La noticia del compromiso se extendió como una luz cálida en algunos círculos y como un incendio en otros. Para Emilia y Alexander, el anillo era la certeza de un futuro compartido; para el resto, era la confirmación de que ella había elegido a otro camino. Y así, entre llamadas, visitas a proveedores y decisiones pequeñas que parecían grandes —el lugar, la lista de invitados, el vestido— comenzaron los preparativos de lo que debía ser un día de amor y de esperanza. Emilia se dejó llevar por la sorpresa de escoger flores que no fueran las de los funerales de su pasado. Rió eligiendo un ramo de peonías y hortensias; pidió a su amiga y curadora que diseñara una pequeña instalación con sus cuadros para la recepción; aceptó que Alexander propusiera un músico que tocara a la llegada de los inv

