++++++ Nos subimos al auto de Adrián, un sedán n***o que parecía salido de una película de espías. La piel del asiento era fría bajo mis muslos desnudos, pero me forcé a no moverme demasiado; este vestido no daba margen para accidentes, y lo último que necesitaba era que se subiera más de lo que ya estaba. Adrián ajustó el espejo retrovisor y se puso al volante. Todo en él era medido, calculado. Sus movimientos, su manera de girar el volante, incluso cómo ajustaba la postura para conducir, gritaban perfección. Y maldita sea, eso lo hacía aún más insoportablemente atractivo. El silencio entre nosotros era cómodo, pero sabía que no duraría. Adrián no era del tipo que dejaba las cosas sin decir. —¿Cómo te sientes? —preguntó, de repente, su voz profunda llenando el espacio del auto.

