Dahlia Soler El cuchillo me pesaba en la mano como si estuviera hecho de plomo mientras me arrastraba entre los matorrales, con el corazón golpeando mis costillas con una fuerza que amenasaba con romperlas. Las tres camionetas negras, imponentes y silenciosas, rodeaban la cabaña como ataúdes de metal dispuestos para nosotros. No habia gritos, ni disparos, solo el zumbido constante de los motores en ralentí y el brillo del sol reflejado en los cristales blindados. Me preparé para morir, calculando cuántos pasos me tomarian llegar a la puerta antes de que un francotirador me volara la cabeza, pero cuando salté hacia el claro, nadie disparó. Ocho hombres, vestidos con equipo táctico gris oscuro y armados con fusiles de asalto que parecian sacados de una película de guerra, mantenian un perí

