Capitulo 06

3108 Palabras
Asier Vanzatti El metal del arma se sentía gélido contra mi palma, una extensión de mi propia furia que buscaba un blanco donde descargar años de silencio acumulado. Dahlia estaba allí, frente a mí, con los ojos empañados por un terror que debería haberme dado satisfacción, pero que solo lograba retorcerme las entrañas de una forma que no sabía nombrar. El sótano de la mansión olía a humedad y a ese perfume floral que ella insistía en usar, un aroma que desafiaba la suciedad del lugar donde la mantenía cautiva. —¿Crees que tu padre vendrá por ti? —pregunté, mi voz sonando como el roce de dos piedras bajo el agua—. Él ya ha hecho sus cálculos, Dahlia. Ha puesto un precio a tu cabeza y ha decidido que sus cuentas bancarias pesan más que tu vida. Eres una moneda de cambio que ha perdido su valor en el mercado de la traición. Ella retrocedió hasta que su espalda golpeó la pared de piedra, sus manos temblando mientras intentaba cubrirse, como si sus dedos delgados pudieran detener una bala de punta hueca. —Él me ama, Asier —susurró ella, y la ingenuidad en su tono me hizo querer reír o gritar—. Tal vez no lo entiendas porque solo conoces el odio, pero mi familia no es como la tuya. No somos monstruos que se devoran entre sí por un pedazo de territorio. Caminé hacia ella, reduciendo el espacio hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con la frialdad de mis pensamientos. —Tu familia inventó el concepto de monstruosidad bajo una capa de seda y buenas maneras —escunpi, sintiendo cómo la sangre me pulsaba en las sienes—. Tu padre no te ama; te usa como un adorno en sus cenas de gala para ocultar la sangre que tiene en las uñas. Y ahora que esa sangre es la de mi madre, no hay seda que pueda ocultar la verdad. La tomé del mentón, obligándola a mirarme. Sus ojos eran un laberinto de miedo y algo más que no quise analizar, una especie de desafío silencioso que me quemaba la piel. —Mírame bien, Dahlia Soler —le dije, bajando la voz hasta que fue un murmullo letal—. Lo que ves es el resultado de la ambición de tu estirpe. Soy el vacío que dejaron cuando decidieron que mi apellido era una molestia. Y ahora, voy a usar ese vacío para tragarme todo lo que alguna vez llamaste hogar. —Entonces hazlo ya —respondió ella de repente, su voz ganando una firmeza que no esperaba—. Si soy tan insignificante, si mi padre ya me olvidó, ¿por qué sigues aquí hablando conmigo? Dispárame si eso apaga tu sed, pero ambos sabemos que no es mi muerte lo que buscas. Buscas que yo sienta el mismo dolor que tú, y eso es algo que no puedes forzar con un hierro. Solté su rostro con brusquedad, sintiendo que sus palabras me habían golpeado con más fuerza que cualquier puño. Me giré para caminar por el pequeño espacio del sótano, mis botas resonando contra el cemento en un ritmo errático. Ella tenía razón, y esa comprensión me asqueaba más que cualquier traición de Alessia. No quería simplemente eliminarla del mapa; quería que viera cómo su mundo de cristal se hacía añicos, pedazo a pedazo, hasta que no quedara nada más que nosotros dos en este infierno. —Enzo dice que los camiones de tu padre ya cruzaron la frontera —dije, tratando de recuperar el control de la conversación—. Han dejado el cargamento de suministros médicos para los orfanatos, una fachada perfecta para mover los archivos que me pertenecen. Él cree que estoy distraído contigo, que tu secuestro es solo un berrinche de un heredero caído. Dahlia se abrazó a sí misma, deslizándose por la pared hasta quedar sentada en el suelo sucio. El vestido de seda que llevaba se manchó de polvo, pero a ella no parecía importarle. —¿Archivos? ¿De qué hablas? Mi padre nunca se involucraría en algo así. Él es un hombre de negocios, no un ladrón de secretos —dijo ella, mirando hacia un punto invisible en la oscuridad del rincón. Me agaché frente a ella, quedando a su misma altura. Podía ver el rastro de las lágrimas en sus mejillas, una debilidad que me doliaba observar por razones que me negaba a aceptar. —Tu padre robó los registros de la organización Vanzatti hace diez años. Fue el socio silencioso de los Soler el que entregó a mi madre a los federales para quedarse con el control del