Tres días habían pasado desde que Nadira llegó a la casa de Méndez. Durante ese tiempo, la atmósfera en la mansión había sido inusualmente tranquila, con solo la presencia de ellos dos. Cada noche, después de la cena, jugaban a algún juego de mesa, un simple entretenimiento que les ayudaba a sobrellevar la tensión que se había instalado en el aire. Nadira, aunque silenciosa y reservada, encontraba consuelo en las pequeñas charlas sobre los pacientes del día que Méndez atendía, o en los libros y fotografías que la apasionaban. De alguna manera, esas noches parecían detener el tiempo, permitiéndoles a ambos escapar, aunque solo fuera por un instante, de las pesadillas de sus respectivos pasados. Pero aquella noche, algo en el ambiente era distinto. Nadira, aunque había aprendido a disfrutar

