Emiliana Lancé a Angelo a la cama en cuanto pisamos el cuarto en el que se suponía guardaba el reposo correspondiente para su recuperación. Una de las enfermeras que aguardaba por su llegada se aventuró a revisar la herida de su espalda de inmediato. Lo oí quejarse incómodo cuando quitaron la gasa inservible empapada de su sangre. Sentí mucha impotencia, él tenía que estar sobreponiéndose en un ambiente tranquilo. ¡Ni siquiera debía estar baleado! –¿Van a demorar mucho? Deseo que todos se vayan y me dejen a solas con Emiliana. Comentó al descuido como si el hueco en su espalda no fuese para preocuparse o cual si no le doliera. –Oh Angelo, cierra la boca y deja que las enfermeras hagan su trabajo, ellas sabrán cuándo dejarte solo y cuando no. Mi regaño fue hecho por inercia. Afortu