puerto. No fue un negocio, Dahlia. Fue una ejecución planificada donde todos cobraron su parte menos yo. Y ahora, voy a cobrar la mía con intereses que tu familia no puede pagar. —Yo no sabía nada de eso —dijo ella, su voz apenas un hilo de sonido que se perdía en la inmensidad del sótano—. Nunca me dijeron la verdad sobre el ascenso de la empresa. Siempre pensé que éramos... diferentes. —Nadie es diferente en este mundo, solo hay algunos que mienten mejor que otros —sentencié, levantándome de nuevo—. Tu ignorancia no te hace inocente, solo te hace una herramienta más útil para ellos. Pero conmigo, esa utilidad se ha terminado. Mañana, cuando el sol esté en lo alto, tu padre recibirá el primer dedo de su preciosa hija si no me entrega las claves de acceso al servidor central. Dahlia soltó un sollozo ahogado, ocultando su rostro entre las rodillas. El sonido me perforó los oídos, recordándome que debajo de mi armadura de mafioso, todavía quedaba un resto de humanidad que se rebelaba ante la crueldad que estaba dispuesto a ejercer. Pero cerré ese compartimento de mi mente. No había espacio para la piedad en la ruta que había trazado. Cada lágrima de ella era una gota de justicia para los que perdí. Salí de la celda sin mirar atrás, cerrando la puerta de hierro con un estruendo que pareció sacudir los cimientos de la mansión. Enzo me esperaba en el pasillo, apoyado contra la pared con un cigarrillo apagado entre los labios. Su expresión era ilegible, pero sus ojos me juzgaban con una intensidad que no necesitaba palabras. Él había estado allí desde el principio, viendo cómo el niño que una vez fui se convertía en la sombra que ahora caminaba por estos pasillos. —¿Lo vas a hacer de verdad, Asier? —preguntó Enzo, su voz ronca por el tabaco y los años de servicio—. Ella no tiene la culpa de los pecados de su padre. Es solo una chica que tuvo la mala suerte de nacer en el bando equivocado. —En esta guerra no hay bandos equivocados, Enzo, solo hay ganadores y muertos —respondí, sin detenerme—. Prepara el equipo quirúrgico. No quiero que se desangre antes de tiempo. Necesitamos que esté lo suficientemente consciente para que su padre escuche sus gritos por la radio. Es la única forma de que ese cobarde entienda que el tiempo de las negociaciones diplomáticas se ha terminado. Subí las escaleras hacia mi oficina, sintiendo que el aire se volvía más ligero a medida que me alejaba del sótano. Sin embargo, el olor de Dahlia parecía habérse pegado a mi ropa, un recordatorio constante de su presencia en mi casa y en mi cabeza. Me senté tras el escritorio de caoba, el mismo donde mi padre solía planear sus conquistas, y abrí el cajón donde guardaba la fotografía de mi madre. Su sonrisa era un reproche silencioso que no podía soportar. —Esto es por ti —susurré a la imagen, aunque sabía que ella nunca habría aprobado lo que estaba a punto de hacer—. Por cada noche que pasé en la calle mientras ellos brindaban con champagne. Por cada cicatriz que llevo en la espalda y que nunca sanará. El teléfono sobre la mesa empezó a sonar, rompiendo el silencio sepulcral de la habitación. Era el número privado de los Soler. El juego había comenzado. Sentí una descarga de adrenalina recorrer mi cuerpo, borrando cualquier rastro de duda o remordimiento. Tomé el auricular con una calma que me asustó a mí mismo, sabiendo que las siguientes palabras decidirían el destino de todos los involucrados en esta tragedia. —Habla Vanzatti —dije, mi tono tan gélido como el invierno que se avecinaba—. Espero que tengas las claves a mano, Soler, porque tu hija está empezando a perder la paciencia y yo estoy empezando a perder la cordura. Tienes diez minutos para darme una razón para no enviarte un paquete por correo certificado mañana por la mañana. La voz al otro lado era una mezcla de arrogancia y miedo contenido, un sonido que me hizo sonreír con una malicia que no sabía que poseía. El hombre que había destruido mi vida estaba ahora suplicando por la suya, usando a su hija como escudo. Era patético y perfecto al mismo tiempo. La venganza no era un plato que se servía frío; era un festín que se disfrutaba mientras el enemigo aún estaba caliente y sufriendo. —No te atreverías —dijo Soler, aunque sus palabras carecían de convicción—. Si le tocas un solo pelo, la policía federal y todas las familias del norte caerán sobre ti como una plaga. No te quedará un agujero donde esconderte, Asier. Devuélvela ahora y quizás te deje vivir en el exilio. —Ya vivo en el exilio, imbécil —le grité, golpeando la mesa con el puño—. Vivo en el exilio de mi propia vida desde que tú decidiste jugar a ser Dios. El tiempo se agota. Nueve minutos y contando. Elige bien, porque el acero de mi bisturí no entiende de diplomacia ni de amenazas vacías. Colgué el teléfono antes de que pudiera responder. La habitación volvió a quedar en silencio, pero esta vez era un silencio cargado de electricidad. Me levanté y caminé hacia la ventana, observando los jardines descuidados de la mansión que una vez fue el símbolo del poder absoluto. Pronto, todo esto volvería a ser mío, pero el precio sería la última pizca de alma que me quedaba. Y mientras pensaba en ello, la imagen de los ojos de Dahlia volvió a mi mente, desafiante y hermosa en medio de la oscuridad. Bajé de nuevo al sótano una hora después. No podía quedarme quieto en la oficina. Necesitaba verla, necesitaba recordarme a mí mismo por qué estaba haciendo esto antes de que la resolución se me escapara entre los dedos. La encontré dormida en el suelo, su respiración agitada y su rostro todavía marcado por el llanto. Parecía tan frágil que, por un momento, la idea de cortarla me pareció una blasfemia contra la belleza misma. Me senté en el suelo, a unos metros de ella, observándola en el silencio de la celda. El mundo exterior no existía aquí abajo; no había imperios que recuperar ni padres que castigar. Solo éramos nosotros dos, atrapados en una danza de odio y necesidad que ninguno de los dos había pedido bailar. Estiré la mano, sin llegar a tocarla, siguiendo el contorno de su silueta en el aire frío del sótano. —¿Por qué tenías que ser tú? —le pregunté al vacío, sabiendo que no habría respuesta—. De todas las personas en este mundo podrido, ¿por qué tenías que ser la única que me hiciera sentir algo que no fuera asco? Dahlia se removió en su sueño, murmurando un nombre que no alcancé a distinguir. Me levanté rápidamente, avergonzado de mi propia debilidad. No podía permitirme este tipo de pensamientos. Mañana ella sería el instrumento de mi victoria, o el sacrificio de mi fracaso. No había término medio en este juego de sombras. Salí de la habitación y cerré la puerta, esta vez con más fuerza de la necesaria, tratando de acallar los latidos de mi propio corazón que se negaba a obedecer mis órdenes. El resto de la noche lo pasé en vela, revisando mapas y frecuencias de radio con Enzo. Los Soler no se quedarían quietos; mandarían a sus propios mercenarios antes de entregar las claves. Lo sabía. Lo estaba esperando. Cada sombra que se movía en el jardín era un objetivo potencial, cada ruido en el bosque era una amenaza que debía ser neutralizada. Mi cuerpo estaba en tensión, una cuerda de violín a punto de romperse bajo la presión de la espera. —Están cerca, Asier —dijo Enzo, señalando un punto en el monitor térmico—. Tres vehículos se acercan por el camino viejo. Sin luces. Se mueven como profesionales. No son federales, son hombres de confianza de Soler. Vienen a buscar a la chica por la fuerza. —Déjalos entrar hasta el primer anillo —ordené, sintiendo que la sangre me hervía de anticipación—. Quiero que crean que tenemos la guardia baja. Cuando lleguen al patio central, cerramos las salidas. No quiero sobrevivientes, solo necesito a uno para que le cuente a Soler cómo murieron sus mejores hombres mientras él se escondía en su oficina. Bajé al sótano por última vez esa noche. Dahlia ya estaba despierta, alertada por el cambio en la atmósfera de la casa. Sus ojos se abrieron de par en par cuando me vio entrar con el chaleco antibalas puesto y el fusil de asalto en la mano. Ya no era el hombre que la miraba con dudas; era el soldado que estaba a punto de entrar en combate. —¿Qué está pasando? —preguntó ella, levantándose con dificultad, sus piernas flaqueando bajo su peso—. ¿Es mi padre? ¿Ha venido por mí? —Han venido a matarnos a los dos, Dahlia —le dije, agarrándola del brazo y