POV Morgan Wright
Cuando salgo del cuarto de almacenamiento hacia el restaurante, encuentro a Rino hablando por teléfono con el ceño fruncido. Noto cómo su mano vacía tiembla ligeramente, lo que es un claro indicio de que los nervios están jugando con él.
La palabra "mamá" se desliza de sus labios con una mezcla de miedo y dolor; es tan difícil de ver que el corazón se me aprieta como si me hubiesen clavado una espina en él. Intento apartar la mirada, cosa que solo logro una vez que Hope se posa a mi lado, moviendo un juego de llaves con movimientos trémulos.
—¿Por qué están en el hospital? —pregunto.
—Garrett —responde Hope como si no quisiera dar más explicaciones. Me regala una mirada más desconfiada que la que me dio en el cuarto de almacenamiento—. Esto debe ser mi culpa.
—¿Por qué?
—Cada que Rino deja las responsabilidades con su familia pasa algo así. —Ella deja escapar un suspiro arrepentido—. No debí retarlo a que se escapara esta noche.
El comentario provoca que la espina en mi pecho se hunda más, logrando así que me sienta aún peor que antes. En todo caso, si Hope se siente responsable, yo también debería asumir un poco de esa culpa, ya que Rino se escapó conmigo. Mi mirada viaja hasta él, quien continúa hablando por teléfono; se pasa la mano por el cabello con el estrés dibujado en sus facciones.
Entonces las recientes palabras de Hope vuelven a pasar por mi mente: ¿por qué siempre que Rino deja sus responsabilidades pasa algo así? Además, no tengo claro qué fue lo que sucedió con Garrett.
—¿El hermano de Rino está enfermo?
La respuesta que Hope estaba por darme se queda en su garganta, ya que Rino se acerca a interrumpirnos. Todavía mantiene esa preocupación en cada poro.
—Tengo que irme al hospital. —Se mete el celular al bolsillo y luego toma su saco y camisa, que Hope le pasa. Ellos comparten una mirada que dice lo mucho que se entienden en este momento y, por alguna razón, no entenderlos hace que me sienta como una extraña en medio de una reunión a la que no me invitaron. Al fin, Rino me mira—. Te llevaré a casa.
—Pero tienes que ir al hospital… —le digo en un tono apenado.
Hope me mira.
—Puedo llevarla, luego iré al hospital contigo, ministro.
Rino niega con un movimiento de cabeza, tratando de verse más calmado y menos afectado.
—Quédate aquí, Hope. No puedes dejar a los chicos solos.
Todos miramos hacia los chicos que siguen dormidos en la mesa del fondo. Ahora que la tormenta ha bajado un poco, que la lluvia es más ligera, parecen aún más felices en sus sueños profundos. Hope deja caer los hombros resignada.
—Pero me llamas para quitarme la preocupación; si no lo haces, no vuelvas por aquí.
Rino trata de sonreír, pero el gesto no llega a formarse en sus labios.
—Vamos, señorita —se dirige a mí con el tono más formal que ha tenido en toda la noche, lo que me hace sentir más extraña todavía.
Él intercambia un par de palabras con Hope, luego me guía hacia afuera al coche que nos espera. Para mi sorpresa, tiene el techo arriba y, cuando entramos, los asientos están un tanto húmedos. A nuestro alrededor huele a tierra mojada, y el viento frígido de la lluvia trae consigo un aire a tragedia que me hace temblar.
En un par de minutos nos estamos introduciendo en la carretera. Rino conduce con prudencia sin que el recorrido sea lento; solo puedo concentrarme en sus dedos alrededor del volante, ya que no sé qué decir o hacer. Él no ha dicho nada, y su rostro ahora parece una máscara inexpresiva.
¿Debería darle apoyo moral diciéndole que todo estará bien? Niego con la cabeza, apartando esa idea de mi mente, puesto que sería mejor mantener la boca cerrada. Esta noche ya he dicho demasiado para terminar en el mismo punto de donde inicié.
Mi corazón empieza a tomar un ritmo más rápido cuando reconozco la carretera que se divide en dos caminos a unos kilómetros. Un camino lleva a la gran Casa Grande; el otro simplemente lleva hasta el centro de la ciudad. Rino me regala una mirada, es un simple aviso que me dice que me dejará en casa y, por un momento, siento el incontrolable impulso de decirle que no me deje aquí. ¿Terminará nuestra noche así? No me siento preparada para que acabe ahora.
—No tienes que hacerlo… —le digo.
Su mirada se suaviza un poco. Separa los labios para decirme algo hasta que el sonido de un timbre estridente llena el espacio entre nosotros.
En la pantalla del celular aparece el nombre “Mum Susane”. Él deja que el timbre siga llenando el silencio, parece debatirse en responder, hasta que contesta antes de que la llamada se corte.
