El anhelo de la locura...

1724 Palabras
POV Morgan Wright Definitivamente, no me arrepiento de escaparme esta noche. No podría. Afuera, la lluvia cae a cántaros, opacando las luces de las lámparas del exterior. El agua baja en goterones furiosos en el ventanal grasiento, todo empieza a oler a humedad y, en la mesa detrás de nosotros, cae una gotera que chispea hasta nuestro lugar. Sin embargo, a pesar de un ambiente tan tétrico, me siento a gusto. He comido las hamburguesas más deliciosas en un restaurante escondido del ruido social, he pasado mi tiempo hablando con Rino de cosas que no me hubiese imaginado ni siquiera si los santos me las hubiesen dicho, y eso, tan simple, me hace apreciar esta noche, como la noche especial. —¿Desea otra? —pregunta Rino cuando me ve comiendo el último trozo de mi segunda hamburguesa—. No he mentido al decir que son las mejores que probaría. Tiene razón, pero no soy capaz de admitirlo. No porque quiera hacerme la interesante o ser deshonesta, es por uno de esos simples y repentinos caprichos que, irónicamente, tenemos las personas, al menos las personas locas como yo. —No está tan mal. —Me encojo de hombros. Estiro la mano para coger la Coca-Cola a la vez que él imita el movimiento; ambos retrocedemos, indecisos sobre quién tomará la botella—. Gracias —digo cuando él me la cede—. Para no matar tu orgullo, diré que me han dejado satisfecha y, no, ya no quiero más comida. He tenido suficiente por hoy, tengo una tarta esperándome en casa. —Muerdo el labio pensando en mis siguientes palabras—. Aunque sí deseo algo más. —Si puedo dárselo, no dudaré en hacerlo. Este hombre tiene que dejar de decirme esas cosas, porque mi mente puede tomar las palabras de una manera subjetiva que implica imaginar cosas que no son, algo que no me conviene a mí ni a mi corazón. —Solo quiero que no seas tan formal conmigo. Me haces sentir como si yo fuese otro m*****o del gabinete político. Una media sonrisa se deja ver en sus labios, los mismos que miro durante unos largos segundos con la atención de una fan frente al nuevo álbum de su artista favorito. Rino lo nota y la vergüenza de ser descubierta hace que las mejillas se me calienten con un fuego apenado. —Jamás te vería como un m*****o del gabinete político. —¿Por qué, soy muy extravagante para parecer uno? —Porque ellos son demasiado falsos para ser comparados contigo. —Su mirada recorre mi rostro y se siente como una caricia suave—. Ninguno está a tu nivel. Debería pedirle que se calle, porque sus palabras solo están acelerando los latidos en mi pecho y eso no debería pasar. Quizá estoy siendo demasiado patética al actuar así ante el primer hombre que me ve como algo más que la desastrosa Morgan. Debería pensar en el abuelo Enzo o en la cara comermierda de Aidan para que las mariposas recuerden su lugar y no crucen la línea prohibida. —Rino Blossom hablando de esta manera, vaya. —Lo que pasa esta noche se queda en esta noche. —Es lo que la gente dice antes de cometer locuras en Las Vegas. —Es lo que pensé antes de invitarte a cometer la locura de escaparte conmigo. No puedo evitar la sonrisa que me sale y él no puede evitar imitar mi acción. Su mirada conecta con la mía en un acercamiento que roza lo precavido, lo dubitativo. Sin embargo, ninguno de los dos se aparta para esquivar al otro. —¿Por qué lo hiciste? —la pregunta sale de mis labios, empujada por una curiosidad que no logré reprimir—. Me refiero a, ¿por qué me pediste que te sacara del evento? —Me pareció más interesante la idea de salir contigo que quedarme a decir un aburrido discurso político. Se me hace difícil contenerme para no ensanchar la sonrisa que amenaza con mostrar mi satisfacción al escuchar sus palabras. —Cuidado, Rino Blossom, podría pensar que estás coqueteando conmigo. No olvides que soy la nieta del enemigo de tu familia. —Yo no sé nada de coquetear… —Aunque sonríe divertido, sus palabras suenan muy en serio. Cosa que es difícil de creer, puesto que él ya estuvo casado con Sam y, además, todos saben que ha tenido una relación secreta con Angeliana—. En cuanto a lo otro, no te considero la nieta del enemigo. Solo eres la señorita Mozart. —Ni siquiera toco el piano. —Eres talentosa en otras cosas. —Ahora sí creo que me estás coqueteando. Él se ríe y es tan armonioso que la lluvia parece ser una melodía de fondo para darle protagonismo a su risa grave, casi ronca. —Solo estoy jugando, señorita Mozart. —Él toma la malteada a su lado y la pone frente a mí—. Mi intención no ha sido otra que hacerla sentir mejor en medio de esta