Jon Méndez atravesó el umbral de su hogar, con Nadira en brazos, ambos cubiertos de lodo. La mujer permanecía en silencio, sintiendo el calor y la fuerza de sus brazos, mientras intentaba reprimir la mezcla de vergüenza y confusión que la invadía. Había perdido su bolso, su plan de escape, y ahora dependía completamente de un desconocido que, irónicamente, no lo era tanto para ella. La casa de Méndez era impecable, moderna y minimalista, con detalles que reflejaban un gusto refinado. Nadira, a pesar del cansancio y el dolor, no pudo evitar quedarse mirando cada rincón. Los altos ventanales dejaban entrar la luz de la luna, iluminando las paredes blancas y los muebles de líneas perfectas. Pero fue la habitación a la que la llevó lo que realmente le quitó el aliento. Era espaciosa, con una

