POV Morgan Wright
El cuarto de almacenamiento resulta ser el lugar más cuidado de la tienda. Hace un gran contraste con la parte de afuera, ya que aquí las paredes lucen bien pintadas, las estanterías con las comidas organizadas casi con el cuidado de un perfeccionista o un obsesivo compulsivo. La única cosa fuera de lugar es el agua que se ha metido por debajo de la puerta.
Rino y yo levantamos las cajas que estaban en el suelo, buscando refugiarlas y evitar daños. No eran demasiadas, por lo que terminamos pronto con esa tarea. Luego hicimos un pequeño hoyo en la entrada para que el agua se desviara y no ingresara, deslizándose hacia los lados. La astucia de mi compañero para trabajos tan mundanos me dejó boquiabierta porque no me imaginé al señor Blossom siendo ingenioso para tareas tan domésticas, de las que seguro se encargan sus trabajadores cuando situaciones así suceden en su mansión.
—Creo que hemos cumplido la misión —digo, soltando un suspiro.
—Somos un gran equipo, ¿quién lo diría? —Rino me dedica una sonrisa cómplice que provoca la mía.
Una gota, puede ser de sudor o del agua que le ha caído encima, baja por su frente hasta su nariz y, sin poderlo evitar, sigo el recorrido que hace hasta resbalar por el surco del filtrum; mis ojos quedan encandilados en sus labios a la vez que mi cabeza empieza a formular algunas preguntas curiosas a las que es mejor no darles rienda suelta.
—Yo podría hacerme cargo mientras tú me esperas aquí, ¿no te parece? —Rino mueve su mano delante de mí—. ¿Señorita Mozart?
—¿Qué? —pregunto, perdida. ¿Me estaba hablando? Es increíble la facilidad con la que puedo perderme en mi propia cabeza cuando se trata de él—. Me distraje.
—Lo he notado… —dice con cierta diversión en la voz—. Si sigues observándome así, vas a terminar enamorada de mí, pequeña Wright.
Un calor líquido y espeso viaja por toda mi cara hasta asentarse en mis mejillas. Me las cubro porque debo estar lo suficientemente ruborizada como para avergonzarme de ello.
—Eso debe hacerte sentir halagado, ¿no? —Mi tono está cargado de un reto indirecto.
Rino me aparta un mechón de cabello de la cara, como si buscara despejarla y mirarme por completo.
—Ya estoy cansado de que las mujeres se enamoren de mí.
—Qué presumido —suelto un bufido, cercano a la decepción.
Él niega con la cabeza, manteniendo esa sonrisa que me pone más nerviosa de lo que debería. Cuando aleja su mano de mi rostro, siento como si perdiera algo a lo que no estoy dispuesta a renunciar.
—Créeme, esta noche me he tomado la libertad de ser presumido por una simple razón.
—¿Por qué crees que ahora soy una nueva fan de tu rebaño?
—Porque creo que serías la única fan por la que vale la pena ser admirado. —Su mirada intensa se encuentra con la mía en un intercambio firme—. Pero sé que no eres mi fan.
—Cierto, no me gustan los políticos.
—No es esa la razón.
—¿Cuál es?
—Que vales demasiado para ser admiradora, tú eres quien debe ser admirada, Morgan Wright.
Como si hubiesen escuchado las palabras ellas mismas, las mariposas en mi estómago revolotean encantadas por ese dulce comentario. El aire se me queda atascado en el pecho y las palabras se me atascan en la garganta.
Aunque Rino Blossom no tiene la intención de seducirme, tiene el poder de conquistarme o al menos de enloquecer a las mariposas. ¿O esto solo me pasa a mí por ser una chica a la que nunca un hombre le ha dicho cosas como esas? Quizá.
Me froto las manos, nerviosa, sin saber qué hacer o decir. Cuando al fin encuentro mi voz, solo puedo decir:
—De verdad creeré que coqueteas conmigo.
