NATHAN. Bajé. Caminé hasta la cama, aparté las sábanas de su cuerpo. Ante la brusquedad con la que aparté las sábanas se sentó. No podía verla, pues la habitación estaba a oscuras, pero podía sentir el terror que le provocaba mi presencia, la cual no podía divisar —¡Déjame en paz! —, escuché como sus manos buscaron el interruptor, sin embargo, este no funcionaba —¡Maldita sea! Caminé lentamente hacia la cama, aunque no veía nada, sabía perfectamente dónde estaba cada cosa, incluso podía intuir dónde estaba esa perra. Cuando llegué encendí el encendedor y lo coloqué en frente, ante la luz que alumbró mi rostro, ella soltó un grito —Tú… estas muerto—, musitó con los labios temblando —Luzmila, he venido desde el infierno por ti—, agarré su pierna desde el tobillo —Te llevaré conmigo—, co

