El anhelo de ceder...

2122 Palabras
POV Morgan Wright De un momento a otro, las goteras empezaron a apoderarse del restaurante. La humedad cubrió las paredes de concreto agrietado, el piso se hizo resbaladizo, y la pobre Hope estuvo de aquí para allá tratando de lidiar con el lío de la lluvia. Amo la lluvia, pero no creo que Hope sienta lo mismo, ya que lanza su quinta maldición pidiéndole a Thor que detenga el diluvio. Veo cómo Rino se ríe a mi lado mientras pone una cubeta sobre la mesa para cubrir una nueva gotera. —Esto no me parece gracioso en absoluto, ministro —se queja Hope, pasando el trapeador por el piso que vuelve a mojarse cuando la cubeta de agua sucia cae por accidente. Ella levanta la cabeza y cierra los ojos, exasperada—. ¿En serio, Thor? —Y luego dices que no es gracioso —le dice Rino, acercándose para quitarle el trapeador y dejarlo a un lado, mientras se dispone a recoger la cubeta—. En lugar de culpar al dios Thor por algo con lo que no tiene nada que ver... —Claro que es culpa de Thor, ¿no has leído mitología nórdica? —Sí. Pero también he leído que la mitología solo son invenciones y suposiciones de gente que no sabía de ciencia, Hope. —Él le entrega la cubeta vacía—. Ya no te quejes de Thor y acepta mi propuesta. —Soy muy orgullosa para aceptar que me de dinero, ministro. —El orgullo no te dará de comer. —No a mi estómago, pero sí a mis principios. —Ella deja caer los hombros, derrotada, luego me mira cansada—. Iré a revisar la tubería de desagüe. —¿Necesitas ayuda? —se ofrece Rino con una sonrisa amable. —No. Hazte cargo de las goteras; además, ve haciendo cuentas porque cada minuto que pases aquí me lo debes pagar. —¿Ah, sí? —Por supuesto. Estás en mi restaurante sin consumir, traducción: estás ocupando lugar innecesariamente, así que me debes un par de libras... Hope se aleja hasta introducirse en una puertecilla amarilla que seguramente lleva al lugar de las tuberías. La puerta se cierra con un ligero clic, seguido de un espantoso trueno que hace saltar de miedo a los tres chicos en el fondo, quienes vuelven a dormirse enseguida. Por suerte, en su lugar no hay goteras, y Hope les ha puesto unas sábanas para apaciguarles el frío. —Deberíamos comprar algo, porque si no terminará cobrándonos una fortuna. Llevamos mucho tiempo aquí —digo con un tono ligeramente divertido. Rino se vuelve hacia mí, manteniendo esa chispa de júbilo en la mirada. El cabello ahora le cae por el rostro, llegando hasta las mejillas; se ha despeinado debido a la lluvia que soportó al salir por mi aparato. Toda su ropa continúa mojada, y aunque yo me he disculpado como disco rayado, él sigue diciendo que no tiene que concederme ningún perdón. Una cosa sí es cierta, y es que debido a que se mojó, tengo el privilegio de ver a Rino Blossom de una forma tan casual, sin tantos arreglos y perfección. Debo admitir que luce tan atractivo de esta manera que me hace preguntarme si luce así en las mañanas, cuando se levanta, o antes de irse a la cama. ¿También lo hace en sus días libres, cuando se toma el tiempo para él? Demonios, Morgan, estás pensando en algo que jamás podrás ver ni experimentar en tu vida; esos momentos están fuera de tu alcance. —Incluso si compramos algo, pagaré una fortuna. Ella cobra el doble del precio habitual después de las 11. —Oh… —Escondo una sonrisa—. Creo que le pediré consejos a tu chica cuando vaya a inaugurar mi negocio. —No es mi chica, es mi amiga. —Se echa el pelo hacia atrás con un movimiento despreocupado que me hace tomar aire—. Aunque tengo la ligera impresión de que ella me ve como una potencial víctima que puede estafar. —Y yo tengo la ligera impresión de que te gusta serlo… —Es la única forma en que me acepta el dinero. —Oh, en ese caso, la víctima es ella. Tú solo eres el