El caos del día se había sentido como una montaña rusa emocional. Archivos que no cuadraban, llamadas interminables, correos sin responder y ejecutivos en pánico. Pero ahora… ahora estábamos en un lugar completamente distinto. El centro comercial más exclusivo de San Francisco, ese que veía solo de lejos cuando caminaba por la ciudad. Scarlett caminaba a mi lado con esa seguridad suya que parecía desplazar el aire a su alrededor. Su presencia era magnética, imponente, y vestida como siempre de forma impecable. Incluso aquí, donde todo el mundo llevaba bolsos de diseñador y joyas que costaban más que mi auto, ella lograba destacar. Yo, por otro lado, me sentía como un pececillo en un acuario de tiburones con perfume caro. —Scarlett…— murmuré, deteniéndome frente a una de las vitrinas lle

