El sol descendía en el horizonte cuando el jet privado aterrizó en la pista del aeropuerto de Bogotá. La silueta imponente de Michael Steven emergió por la escalerilla, su mirada afilada recorriendo el paisaje con una mezcla de frialdad y determinación. A su lado, Isabella descendía con paso contenido, el peso de su llegada aplastando su pecho con una fuerza sofocante. El aire colombiano era denso, cargado de expectativas y de historias que ella misma intentaría crear. Su corazón latía con furia dentro de su pecho, cada paso que daba era una lucha entre la razón y la emoción. Su padre, a su lado, se mantuvo impasible, con el porte erguido de un hombre que había construido su vida sobre cimientos de sangre y traición. —Llegamos a nuestro nuevo hogar, Isabella —murmuró Michael, con una son