victimario con piel de cordero. —¿Me sale bien el papel? —Él me regala un guiño divertido que me obliga a morderme el labio para reprimir un suspiro. Para ser un hombre que presume de no saber coquetear, tiene el poder de poner a una chica nerviosa con un gesto simple. Esto es irónico: cada vez que un hombre me lanza halagos en la calle (lo cual no ocurre mucho), mi primer impulso es darle una patada entre las bolas. Pero ahora que Rino ni siquiera está coqueteando (intencionadamente) conmigo, solo anhelo que continúe mostrando ese lado encantador. —Por supuesto. Es un gran actor, sir Blossom. ¿Acaso enseñan eso en la escuela de política? Porque en ese caso, debería recomendarla a algunos actores modernos. —En estos días abundan los malos actores. Los buenos son los que no pretenden serlo y todos son políticos. —Es por eso que debe aconsejar a sus contemporáneos, sir. —Lo haré por el bien del arte moderno. —Él se inclina, en una reverencia con gracia—. Y porque me lo has pedido tú. —Es un honor que un artista de su talla acceda a mis peticiones, señor. Imito su reverencia, ambos levantamos la cabeza a la vez, y al estar tan cerca chocamos. Mi mirada busca la suya, y la forma en que se conectan hace que todo a nuestro alrededor deje de importar. El sonido de la lluvia queda como una melancólica melodía de fondo. Ninguno de los dos se aparta; mientras él parece inmerso en estudiarme, yo solo puedo perderme en sus ojos, ese color pardo que a veces parece más verde y, en otros momentos, más marrón. Lo que sí es seguro es que el brillo que tienen ahora hace que ya no se vean vacíos como usualmente son. Al calor de su mirada se suma su respiración cálida, que choca con la mía, recordándome lo cerca que estamos el uno del otro. De pronto, siento el anhelo impulsivo de acabar con la distancia y averiguar qué pasaría si llegáramos a tocarnos, a rozar nuestras pieles con la misma intención que tiene un pianista al acariciar las teclas del piano. ¿Desprenderíamos una melodía parecida al deseo o…? —¿Estás bien…? El aliento se me escapa mientras la confusión se abalanza sobre mis sentidos. —¿Qué? Rino levanta la mano para llevarla hasta mi frente, tocando la zona donde me golpeé con él. Su tacto se vuelve tan presente sobre mi piel que, a pesar del frío creado por la lluvia, me siento sofocada por su calidez. —¿Te lastimé? Sus movimientos son lentos, como si estuviera tratando de calmar el dolor de un niño. ¿Es así de cuidadoso siempre? ¿Tan protector? —Estoy bien. Solo fue un pequeño choque. —¿Segura? —Por supuesto. Esto no es nada comparado con los golpes que me he dado durante toda mi vida. Frunce el ceño y arruga la nariz, como si la palabra le hubiera dejado un sabor amargo en la boca. —¿Te lastimaste con mucha frecuencia? Me encojo de hombros con despreocupación. —Crecí en un orfanato donde me recordaban que yo era una carga. ¿Qué puedo decir? —Que no te lastimaron, porque si lo hicieron… —No importa —lo interrumpo, retrocediendo para alejarme y crear un poco de distancia. La mano con la que me tocaba cae a su costado mientras su mirada se tiñe de una sombra de confusión. En realidad, no me gusta hablar demasiado sobre lo que pasé en el orfanato. Cuando lo hago, las personas convierten mi relato en una escena de interrogatorio policial. Y cuando llegan a la parte en la que les confieso que le prendí fuego al lugar, la escena se transforma en una entrevista con un paciente que necesita terapia. Y no necesito terapia. Solo necesito olvidarme de que alguna vez estuve en ese lugar, de que alguna vez fui huérfana, y de que me vi obligada a cometer un acto que todavía me cuesta noches de insomnio. —Entiendo si no quieres hablarlo. Todos queremos callar las cosas que aún nos duelen —dice, regalándome una sonrisa