más un rato después del desayuno, el sol brillaba débilmente sobre la casa de Méndez mientras un suave frío invernal cubría el ambiente. En el garaje, Esteban y Méndez trabajaban sobre un Camaro n***o brillante, uno de los tesoros más preciados de la colección de Méndez. El motor estaba abierto, las herramientas dispersas sobre una mesa improvisada y el aroma a aceite llenaba el aire. Era uno de esos momentos en los que los dos hermanos de vida encontraban calma entre piezas mecánicas y recuerdos compartidos. —Te lo dije, hermano. Este motor necesita un ajuste en los pistones —comentó Méndez mientras limpiaba sus manos en un trapo. —No me sorprende que sepas eso, pero a ver si puedes ajustarlo antes de Navidad —bromeó Esteban encendiendo un cigarro. De pronto, una voz femenina los inter