—Mum —dice una vez se lleva el celular al oído. Su mano, que sigue en el volante, se aprieta alrededor de este. Algo lo desconcierta porque pisa el freno y luego retoma para seguir el camino lejos de mi casa—. Estaré pronto ahí. Dile a mamá que estoy llegando. Está bien, mum.
Corta la llamada y el último pitido se queda haciendo eco en mi cabeza. Tomo aire y luego lo dejo salir acompañado de las únicas palabras que soy capaz de pronunciar:
—Lo lamento.
No responde. Continúa conduciendo, esta vez con un poco más de prisa.
—Espero que todo esté bien con Garrett.
—Lo mismo espero yo… Si le pasa algo…
—No le pasará nada. Tu hermano es muy fuerte.
Vuelve la cabeza hacia mí. Nuestras miradas se conectan, y en la suya encuentro esa expresión fría y distante que suele tener y que creí que había perdido esta noche.
—¿Es grave?
—No sé. La abuela Susane no me dio detalles.
He escuchado el nombre de Susane Blossom más veces de las que puedo contar, principalmente de parte de mi abuelo, que cada que menciona su nombre lo hace con el odio impregnado en la voz; por supuesto, he visto a la señora en periódicos, revistas y a unos cuantos kilómetros de distancia, pero jamás he hablado con ella.
—Me pidió que llegara pronto. Ella lo tiene bajo control, siempre lo hace…
—Todo estará bien… —prometo, aunque no estoy segura de mis palabras.
La mirada de Rino se hace un poco más oscura.
—Creo que eso depende de mí.
—¿Por qué dices eso?
—Mi familia suele caerse a pedazos cuando yo no estoy…
—Eso es dependencia.
Su ceño se frunce disgustado.
—No todos tenemos la fortuna de encontrar una familia perfecta, Morgan.
—La mía no es perfecta —refuto a la defensiva.
—Ellos la hacen perfecta para ti. Tú solo tienes que ser una princesa para ellos, mi posición es más difícil.
Ahora soy yo quien frunce el ceño.
—Eso es injusto.
—Es la verdad.
Si fuese otra persona, le rompería la nariz, pero con él nunca puedo ser tan extremeista. Aun así, no deja de dolerme que minimice mi rol ante el suyo. Tampoco ha sido fácil para mí pertenecer a la familia más poderosa de Londres. Los Wright no somos perfectos.
Él suspira…
—Lo siento —murmura. Sus manos caen del volante cuando estaciona el coche frente al hospital Hillman—. La noche no salió como esperaba, pero se acabaron los intentos.
Abre la puerta de su lado y, antes de que rodee el coche para ayudarme, yo salgo; apenas me mira cuando se dirige al interior del edificio y yo lo sigo. Mentiría si digo que mis nervios no van en aumento. Tomamos un ascensor hasta la última planta para llegar a una zona VIP silenciosa, con tres o cuatro enfermera y una recepcionista que parece odiar su trabajo porque, al vernos, responde aburrida.
—Blossom —dice Rino.
—Habitación 208 —responde, volviendo la mirada a su tablet, donde parece estar leyendo un libro electrónico.
Mi acompañante se dierige a mí.
—Espérame aquí, por favor.
La petición de Rino viene con una mirada de arrepentimiento que me desconcierta. Retrocede queriendo irse, luego vuelve sobre sus pasos y me da un ligero beso en la frente el cual se siente como una promesa confusa. Estoy asimilando el gesto cuando él se aleja y se pierde por uno de los largos pasillos.
Cubro mi sonrisa con una mano, más aún cuando la recepcionista, que ha apartado la mirada de su libro electrónico, me mira con una expresión de burla e incredulidad.
—La prensa llegará pronto, no creo que sea conveniente que vean a la amante del señor Blossom aquí.
Un torrente de rabia sube por mis venas al escuchar aquellas palabras, hasta el punto que imagino la mejor forma de responderle con sarcasmo o quizá solo lanzarle una sátira, pero ella es quien toma la palabra.
—Luces muy joven para el señor Blossom. Los asquerosos políticos cada día me sorprenden más.
—¿Estás muy aburrida de tu trabajo? —la interrumpo con una sonrisa que no es más que sarcasmo disfrazado. Ella arquea una ceja que se esconde debajo de su flequillo marrón—. Porque si sigues hablando así de él, haré que pierdas tu puesto.
—Es un trabajo de mierda, pero menos doloroso que la decepción que te llevarás cuando te des cuenta de que solo eres una más.
¿Qué le pasa a esta chica? Ni siquiera me conoce y está diciéndome las cosas más crueles que se le pueden decir a un desconocido.
—No pienso discutir contigo —le digo.
