Capítulo 1 POV Sofía
Crecí con lo justo, pero nunca sentí que me faltara algo esencial. Mi madre, Elena, trabajaba largas jornadas como camarera en un pequeño café de Moscú, donde el aroma a pan recién horneado y café fuerte flotaba en el aire incluso en las frías mañanas de invierno. Se levantaba antes del amanecer y regresaba cuando las luces de la ciudad titilaban sobre las calles cubiertas de nieve. A pesar del cansancio reflejado en su andar, siempre encontraba energía para sonreírme y recordarme que la dignidad no se medía en dinero, sino en la manera en que uno enfrenta la vida.
Nuestro departamento era modesto, con paredes que necesitaban pintura y muebles desgastados por los años, pero era nuestro hogar. En las noches moscovitas, cuando el viento helado aullaba entre los edificios soviéticos, nos acomodábamos en el desvencijado sofá bajo una manta gruesa. Ella bebía su té caliente mientras yo le contaba sobre mi día en la escuela.
—Mami, la maestra dijo que dibujo muy bien —le dije mientras mordisqueaba un trozo de prianik, ese pan dulce especiado que tanto me gustaba.
—Claro que lo eres, mi amor —respondía, acariciando mi cabello n***o con una sonrisa suave—. Siempre has tenido una imaginación maravillosa.
A veces, cuando el dinero lo permitía, me llevaba a la Plaza Roja los fines de semana. Caminábamos bajo la sombra de la imponente catedral de San Basilio, con sus cúpulas de colores destacando entre el cielo gris, y nos deteníamos a ver a los artistas callejeros interpretar melodías melancólicas con sus balalaikas. Esos eran mis momentos favoritos.
Pero la felicidad de mi madre siempre parecía frágil, como un castillo de naipes que podía derrumbarse con un simple soplido.
Ese soplido llegó en forma de un hombre llamado Nikolai Ivanov.
La primera vez que lo vi, mi madre llegó a casa con una luz en los ojos que no le había visto en años. Moscú podía ser una ciudad cruel para una mujer sola, pero ella parecía haber encontrado un refugio.
—Sofi, quiero que conozcas a alguien —dijo, su voz temblando de emoción.
No tardó en aparecer un hombre alto, de porte imponente y sonrisa encantadora. Vestía un abrigo n***o de buen corte, y sus botas resonaban con firmeza en el suelo de madera.
—Así que tú eres Sofía —dijo con una voz profunda y grave, inclinándose a mi altura—. Tu madre me ha hablado mucho de ti.
—Hola —respondí con timidez, fijando mis ojos verdes en él.
No me importó su ropa elegante o la forma en que la gente bajaba la mirada al verlo pasar. Solo sabía que hacía sonreír a mi madre, y eso era suficiente para mí. Con el tiempo, comenzó a traerme regalos pequeños, como una matrioshka pintada a mano o crayones de colores vibrantes.
Nos mudamos a un apartamento más grande con vista al río Moscova y, por primera vez, tuve mi propia habitación. Mi madre reía con más frecuencia, y yo creí que la vida nos estaba dando una segunda oportunidad.
Hasta la noche en que todo cambió.
Era invierno. La nieve caía en copos gruesos, acumulándose en los alféizares de las ventanas. Recuerdo el sonido de los truenos mezclándose con el estrépito de la puerta al ser derribada.
—¡Mami! —grité, pero solo hubo silencio.
Me desperté sobresaltada, con el corazón martillándome el pecho. Gritos. Disparos. Vidrios rotos.
—¡Sofía, escóndete! —la voz de mi madre fue lo último que escuché antes de arrastrarme bajo la cama.
Los segundos se hicieron eternos. Luego, el silencio.
Cuando finalmente reuní el valor para salir de mi escondite, el suelo estaba cubierto de sangre.
Fui encontrada por las autoridades y enviada al Ministerio de Educación de la Federación Rusa, donde pasé a ser responsabilidad del Departamento de Protección de los Derechos del Niño. Mi vida en las distintas casas de acogida a las que fui enviada estuvo llena de abusos. Algunos hogares eran fríos e indiferentes; en otros, la violencia y el miedo eran el pan de cada día. Aprendí a callar, a esconder mis emociones, a no confiar en nadie. Moscú seguía adelante, imponente e indolente, mientras yo intentaba sobrevivir en sus sombras.
Las noches eran las peores. No solo por el frío implacable, sino por la soledad que se volvía un peso insoportable. Los otros niños en las casas de acogida tenían sus propias tragedias, pero pocos hablaban de ellas. El silencio era la única defensa que conocíamos.
A medida que pasaba el tiempo, entendí que el sistema nunca tuvo intención de protegerme. Las personas que debían cuidarme me veían como una carga o, peor aún, como una oportunidad para aprovecharse de mi vulnerabilidad. Algunas familias de acogida me trataban como una sirvienta, obligándome a realizar las tareas del hogar sin descanso. Otras eran mucho más crueles.
Intenté escapar por primera vez y fracasé. Me encontraron vagando por una estación de tren en pleno invierno y me devolvieron a una casa aún peor. Me castigaron encerrándome en un sótano durante días, con apenas comida y agua. Aprendí que la libertad no era algo que pudiera obtener fácilmente.
Pero nunca dejé de soñar con escapar