Morgan Wright
—Antes de entrar aquí me preguntaste qué provocabas en mí. No te lo diré, te lo estoy demostrando...
Sin alejarme de él, lo miro directamente a los ojos, encontrando los suyos colmados de sorpresa. Una de mis manos está en su pecho desnudo; sintiendo la calidez de su piel, me dejo llevar, acercándome otra vez, envolviendo mi otra mano alrededor de su cuello. Debido a lo alto que es, debo seguir de puntillas.
—¿Esto era lo que querías? —pregunta en un tono bajo, como si la pregunta estuviese dirigida hacia sí mismo.
—¿Es muy atrevido de mi parte?
—Muy valiente de tu parte.
Me muerdo el labio para reprimir la sonrisa que amenaza con mostrar mi complacencia, aunque pronto unos ligeros nervios se apoderan de mí al ver que él sigue con esa expresión cargada de confusión, a la que ahora podría agregarle la duda.
—¿Por qué querías besarme?
La pregunta me toma por sorpresa. Me bajo de mis puntillas, alejándome un poco más de él. No sé cómo responder a esta pregunta; la única verdad es que, desde que nos escapamos, he tenido la curiosidad por saber el sabor de sus labios y… me queda decir que la suavidad es algo que no me imaginé. Fue el beso más increíble a pesar de lo corto y efímero que fue, el mejor de todos, aunque no tengo muchos otros con los cuales compararlos.
—Tenía curiosidad.
Una especie de alivio pasa por sus ojos, hasta pintarle una ligera sonrisa en los labios. Mentiría si digo que sus reacciones tan diferentes no me toman por sorpresa.
—¿No sabes que la curiosidad mató al gato?
—Quizá ese era un gato muy tonto.
—Entonces, no te detendrás hasta saciar tu curiosidad...
—No, si me lo permites.
—¿Quieres besarme otra vez?
Siento cómo el calor se acumula en mis mejillas. Al escucharlo en voz alta, puedo asimilar la magnitud de mi atrevimiento. Puedo ser muy osada cuando se trata de conseguir lo que quiero, incluso puedo ser un poco amenazante, pero ¿besar a un hombre? Definitivamente no es algo a lo que me atrevería estando en mis cinco sentidos. El problema es que mis sentidos han sido encantados por este hombre.
—¿Tú quieres que te bese? —La duda se recalca en mi pregunta. Me mira con concentración, en un intercambio cargado de una brumosa tensión. Él parece analizarme, como queriendo buscar respuestas a preguntas no formuladas, y su falta de palabras hace que los nervios jueguen en mi contra—. ¿No te gustó?
—Fue...
—Lo sé. Has tenido mejores besos. Después de todo, tú tienes experiencia y yo no.
Sus ojos se abren de par en par.
—¿Es tu primer beso?
—El segundo, pero el primero no lo recuerdo.
O no quiero recordar que fue un idiota quien me besó solo para burlarse de mí. Era una chica ingenua que acababa de escapar del orfanato y creyó en las palabras de un imbécil que prometió cosas que no iba a cumplir. Trato de consolarme diciendo que yo también fui astuta al acercarme a él para quitarle un poco de dinero.
—Entonces soy tu primera experiencia.
—Una que no te gustó...
Rino acerca sus manos hacia mi rostro, me echa el cabello hacia atrás y luego sus palmas descansan sobre mis mejillas, en un vaivén suave, sedoso.
—No dije que no me gustara.
—Tampoco dijiste que sí te gustó.
Él se inclina sobre mí.
—Fue un beso torpe, pero dulce. Lo que importa es que te haya gustado a ti.
Vuelvo a comprobar su manía de ponerme por encima de todo.
—Entonces, a ti no te gustó.
—Me sorprendió. He de aceptar que, pese a mi sorpresa, ha sido la mejor forma de culminar una velada tan caótica e idílica.
—Suenas como un poeta.
—Y no soy más que un aspirante. —Rino mueve su nariz sobre la mía, un roce que parece una caricia—. Ahora sé lo que provoco en ti, y por una vez, me permito vivir algo que yo también anhelaba.
—¿Por una vez? —Un suspiro se me escapa—. ¿No quieres que vuelva a pasar?
—Morgan, no te traje aquí para aprovecharme de ti. Eres una chica inexperta, y no puedo ser yo quien te dé esas primeras cosas...
Un nudo se forma en mi garganta, tenso y difícil de ignorar, como si las palabras dudaran si deberían salir. Abro la boca, pero el peso de la incertidumbre me detiene.
—¿Prefieres que otro lo haga?
Su hombro se tensa, a la vez que un tic aparece en su mandíbula. Podría jurar que no le gusta la idea, y no sé por qué eso me hace sentir tan bien. ¿Son celos? Si siente celos, significa que le importo más que como una amiga o que me ve no solo como la nieta del enemigo, ¿verdad?
—Prefiero que hagas las cosas bien.
—¿Entonces besarte está mal?
