Entrar a ese lugar fue como entrar a otro universo. No por la decoración —que parecía haber sido reunida por accidente en algún mercado callejero— ni por el olor fuerte a especias y carne cocida que impregnaba todo, sino por cómo Sophie... pertenecía ahí. —¡Doña Rosa!— exclamó con una sonrisa que apenas le había visto en los eventos benéficos más importantes y con ese acento que era tan ajeno a mis oídos. Una mujer mayor, con cabello recogido en un moño apretado y un delantal cubierto de harina y chile rojo, salió desde la cocina con una espátula en la mano. En cuanto vio a Sophie, su rostro se iluminó. —¡Ay, mi niña hermosa! ¿Y esa modelo que traes?— dijo con picardía, sin perder tiempo. Sophie rió como si estuviera en casa. —Es Scarlett. Mi...— me miró de reojo con una mezcla de tra