tirando de ella hacia la salida—. Tu padre ha decidido que es más barato enviarte un equipo de limpieza que entregarte lo que me debe. Así que ahora vas a venir conmigo, y vas a ver exactamente cómo se las gasta el hombre que llamas héroe cuando se trata de proteger sus intereses comerciales. La arrastré por los pasillos oscuros de la mansión, ignorando sus protestas y sus intentos de soltarse. El primer disparo resonó en el patio, seguido de una explosión que hizo vibrar los cristales. La batalla había comenzado. La llevé hasta un cuarto de seguridad blindado cerca de la entrada, un lugar donde pudiera ver lo que ocurría a través de los monitores sin estar en la línea de fuego directa. —Quédate aquí y no te muevas —le ordené, cerrando la puerta con llave—. Si las cosas salen mal, hay una salida de emergencia bajo la alfombra que lleva al bosque. Corre y no mires atrás. Pero si salgo victorioso, prepárate, porque después de esta noche, ya no habrá rincón en este mundo donde puedas esconderte de lo que vamos a hacer juntos. Salí al encuentro de los atacantes, sintiendo que el aire se llenaba de pólvora y gritos. Era el idioma que mejor hablaba, la única forma de comunicación que realmente entendía. Mientras disparaba contra las sombras que cruzaban el jardín, me di cuenta de que ya no luchaba solo por el pasado o por mi madre. Luchaba por el control de un presente que se me escapaba de las manos, y por una mujer que, a pesar de ser mi enemiga, se había convertido en el único ancla que me mantenía unido a la realidad. La carnicería duró menos de veinte minutos. Los hombres de Soler eran buenos, pero yo jugaba en casa y tenía el odio de mi lado. Cuando el último de ellos cayó en la fuente del patio, el silencio que regresó a la mansión fue más ensordecedor que los disparos. Caminé entre los cuerpos, sintiendo el calor de la sangre bajo mis botas, y regresé al cuarto de seguridad donde Dahlia me esperaba con el rostro pálido y los ojos desencajados. —Se han ido, Dahlia —dije, abriendo la puerta y dejando que viera el resultado de la ambición de su padre—. Nadie vendrá a salvarte esta noche. Tu padre ha jugado su última carta y ha perdido. Ahora, el precio de tu libertad acaba de subir, y no estoy seguro de que quieras saber lo que voy a pedir a cambio de mantenerte con vida después de esto. Ella me miró, y por primera vez, no vi miedo en sus ojos. Vi una decepción tan profunda que me hizo apartar la vista. Había destruido su imagen del mundo en una sola noche, y en el proceso, me había convertido en el único ser humano en el que podía confiar, por muy retorcido que eso fuera. Éramos dos náufragos en una isla de sangre, y la marea apenas estaba empezando a subir. —Llévame a mi celda, Asier —dijo ella con una voz vacía, una voz que pertenecía a alguien que ya se había rendido—. Ya no importa lo que hagas. Mi padre me mató en el momento en que envió a esos hombres, y tú solo estás guardando las cenizas. Haz lo que tengas que hacer, pero no me pidas que sienta nada por lo que ha pasado aquí. La acompañé de vuelta al sótano, pero esta vez no la arrastré. Caminamos juntos por los pasillos llenos de humo, dos fantasmas recorriendo las ruinas de una historia que nunca debió ser escrita. La encerré de nuevo, pero no pude evitar quedarme un momento más observándola a través de la pequeña rejilla de la puerta. Ella se sentó en el suelo, rodeada por la oscuridad, y supe que a partir de ese instante, nuestras vidas estarían ligadas por algo mucho más fuerte que el odio o la venganza. Estábamos atados por el silencio de los muertos que yacían en el patio. Regresé a mi oficina y serví un vaso de whisky, sintiendo que el líquido me quemaba la garganta de la misma forma que mis propios pensamientos me quemaban el alma. La guerra contra los Soler había entrado en una fase nueva y más peligrosa. Ya no se trataba de archivos o de dinero; se trataba de hasta dónde estaba dispuesto a llegar para ganar un trono que cada vez parecía más pesado. Y mientras el sol empezaba a asomarse tímidamente por el horizonte, supe que el capítulo seis de mi vida acababa de terminar de la forma más sangrienta posible.
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