—Entonces tengo que dejar de decir tantas verdades.
Dios mío, es que sigue haciéndolo sin siquiera darse cuenta de que me sigue afectando los nervios. Y digo que no parece darse cuenta porque, luego de aquellas palabras, él aparta la mirada y crea distancia entre nosotros.
—No más halagos esta noche.
—No, no más palabras así… —me muerdo el labio, dubitativa.
—De acuerdo.
—De acuerdo.
Las palabras se quedan flotando en el aire, haciéndose más grandes. El silencio se extiende como humo, envolviéndonos en una atmósfera tensa, filosa, que solo nos pertenece a nosotros. Ninguno de los dos quiso ser el primero en apartar la mirada, como si eso significara rendirse. Y aunque no estoy segura de qué guerra estamos peleando, no me dejo ganar la batalla; él, en cambio, me deja obtener la victoria apartando la mirada.
Se aclara la garganta para disipar el resto de la tensión.
—Como dije antes, solo queda revisar el congelador. Iré a hacerlo. Tú espera aquí.
Sí, eso era lo que me dijo mientras yo lo miraba como una fan obsesionada. Asiento sin darme cuenta, aunque pronto niego con las manos.
—No. No tienes que ir tú. —Miro su ropa todavía mojada—. Has tenido suficiente por esta noche. Yo iré a revisar y tú… Por favor, acepta mi hoodie, es lo menos que puedo hacer por ti.
Su atención cae en mi sudadera púrpura, demasiado grande, pero tan cálida que no siento el frío de esta tormenta.
—No hace falta —dice, con un tono amable.
—Por favor. —Me quito la sudadera y, cuando está fuera de mi cuerpo, el frío hace que todo tiemble, pero reprimo la sensación—. Es lo suficientemente grande para ti. Puedes quitarte esa camisa mojada.
Levanto la mano con la prenda hacia él, quien mira la piel descubierta de mis brazos, murmura algo que no soy capaz de escuchar por lo bajo que lo pronuncia. Sintiendome cohibida retrocedo, luego él mira la prenda que le ofrezco, con una pequeña sonrisa.
—No me dejarás otra opción, ¿verdad?
—Ninguna. Hazme caso porque mis castigos son muy letales —aseguro.
—Ya me lo creo.
Cuando toma la sudadera, sus dedos rozan los míos, lo que provoca un ligero calambre que me obliga a retroceder aún más.
—Ah, iré a revisar el congelador. Te daré privacidad.
Me doy la vuelta para correr al pequeño cuarto de refrigeración. Al cerrar la puerta detrás de mí, un suspiro sale de mis labios, creando una nube de vaho en el espacio. Pronto, la temperatura abraza mi piel y tiemblo de frío. Pero no me arrepiento de haber prestado mi sudadera favorita.
En un par de minutos busco goteras o algo que esté fuera de lo normal. El espacio es muy pequeño, así que, al no encontrar nada, doy por sentado que todo aquí permanece bien. Al menos Hope tiene bien resguardada esta parte porque, si se llegara a perder la carne o lo demás, su negocio sí que entraría en crisis.
¿Quién diría que terminaría mi noche especial salvando un pequeño restaurante que tiene el aspecto de pertenecer a un pueblo fantasma? No, no me lo imaginé, pero para ser justa, nada de lo que ha pasado esta noche me lo imaginé. ¿Qué Rino Blossom dejaría su gran evento para escapar conmigo a comer hamburguesas? Me habría reído de mí misma solo de imaginar esa posibilidad.
¿Estar en un cuarto a solas con Rino Blossom? Tampoco me lo imaginé, como tampoco creí posible que pudiera salir ilesa de aquello. Durante toda la noche he estado afectada por sus palabras, sus gestos, su cercanía… Al menos no hemos cruzado esa línea que ambos sabemos que no deberíamos pasar y, supongo, que no lo haremos. Después de todo, puedo mantener el control, ¿no?
