El café de la clínica era el lugar donde las tensiones se diluían, al menos para algunos. Allí, las doctoras solteras encontraban su pasatiempo favorito: coquetear con los médicos jóvenes y apuestos, y Jon Méndez era siempre el blanco más codiciado. Sin embargo, su indiferencia hacia esas miradas insistentes y sonrisas calculadas lo hacía aún más atractivo, aunque a él poco le importara.
—Hernán, no tengo tiempo para esas fiestas —dijo Méndez con tono seco, girando la cuchara en su café sin mirarlo—. Tengo una cirugía en dos días. ¿De verdad crees que puedo permitirme emborracharme?
Hernán, sentado frente a él, soltó una risa ligera. Su aspecto relajado, con esa elegancia propia de alguien que siempre estaba al tanto de los negocios, contrastaba con la seriedad de Méndez.
—No estoy diciendo que te embriagues, Jon. Pero un poco de diversión no te matará. Mira a tu alrededor, estas chicas te devoran con la mirada. Podrías relajarte un poco, ¿no crees?
Méndez levantó la vista y recorrió el lugar con un rápido vistazo. Era cierto: algunas miradas se desviaban apenas él las descubría, otras permanecían fijas, desafiantes. Suspiró.
—No vine aquí para ser el centro de atención, Hernán. Tú sabes por qué estoy aquí.
—Claro que lo sé. Pero también sé que esconderte en esta clínica no hará que desaparezca tu pasado. —Hernán se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Por mucho que quieras enterrar al Méndez de antes, él sigue ahí. Y, créeme, más de uno lo recuerda.
Méndez apretó la mandíbula. No era un tema que quisiera discutir, especialmente no en ese lugar.
Hernán, como siempre, captó su incomodidad y cambió de enfoque.
—Escucha, no te estoy pidiendo que regreses a la mafia ni nada por el estilo. Solo te invito a que pases un rato con tu amigo, y con la gente que aún te considera uno de los Nosotros tus compañeros.Año Nuevo no será lo mismo sin ti.
Méndez dejó la cuchara a un lado y tomó un sorbo de café antes de responder.
—Hernán, te lo agradezco, pero no puedo y ,No es solo por el trabajo, ¿entiendes?
Hernán lo miró en silencio por un momento. Sabía que Méndez tenía razón, pero no podía evitar intentar convencerlo.
—No te preocupes por lo que digan. Al final, siempre serás Jon para mí, no importa cuántos títulos tengas o cuántas vidas hayas salvado aquí. Eres como un hermano, y me gustaría verte disfrutar más que trabajo, aunque sea por un par de días.
Méndez esbozó una pequeña sonrisa, una de esas que raramente mostraba.
—Eres persistente, Hernán. Lo pensaré, ¿de acuerdo?
Hernán asintió, satisfecho con esa mínima concesión. Mientras tanto, en otra mesa, un grupo de enfermeras intercambiaba susurros y miradas furtivas hacia ambos hombres. Una de ellas, con más audacia, se levantó y se acercó a su mesa.
—Doctor Méndez, ¿podría firmar este formulario? —preguntó la enfermera, extendiendo un documento mientras sonreía con nerviosismo.
Jon levantó la mirada, evaluando la situación rápidamente. Era evidente que el formulario era solo una excusa para acercarse. Sin embargo, tomó la hoja con profesionalismo y firmó sin titubear.
—Aquí tiene —respondió con voz neutra, devolviéndole el documento.
La enfermera, una joven de cabello castaño y ojos brillantes, vaciló un momento antes de hablar de nuevo.
—Gracias, doctor. Y... si necesita algo, estoy en el área de emergencias. —Con eso, dio media vuelta y se retiró, dejando tras de sí un leve rastro de perfume floral.
Hernán observó la escena con una sonrisa burlona.
—¿Ves lo que te digo? Podrías aprovechar un poco. Eres casi un héroe aquí, Jon.
Méndez negó con la cabeza mientras terminaba su café.
—No estoy interesado, Hernán. Además, tú sabes cómo son las cosas. Cuando te conviertes en alguien como yo, siempre hay más de lo que parece.
Hernán soltó una risa breve.
—Siempre tan filosófico. Pero algún día alguien te va a atrapar, y te vas a dar cuenta de que no puedes vivir toda la vida solo.
Méndez no respondió de inmediato. En cambio, su mirada se perdió en la taza frente a él, mientras recuerdos de Lois y todo lo que perdió lo golpeaban como una ola fría.
—No es cuestión de querer estar solo, Hernán. Es cuestión de no repetir los mismos errores.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado. Hernán entendía lo que Méndez no decía, esas palabras que quedaban atrapadas en su garganta. Era inútil insistir cuando su amigo se cerraba de esa manera.
—Bien, hermano, lo dejo por ahora. Pero si cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme. —Hernán se levantó, dejando unos billetes sobre la mesa para cubrir su parte de la cuenta—. Nos vemos pronto, Jon.
Cuando Hernán se marchó, Méndez se quedó solo en el café. El bullicio a su alrededor parecía distante, como si no perteneciera a ese lugar. Revisó su celular automáticamente, pero no encontró ningún mensaje nuevo, ni de pacientes, ni de conocidos... ni de Nadira.
"¿Por qué piensas en ella?"
Méndez apartó el teléfono y se levantó, caminando hacia la salida. En el fondo, sabía que lo que realmente lo mantenía despierto por las noches no era su próximo paciente, ni su pasado oscuro, sino esa chispa inexplicable que había sentido durante aquella breve conversación con Nadira. Una desconocida que, de alguna manera, había logrado atravesar la barrera que él había levantado.
Al salir al pasillo de la clínica, Méndez se encontró con su siguiente desafío: una reunión con el director médico para evaluar un caso crítico. El trabajo, como siempre, sería su refugio, pero algo dentro de él le decía que las sombras del pasado y las señales del futuro estaban a punto de cruzarse, y no estaba seguro de estar preparado para enfrentarlas.Y mientras Méndez estuvo la reunión con el director del hospital no dejó de pensar en aquella fiesta y en las palabras de Sebastián Al decirle que la vida No espera