Emiliana –¡Ah Emiliana! Mira nada más lo preciosa que te ves hoy. Exclamó Santino tras ingresar a mi habitación sin siquiera tocar la puerta. Su mirada representaba un hambre voraz que no había visto antes. Me observó de pies a cabeza, como si fuese el banquete a devorar dentro del menú del día. –Los colores opacos te sientan muy bien. Ni que decir de la tela, es simplemente magnífica. Le di la espalda para ignorarlo, pero aquello provocó que se fijara en mi trasero. Parte a la cual no dudó en llegar, dándome una palmada. Me quedé rígida y horrorizada. Jamás se había tomado atribuciones así conmigo, mucho menos me había tocado sin consentimiento. Algo le hacía creer que ahora sí podía tocarme como se le antojara. No esperó a verme volver hacia él para plantarle un bofetón que