Rino me mira como a una niña preguntona y curiosa, una sonrisa triste aparece en sus labios, y no puedo hacer más que verlos y recordar la suavidad del beso que le robé.
—Pequeña Mozart, tú y yo somos amigos. Los amigos no se besan en la boca.
—¿Qué pasa si somos amigos especiales?
—¿Te refieres a amigos con derechos? —Entrecierra los ojos—. Eso es arriesgado...
—¿Por qué mi familia se puede enterar?
—Porque podrías terminar enamorada.
Los latidos de mi corazón se aceleran, retumbando en mi pecho. Si él supiera que sin siquiera besarlo ya estoy cerca de llegar a eso. No sé mucho sobre él, y eso es precisamente lo que me atrae: el misterio, la tragedia que esconden sus ojos y la imagen que muestra al mundo en contraste con la que me deja ver a mí.
—Tú también podrías terminar enamorado de mí —me atrevo a decir, aunque no creo en la posibilidad de mis palabras.
Una sonrisa divertida se deja ver en su rostro. Él avanza, deshaciendo la pequeña distancia entre nosotros.
—Eso es precisamente lo que debemos evitar, pequeña Mozart.
—¿Qué pasa si quiero que suceda?
Noto cómo su manzana de Adán se mueve lentamente, como si tragara el peso de algo invisible. Sus ojos reflejan un torbellino de emociones; la lucha interna es casi palpable. Sus pestañas tiemblan apenas, y la tensión en su mandíbula me dice que está conteniendo más de lo que quiere dejar salir.
—Solo por esta noche, ¿verdad?
Apenas sonrío ante su pregunta cuando él se inclina para atraparme en un beso, una mano bajo mi mentón para tener mejor acceso a mis labios, y la otra envuelve mi cintura, trayéndome más hacia su cuerpo. Lo abrazo alrededor del cuello, sintiendo su piel honda que exuda un calor contradictorio. Sus labios se mueven sobre los míos en un vaivén, una dulzura que se permite conmigo.
Estoy sintiendo cómo la adrenalina sube por mis venas cuando avanzo con él hasta que nos da la vuelta, haciendo que mi espalda choque con la pared. Es tan grande que me cubre toda. No hace falta que me ponga de puntillas para alcanzarlo, ya que él vuelve a inclinarse, esta vez para dejar un rastro de besos húmedos en mi cuello descubierto. Dejo salir un suspiro necesitado.
Mi respiración se hace errática y la suya no tarda en adaptarse al mismo ritmo, desenfrenado e interrumpido. No me da tiempo de procesar las emociones abrumadoras; nunca antes había sentido tantas cosas a la vez. La forma en que sus manos recorren mi piel, dejando rastros de un fuego pasional; sus besos húmedos, que son como fuego líquido; y la manera en que su sola presencia abriga mis sentidos.
Él vuelve a capturar mis labios, mordiéndolos de paso. Debido a que no estoy acostumbrada a esta rudeza, un escozor se arma en mis ojos, luego es reemplazado por un gemido justo cuando me besa en el pecho. Estoy tan perdida en el momento, deseando más, que llevo mis manos hacia su cinturón. Es entonces cuando él se detiene.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto?
Asiento, tratando de atraerlo más hacia mí.
—Quiero que seas el primer hombre de mi vida, Rino...
Esperaba complacencia de su parte, sin embargo, su mirada se vuelve oscura; se aleja con respeto, como si tocarme le quemara.
—¿Qué pasa? —pregunto en un hilo de voz.
Él se pasa la mano por el cabello, echándolo hacia atrás y despejando su rostro para permitirme ver el conflicto dibujado en sus facciones varoniles. Su pecho sube y baja, como si le costara respirar, y su silencio me hace sentir vulnerable. Solo un momento después, se anima a hablar en un tono casi doloroso:
—Morgan, no deberías dejar que te toque... porque si lo hago, ya no podría detenerme, y eso implica que tendría que hacer al mundo arder por ti, y eso no es lo que quieres.
—¿Y si quiero que lo hagas?
—Ahora sí, pero luego no lo querrás.
Lo miro, confundida.
—Estás actuando por el anhelo del momento, pero luego, cuando regreses a casa y estés rodeada de tu familia, te darás cuenta de que esto ha sido un error. Ellos son lo mejor que tienes y no debes ponerlos por encima del deseo que sientes por mí.
—Es más que deseo —exclamo con la voz apagada.
Rino retrocede y niega, como si no quisiera aceptar la gravedad de mis palabras. Poco a poco, las sensaciones arrolladoras se van apagando, reemplazadas por el frío del ambiente.
—No soy el hombre para ti...
—¿Para quién lo eres? ¿Para Angelina?
Levanta su mano para apartarme el mechón de cabello morado que cae sobre mi cara, sobre mi nariz.
—No te compares con ella ni con nadie. —Levanta mi barbilla con sus dedos—. Vales mucho como para que alguien siquiera se atreva a compararse contigo.
—Entonces, ¿por qué no lo aceptas...?
—Porque también vales demasiado como para que yo tenga el derecho a tocarte.
