El regreso a la casa fue envuelto en un silencio pesado, incómodo, como si las palabras hubieran sido prohibidas entre ellos. Toribio caminaba pasos largos sin mirar a Jenn que quedaba atrás, no quería que ella viera que él estaba afectado, que lo que había visto le había ocasionado más daño del que se hubiera permitido. Pero ella permanecía callada, caminaba tratando de seguirle el ritmo. Cuando llegaron a la casa, Jenn caminó directamente hacia la habitación, sin decir una palabra, con el pecho oprimido por la confusión que la desgarraba por dentro. Se encerró en la habitación y dejó que las lágrimas cayeran libremente. Sollozó en silencio, con las manos temblando sobre su regazo, mientras su mente le gritaba que debía odiar a Toribio, debía aborrecerlo, debía buscar su libertad, per

