Dahlia Soler El gas se expandió con un siseo malicno, una serpiente blanca que reptaba por el suelo de mármol y devoraba la visibilidad en cuestión de segundos. Mis ojos empezaron a arder como si alguien me hubiera arrojado arena hirviendo y la garganta se me cerró en un espasmo violento. Me cubrí la boca con el antebrazo, sintiendo el metal frío de la pistola contra mi mejilla. El lujo del penthouse, con sus muebles de diseño y sus obras de arte, se había convertido en un laberinto de sombras y veneno. —¡Dahlia, al suelo y no respires! —el grito de Enzo llegó amortiguado por su máscara de gas. Lo vi moverse como un fantasma entre la bruma, su figura recortada por los destellos de las linternas tácticas que ya cruzaban el umbral de la puerta destrozada. Los primeros disparos resonaron c

