando aquí? —preguntó con una sonrisa en la cara, pero con genuina curiosidad— ¿El serio y cerrado Claudio riéndose con la "estirada" prima que no trata a nadie? ¡Si me lo hubieran contado no lo creería! —dijo con toda sinceridad.
Tan pronto como se habían puesto a reír se volvieron se volvieron a poner serios. Sus caras se veían cómicas, Claudio con su cara como si lo hubieran regañado y ella con el rubor encendido en las mejillas.
—Pero, ¿Qué les pasa? ¿Se traen algo entre manos que yo no sepa?
—No pasa nada —dijo Claudio, quien fue el primero en reponerse y contestar— Sólo reíamos.
—¡Eso es precisamente lo que me extraña!
El sonido del teléfono repicando en la mesa de noche al lado de su cama sacó a Claudio de sus pensamientos.
Levantó la bocina… Era Marcus Milliani que le llamaba