Las maletas que traía en la mano cayeron al piso resonando por todo el lugar. Mis dedos se sentían vacíos, mis ojos sentían que abandonaban el lugar y me sostuve de la pared, intentando respirar con tranquilidad. Empezaba a tener un ataque de pánico. «Uno, dos, tres» Repetía en mi mente, lo hacía con constancia hasta que logre calmarme y cerré la puerta tirandome al piso. —Ni siquiera tu mejor amigo logró soportarte. ¿No crees que deberíamos morir ya? No respondí. —Vamos, hasta cuándo vas a ignorarme. Podríamos ser amigos y conversar—continuó. Oírlo me exasperaba, era un juego de mi mente, nadie estaba hablando. Yo no iba a caer, no como los demás. No era un retrasado. Me levanté, agarre las maletas y patee todo los escombros que estaban en el piso. Le pediría dinero a mi padre

