La mansión estaba en plena ebullición. Los invitados de Renzo llenaban el salón principal, hombres trajeados con copas de vino en las manos y mujeres que reían con exagerada delicadeza mientras bailaban al ritmo de la música en vivo. Nadira, desde el segundo piso, observaba la escena con atención. Era la noche perfecta. Su corazón latía con fuerza mientras terminaba de guardar un fajo de billetes en un bolso discreto. Cada movimiento estaba calculado, cada segundo sincronizado. El dolor en su pierna fracturada le recordaba que debía ser rápida; si Renzo o uno de sus amigos la descubrían, no habría escapatoria. Miró a su alrededor una última vez antes de cerrar la caja fuerte empotrada detrás del cuadro de su difunto padre. Había practicado esa maniobra tantas veces en su mente que ahora