—Sí —me digo, soltando un suspiro y abriendo la puerta para volver. Un gemido se me escapa sin previo aviso cuando salgo—. No, creo que será difícil.
Retrocedo ante lo que mis ojos ven. Rino está sin camisa, distraído, tratando de echarse el cabello húmedo hacia atrás para que no le moleste. No soy fan de ver a hombres semidesnudos, pero… Dios mío, ahora entiendo cuando Valencia dice que lo único bueno de los hombres es lo que esconden bajo la ropa.
¿Debería cubrirme los ojos o regresar? Siento que no debería estar viendo esto; sin embargo, no puedo menos que admirar su cuerpo: una espalda ancha, cintura estrecha y una piel blanca, como de alguien que no ha sido tocado por el pecado. Pero Rino sí ha pecado; un hombre como él debe tener tanta experiencia como para escribir libros de mil páginas.
Siento que el aire en mi pecho se queda atascado, como todo mi cuerpo que no sabe qué hacer. Dale privacidad, Morgan. Me impulso para regresar al cuarto de refrigeración, he dado un solo paso cuando una voz, casi autoritaria, me llama, erizando cada vello de mi piel:
—¿A dónde vas?
Giro lentamente. Una sonrisa torcida aparece en mis labios, ya que no sé cómo disimular la agitación que me invade. Ahora tengo una excelente vista de este hombre, mostrando unos abdominales bien trabajados y una V que lleva hasta… un lugar que yo ni siquiera debería estar imaginando.
—¿Estás bien? —me pregunta.
He notado que tiene la manía de preguntarme si estoy bien, como si necesitara enterarse cada dos minutos de mi bienestar. ¿Bien? No, no lo estoy y ni siquiera es porque él tenga la intención de afectarme; ya lo hace con su sola existencia.
—Siempre me preguntas eso.
—Estás bajo mi cuidado, debo asegurarme.
Lo veo directamente a la cara; el cabello húmedo y rebelde le vuelve a caer en la frente, y aunque yo no soy fan del erotismo, él luce genuinamente sensual.
—Ah, ¿entonces solo quieres asegurarte porque no quieres que me pase nada bajo tu cuidado?
Él asiente, y yo dejo caer un suspiro de decepción que llena el aire entre nosotros. Para mi sorpresa, Rino ladea una media sonrisa.
—¿Decepcionada? —Él se acerca y yo retrocedo, abriendo los ojos como platos—. Tengo que asegurar tu bienestar porque si te pasa algo, los Wright me matarían. —Se detiene cuando mi espalda choca con la pared detrás—. Pero además, aseguro tu bienestar porque si te pasa algo estando conmigo, yo no podría soportarlo.
Siento cómo mis mejillas se encienden al instante. ¿Cómo puede hacer que palabras simples suenen tan especiales?
Bájate de la nube, Morgan.
—Yo… estoy bien. No sé qué te hizo pensar lo contrario.
—Tienes esa cara bonita un poco roja.
Maldición. Cara traicionera. Para ser justos, ¿quién puede resistirse a sus comentarios?
Me aclaro la garganta, evitando mirar su pecho que está tan cerca, exudando un calor que me abraza suavemente.
—El frío me pone roja —¿No tenías otra excusa mejor, Morgan?—. Sufro de congelación.
—En ese caso, no deberías haberme prestado tu hoodie.
Desvío la mirada hacia mi sudadera que cuelga de una estantería junto a su camisa y saco.
—¿Por qué no te has vestido?
—Estaba tratando de secarme un poco. No quiero echar a perder tu sudadera favorita.
Su comentario me toma por sorpresa.
—¿Cómo sabes que es mi favorita?
—Lo llevas contigo cada vez que vas a un evento especial.
—¿Acaso me ves cuando estamos en el mismo lugar?
—¿Cómo podría no hacerlo? Llamas mucho la atención.
—Siempre paso desapercibida —refuto.
—Nunca para mí.