lluvia. —Si quieres hacerme sentir mejor, no me vuelvas a tratar de usted… Además, me encanta la lluvia… ¡Oh, Dios mío! —Me levanto de golpe, asustando a Hope, que suelta un grito mientras intenta cubrir la gotera de la mesa siguiente—. ¡La lluvia! —¿Qué pasa con la lluvia? —pregunta Rino, levantándose y rodeando la mesa para venir a mi lado. —El viejo coche tenía el techo abajo y yo dejé mis aparatos en el asiento. No puede ser, se van a mojar y tardaré meses en recuperarlos… —Camino hacia la puerta apresurada, cuando toco el pomo de color desvaído, Rino me toma del brazo, lo que provoca un ligero correntazo, tan abrazador como un rayo en medio de una tormenta. Retrocedo ante el toque, ni siquiera es un contacto piel a piel, puesto que las mangas gruesas de mi sudadera lo impiden, pero se siente tan intenso como inefable—. No tardaré. —Yo iré. Podrías pescar un resfriado. Lo veo a la cara, luego lo escaneo de pies a cabeza. Luce demasiado arreglado para arruinarlo, además, alguien podría verlo afuera. Aunque esto parece más solo que un desierto, para ser honestos. —Vas a arruinar tu traje, debió costar una fortuna —le digo. —No importa más que tu bienestar. —Y levanta la mano suavemente para detener mis palabras—. Quédate aquí, sino volveré a tratarte de usted. Estoy siendo como una tonta por su amenaza tan divertida cuando él abre la puerta y sale del restaurante. Ya ni siquiera me preocupan los aparatos y la información que perderé, únicamente pienso que él esté bien. Estoy intentando ver a través de los cristales empañados, pero está más oscuro que un bosque a media noche. Detrás de mí escucho que alguien revienta una bola de chicle y, al girarme, encuentro a Hope con un trapeador en la mano y una cubeta a sus pies. —No te preocupes, el ministro es más fuerte de lo que parece. Ya ha estado en una tormenta antes —dice, volviendo a hacer el goloso de chicle. Es obvio que esta chica conoce mucho de Rino, además, el hecho de que lo llame ministro sin que él lo sea es como si le tuviese un apodo especial. Sin contar la interacción que tuvieron antes, ¿son amigos o solo conocidos? Porque ella no luce como las amigas que Rino tendría. —Hace una semana los padres de Dion no vinieron por él, así que el chico se fue bajo una tormenta y el ministro lo fue a buscar para traerlo de regreso. Ese es Dion… —Ella señala al niño entre las dos chicas al fondo del restaurante, los tres se han quedado dormidos sobre el hombro del otro y, quizá por su silencio, olvidé que estaban aquí. —¿Rino hizo eso? —pregunto, sin apartar la mirada de los chicos. —Lo que más odio en la vida son los políticos, incluso a Rino, pero me agrada más como persona, es por eso que le sigo vendiendo mis hamburguesas. —Lo conoces mucho. —No tanto como quisiera. Él es muy reservado. —Hope se echa el trapeador al hombro con movimientos despreocupados—. Aunque poco a poco le he sacado información. Como que le gustan los autos viejos. Incluso me dijo que sé que su favorito es un Shelby Cobra… Mi boca se abre en una "O". ¿No estará hablando del feo auto de afuera, no? La última vez que tomé clases de autos con Denver, supe algo de modelos y el coche de afuera parece un Shelby Cobra. —No le gusta el dulce, pero lo compra porque a su hermano le encanta —continúa Hope y una punzada de celos me golpea. Ella incluso sabe de la familia de Rino y yo no—. A Rino no le gustan las multitudes, pero sí le gustan los paseos por la naturaleza, también ama la música clásica. ¿Muy aburrido, no? —Se encoge de hombros—. Después de todo, los políticos o son aburridos o son corruptos, y me quedo con el primer bando. Pero sabes qué es lo interesante del ministro… —Una sonrisa sugerente surge de sus labios, mientras me mira con intensidad—. Que una de sus fantasías es casarse por amor. Pues su vida es muy vacía y quiere llenarla con amor, pero en el fondo cree que no merece ser amado. —¿Por qué? —Todos cargamos heridas, niña… —Hope se inclina sobre mí cuando la campanilla de la puerta suena—. Sabes, ayer lo reté a que se tomara esta noche para hacer lo que más quería y, ¿adivina qué? —Se aleja para verme a la cara—. La noche en que debía hacer lo que más quería eligió pasarla contigo. Me quedo muda mientras Hope se aleja silbando. Cuando me vuelvo hacia atrás para encontrarme con Rino, lo encuentro totalmente empapado con mis aparatos en una manta, él me mira como si quisiera disculparse. —Creo que no soy el héroe de la noche. Le sonrío: —Creo que eres más que un héroe para mí.
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