Deja caer la mano a su costado, alejándose de mí.
—Eso quiere decir que no te arriesgarías conmigo.
—No me arriesgaré a lastimarte.
Me abrazo a mí misma sin darme cuenta, como si necesitara proteger lo poco que me queda de valentía.
—Esta noche quise estar contigo porque de verdad anhelaba tu compañía. Puede que seamos dos polos opuestos, pero jamás tuve tanta curiosidad por conocer a alguien. Me atraes de una manera inexplicable y ni siquiera yo sé lo que eso significa. Aun así, Morgan… sé que cruzar esa línea solo te lastimaría.
—¿Y si me lastima más esto?
—Tú soportarías esto, pero no ponerte en contra de tu familia. —Me regala una triste sonrisa.
—¿No te arriesgarías por amor?
Puedo oír el latido de mi corazón retumbando en mis oídos, un tamborileo descontrolado que amenaza con delatar mi vulnerabilidad.
—Tú no me amas, Morgan. Solo soy un anhelo, uno que es mejor no tener.
—Yo siento cosas…
—Y yo también. Pero no nos conocemos lo suficiente para decir que es amor. Si conocieras cómo soy en realidad, lo que hay en mi vida, te darías cuenta de que no soy lo que buscas. Yo no puedo amarte porque no puedo tenerte.
Mi pecho se contrae, y la sensación de vacío me golpea como un eco sordo. No puedo respirar profundamente; el aire parece pesar el doble. El cuarto parece más pequeño, las paredes más cercanas, como si mis pensamientos estuvieran empujándome hacia un rincón del que no puedo escapar.
—Entiendo. No te arriesgarías a perder a tu familia…
El aire se llena con el sonido de un suspiro por su parte.
—Mi familia no es como la tuya. Los Wright pueden pelearse una y otra vez, pero se perdonan. En cambio, los Blossom no conocen el perdón. No puedo permitirme perderlo todo.
—¿Te importa tu posición…? —La pregunta es más por egoísmo, al verme rechazada.
—No me importa la posición. Me importa Garrett.
Frunzo el ceño confundida, tratando de recordar a quién se refiere.
—Si crees que tus primos son unos tiranos o que tu abuelo es despiadado, es porque no conoces a mi familia. Si yo me acerco demasiado a ti, ellos van a hacerte la vida imposible. ¿Crees que podría vivir en paz con eso?
—Pero…
Posa su dedo en mis labios para detenerme.
—Prometí que esta noche sería especial, no la arruinemos con momentos amargos.
Se da la vuelta para darme la espalda. Me quedo en mi lugar, congelada, sin moverme. Observo sus pasos lentos, cómo toma mi hoodie y se lo pone. Le queda tan grande que parece que le perteneciera, excepto que el color morado no es de su estilo.
Sonrío, aunque me siento desconcertada por la conversación reciente. No quería arruinar la noche de esta manera. ¿En qué pensé al arriesgarme a besarlo? Todavía hay muchas cosas que no sé, y aun sin saberlas creí que podría restarle importancia. ¿Qué pensará el abuelo Enzo al enterarse de esto? Ni siquiera mi madre podría convencerlo de que deje pasar este acto rebelde de mi parte.
Además, no conozco la historia de Rino para pedirle que renuncie a ella. Es cierto, no lo conozco, y él no me conoce.
—Yo… —Mi voz hace que sus ojos busquen los míos—. Esto es lo más valiente que he hecho. Hace poco encontré a las personas del orfanato que quemé. Ellos me buscan, y no me atrevo a decírselo a mis primos. No soy tan valiente… pero tuve la valentía de besarte… —Aparto la mirada, ya que no me atrevo a sostener la suya—. Yo solo quería ser valiente por una vez, pero entiendo que mi anhelo es como un sueño imposible.
—No quisiera que me odies.
—No podría.
Ambos nos regalamos una sonrisa pacífica, como si comprendiéramos la posición del otro.
—¿Puedo confesarte algo? —pregunta mientras se acerca. Asiento—. A veces pienso que eres la persona correcta en el momento equivocado.
La confesión hace que la chispa de esperanza se asiente en mi pecho. Abro la boca para decirle algo, hasta que soy interrumpida por el repentino sonido de la puerta abriéndose y chocándose con la pared de al lado. Ambos miramos hacia la entrada, encontrándonos con Hope, que tiene una cara de agonía. Su pecho sube y baja, demostrando lo agitada que está.
—Rino… —dice con un poco de miedo.
—¿Qué sucede…?
Ella niega con un movimiento de cabeza, y luego veo cómo los hombros de Rino se tensan.
—Lo siento, ministro…
Rino sale del cuarto con pasos apresurados. Cuando salgo del shock, me acerco a Hope, que se está poniendo una chaqueta de tweed gris. Su expresión me llena de incertidumbre, por lo que me adelanto a preguntarle:
—¿Qué sucede…?
Ella me regala una mirada desconfiada.
—La familia de Rino está en el hospital.
Y eso es suficiente para hacerme sentir peor de lo que ya estaba.