Creo que ahora sí me estoy empezando a arrepentir de escaparme esta noche. Si sigo escuchándolo, voy a terminar arruinada, con el corazón roto por un hombre que solo ha sido un caballero conmigo. No puedo permitirlo.
—Dime, ¿por qué te escapaste conmigo esta noche? La verdad.
La sorpresa pasa por sus ojos y su sonrisa desaparece, dejando un rostro completamente serio.
—No quería estar en el evento.
—¿Entonces te habrías escapado con cualquiera? —Casi me cuesta soltar aquellas palabras—. ¿Te habrías escapado con Angelina si no me hubieses encontrado?
Él me mira con una expresión perdida, confundido por mi repentino cuestionamiento. Lo que me hace sentir pequeña, ni siquiera tengo derecho a hacerle esta pregunta, él no me debe ninguna explicación, puesto que no somos nada.
—Por supuesto, también te hubieras ido con ella.
—Ella ni siquiera dejaría el evento por mí.
Me aparto de él, pasando por su lado.
—Entonces te habría ido con cualquiera.
—¿Por qué te pones así? ¿Hice o dije algo mal?
Me detengo para verlo a los ojos, encontrándolos más confundidos que antes. Quisiera decirle que sí, que sus palabras y halagos están mal porque despiertan en mí una ilusión que ni siquiera tiene derecho a crecer.
—Mi intención no ha sido ofenderte.
—Ofenderme es lo último que has hecho… Has… —Bájate de la nube, Morgan—. Creo que esta noche especial fue un error.
Aunque me duela aceptarlo.
En el rostro de Rino aparece una expresión de dolor, que me hace arrepentirme de mis palabras, sin embargo no me retracto de ellas. Lo mejor sería terminar esto aquí, dejar de ilusionarme porque mañana cada uno seguirá con su vida y, a él le será más fácil olvidarse de que esta noche alguna vez sucedió.
Además, nuestros mundos son muy diferentes. Él es un político que pronto tendrá que conseguir a una dama que lo acompañe, una lo suficientemente femenina que pueda presentar ante las cámaras y que lleve su apellido con orgullo; yo solo soy la desastrosa Morgan que prefiere esconderse del mundo, que teme que le quiten a su nueva familia y que nunca podría ser la mujer perfecta para caminar de su brazo.
Él es impecable y yo soy un desastre.
—Gracias por todo. Me iré a casa… —murmuro con la voz un poco rota.
Debo tragar para retener la niebla en los ojos, que amenaza con convertirse en lágrimas. Le doy la espalda, respiro y avanzo hacia la puerta, sintiendo la distancia a medida que me alejo. A partir de ahora debería seguir los consejos de mis primos, no más travesuras ni desobediencias, después de todo, ellos tenían razón.
—Es meus desiderium amarissimum et dolor dulcissimus, bellachaos.
Aquellas palabras hacen que me detenga, ni siquiera se debe a que esté procesando su significado, porque no entiendo nada de lo que él dijo, aun así, mi corazón se acelera y duele a la vez.
La sombra de Rino me acobija, luego me toma del brazo, obligándome a girar hacia él.
—Morgan, no me habría escapado con otra persona si no te hubiera encontrado, porque desde el principio yo te estaba buscando a ti.
¿Me buscó desde que me vio en el evento?
Quizá él también siente algo, ¿podría ser…?
Veo sus dedos aferrados a mi muñeca, me hago consciente de su toque y la sensación se eleva por mi piel, escalando hasta mi pecho.
—¿Lo dices en serio? —pregunto con una voz suave.
Rino asiente con firmeza. Su gesto hace que una valentía repentina tome el control de mis impulsos. Así que le pido:
—Entonces, demuéstralo.
Y luego me pongo de puntillas para alcanzarlo y, sin esperar más, uno nuestros labios en un beso. Un beso prohibido, pero después de todo, yo siempre rompo las reglas y, si es con él, arriesgaré incluso el corazón.