Dahlia Soler El estruendo de las placas de acero sellando la sala de juntas resonó en mis oidos como el cierre de una tumba de lujo. Las luces blancas del techo parpadearon violentamente antes de ser sustituidas por el resplandor rojo y rítmico de la alarma de emergencia. En medio del caos de papeles volando y directivos gritando, Alessia me dedicó una última mirada cargada de un odio ancestral antes de desaparecer por una puerta lateral oculta tras la estantería de nogal. —¡Dahlia, al suelo! —el grito de Enzo fue seguido por el impacto de una ráfaga de disparos que hizo añicos el jarro de cristal de la mesa. Me tiré detrás de la pesada mesa de mármol, sintiendo el frío de la piedra contra mi espalda. Mis manos, que hace un segundo sostenían el destino financiero del mundo, ahora tembla