—Yo tampoco. Solo que me da pena ver la sonrisa de niña que pusiste cuando te dio un inocente beso.
—¿Acaso tienes un sueño frustrado con Rino?
Ella se ríe.
—No me meto con las parejas de mis amigas —sonríe, lo que me hace entender sus palabras—. Angelina Duke, creo que sabes de quién hablo.
Por supuesto, sé de quién habla.
—Oh, entiendo… Supongo que por esa amistad escalaste hasta un trabajo que no te importa pero que te da dinero, ¿no es cierto? —Me echo el pelo morado hacia atrás con un movimiento seguro—. Es un poco triste que tengas que ser una lamebotas de tu amiga para que te siga haciendo favores. ¿Por qué, ese es el caso? Preferiría ser la amante de un político asqueroso, pero para mi buena suerte no tengo que ser ni lo uno ni lo otro. No soy la amante de Rino y no necesito ser una lamebotas porque tengo el privilegio de ser lo que yo quiera. Y debido a lo grosera que has sido conmigo, debería hacer que te despidan…
—¿Le pedirás el favor al señor Blossom? —pregunta con una sonrisa, luego su mirada se ensombrece como si mirara más allá de mí.
—No hace falta. Supongo que el dueño del hospital me daría el privilegio de despedirte cuando sepa que soy una Wright —Apoyo mi mano en el mostrador para que vea mi pulsera con el apellido tallado en oro, regalo exclusivo del extravagante abuelo que tengo—. Pero para que veas que no soy una resentida que se mete con gente que no conoce, te dejaré conservar tu aburrido trabajo, creo que es suficiente castigo.
Cuando termino de hablar, ella tiene el rostro tan pálido que parece a punto de desmayarse, su garganta se mueve como si estuviese tragando un gran nudo. ¿La asusté? Estoy empezando a arrepentirme de mis palabras al verla. No suelo presumir ni valerme de mi apellido, pero sus palabras me afectaron más de lo que me gustaría aceptar.
—Yo no quise hablar mal de… —ella tartamudea. Sus ojos se abren como platos y, al ver que se tez se hace nivea, noto que no soy yo la causa de su miedo.
Me vuelvo hacia atrás y por poco soy yo quien se desmaya al ver a la mujer que está detrás de mí. Mierda. La gran Susane Blossom, expolítica y una mujer dura que ha sabido manejar a una familia exitosa, está de pie apoyada en su bastón (un modelo similar al del abuelo Enzo), con un traje impecable como el de la reina Isabel y una mirada que haría temblar hasta al más valiente.
—¿No querías hablar mal de mi nieto? ¿Esa era tu pobre excusa? —se dirige a la recepcionista, quien deja escapar un gemido de miedo—. Para tu desgracia, chica, yo sí soy una resentida que se mete con gente que no conoce, y por tu falta de respeto te pido que agarres tus cosas y te largues del hospital.
—Pero usted no puede…
Susane golpea su bastón en el suelo, creando un sonido lleno de eco.
—Claro que puedo despedirte. El hospital no está a mi nombre, pero da por hecho que mi firma estará en tu carta de despido. —Levanta la mano en un gesto elegante para agregar algo más: — Y si insistes en quedarte, haré que nadie en Londres te dé un trabajo, incluyendo a tu amiga Angelina. ¿Entendido?
La chica asiente y, tomando su tablet, se retira corriendo. Susane la observa marcharse con un gesto imperturbable, desinteresada, como si no le importara nada lo que hizo. Los latidos de mi corazón se ralentizan. Había escuchado hablar de ella, pero esto es… Me está mirando.
Ahora escucho cómo mi pecho retumba. Ella me mira de arriba hacia abajo, y yo me siento tan nerviosa que cambio mi peso de un pie a otro. ¿Debería correr? Quizá sea lo mejor.
Elijo correr; sin embargo, no emprendo la huida porque ahora Susane Blossom pinta una sonrisa en sus labios, una de aquellas sonrisas curiosas que aparecen cuando uno se siente impresionado.
—Estoy asombrada —su tono es un tanto suave—. Parece que tenías la situación bajo control. No dejaste que hablaran mal de mi nieto y diste en el blanco con la metiche de Angelina. No la soporto, ni a ella ni a ninguna de sus amigas. Son como una plaga buscando una mejor posición a costa de mi nieto.
El alivio va llegando a mí poco a poco.
—No me gustan los pleitos vulgares, aunque lo hiciste muy bien. Te diste tu lugar… —Su sonrisa se mantiene un momento antes de hacerse pura seriedad—. La admiración terminó en el momento en que mencionaste tu vulgar apellido. Puede que me desagrade la corriente de Angelina, sin embargo, nada me repugna más que un Wright.
Y luego solo se da la espalda y desaparece en el pasillo contrario por donde se fue Rino antes.