tranquilizadora, que de verdad funciona como un calmante para mis nervios. Otro trueno hace eco en el cielo, acompañado de un relámpago que ilumina todo a nuestro alrededor. La lluvia no parece tener ánimos de calmarse pronto; los truenos son un aviso de que la noche será larga, y la tormenta también. Aparto la mirada de las ventanas al sentir cómo el agua corre bajo mis pies, toda en la misma dirección hacia la puerta amarilla por donde Hope se fue antes. Rino sonríe al ver lo mismo que yo. —Al parecer arregló el desagüe —comenta, dejando el trapeador en una cubeta que recoge el agua de una de las goteras del techo—. Al menos no pasaremos el resto de la noche tratando de arreglar la inundación. —Se reducen los riesgos de contraer un resfriado —digo, volviéndome hacia él con una sonrisa que desaparece al ver su ropa mojada—. ¡Oh, Dios mío! Te vas a resfriar. —No te preocupes. —Sí me preocupo. Esto es mi culpa. Te mojaste por salvar mis aparatos. Oh… tienes que quitarte la ropa. Rino levanta las cejas, sorprendido. Al darme cuenta de lo indebido que sonó mi petición, me asaltan unas ganas insaciables de meter la cabeza en un hoyo como una avestruz. Niego con la cabeza, deseando deshacerme de la vergüenza que me calienta las mejillas. —Yo no quise pedirte que te desnu… Mi intención era, yo… ¡ahhh! —exclamo frustrada por mi repentino tartamudeo. Rino deja escapar una risa grave de sus labios. El sonido se derrama ante mí, tan hipnótico que me vuelvo a quedar muda. —Morgan Wright, ¿acaso estás tratando de coquetear conmigo? —¿Qué? No. —Levanto las manos en el aire y niego apresuradamente. Mi desesperación solo provoca que vuelva a reírse. Y no es una burla malintencionada, es el sonido de alguien que se está divirtiendo en el momento más inesperado. Y, al final, solo puedo sonreír complacida. —Me parece que sí, señorita Mozart. Me cruzo de brazos. —A diferencia de ti, soy muy buena coqueteando, y si lo estuviera haciendo contigo ya estarías rendido ante mí. —¿Y quién dice que no lo estoy? Oh, santa mierda. ¿Acaso este hombre no sabe que con sus palabras provoca que un montón de mariposas prohibidas revoloteen dentro de mí? Claro que no lo sabe, porque su intención no es seducirme. Después de todo, eso está prohibido entre nosotros. —Me parece que ahora eres tú quien está coqueteando —le digo. —Soy inocente de lo que se me acusa. —Culpable por lo que provocas… —¿Y qué es lo que provoco…? —Esta vez la pregunta no va acompañada de su sonrisa divertida, sino más bien de una intensa mirada cargada de curiosidad. —Si te lo digo, ¿asumirás las consecuencias? —No soy un hombre que evade sus responsabilidades. ¿Qué es lo que te provoco, Morgan? Él nunca dice mi nombre, y escucharlo ahora solo hace que las sensaciones en mi cuerpo crezcan con más intensidad y unas ganas desesperadas de ser liberadas. Dejo escapar el aire que he estado reteniendo. —No hace falta decirlo, después de todo no es el lugar adecuado para que hagas algo. —¿Y qué lugar preferirías? Separo los labios para responderle, cuando una tercera voz irrumpe en el espacio. Es Hope, que viene con una soga en la mano. —Hey, ministro. He reparado el desagüe. ¿Me puedes ayudar a revisar el cuarto de almacenamiento? —Ella le lanza unas llaves, que él atrapa ágilmente en el aire. Hope me mira—. Y llévate a tu chica, si van los dos terminarán pronto. Una sensación electrizante viaja por toda mi espalda al procesar la petición. —¿Los dos solos en una habitación? —pregunto, más nerviosa que antes. Rino sonríe con diversión. —Creo que encontré el lugar que querías. —Descuida, chica, el ministro no muerde… —agrega Hope, luego le guiña un ojo—. A menos que tú se lo pidas. En definitiva esto no era lo que tenía en mente.
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