—¿A dónde vas? —me preguntó Fer, cuando vio que me desperté más temprano que él, que tenía puesta ropa para el frío, y que estaba alistando una mochila.
No habíamos compartido cama anoche, porque cada uno seguía teniendo su espacio, como lo habíamos acordado al iniciar nuestra relación —y no, no teníamos sexo todas las noches, porque, aunque éramos jóvenes enérgicos, a veces queríamos descansar y...bueno, darnos placer a nosotros mismos—, así que solamente se dio cuenta que yo andaba en algo raro cuando muy seguramente salió de su habitación para hacer un poco de gym antes de alistarse para ir al trabajo, y vio encendidas las luces de mi habitación.
—A Bogotá —dije, así sin más, sin pedirle permiso, porque no es mi dueño.
No supe qué cara hizo Fer, porque yo seguía alistando mis cosas. No me pensaba quedar muchos días, pero aun así alisté dos modas de ropa y un pijama, solo por si acaso.
Yo sabía que estaba siendo una estúpida. ¿Ir a rogarle a Carlos, cuando el novio más perfecto del mundo estaba parado tras de mí? Sí, definitivamente yo estaba demente.
Simplemente...yo quería dejar las cosas claras con Carlos. Ya una vez un idiota me había dejado de hablar así como así, sin siquiera decirme por qué se terminaba lo nuestro —y bueno, después me di cuenta que fue porque estaba saliendo con otro hombre—, así que yo simplemente quería pararme frente a ese orgulloso militar y decirle que tuviera los pantalones para decirme a la cara qué rayos iba a ser de...lo nuestro.
No era fácil describir exactamente lo que yo tenía con Carlos. Se suponía que lo nuestro debían ser simplemente unas folladas y ya, como parte de ese extraño fetiche que tenía Fernando de ver cómo otro hombre me tomaba —con mi consentimiento, obviamente—, pero era evidente que entre Carlos y yo, aparte de la atracción, había sentimientos, y muy profundos, y de eso se había dado cuenta Fernando, y por eso propuso que tuviéramos algo así parecido a una relación poliamorosa; según lo que me alcanzó a decir Fernando de eso, Carlos no había aceptado porque le parecía una locura, y a decir verdad, a mí también me lo parecía, pero...pero ahora que había durado tanto tiempo sin estar con Carlos y darme cuenta de la falta que me hacía, tal vez esté reconsiderando la oferta de Fer.
Dios...Fer es tan buen novio y hermano, que en serio está de acuerdo con algo así, aunque él pueda resultar lastimado con todo esto, porque por supuesto que, al yo tener una relación con dos hombres, corría el riesgo de que yo me enamorara más de uno que del otro, y aunque yo estaba enamoradísima de Fer, era Carlos el que despertaba las cosas más salvajes en mí, y con quien yo me sentía más...más yo.
Yo todavía me estaba adaptando a esta vida de mujer de un millonario con Fernando. Los vestidos, la elegancia, la clase, las sonrisas falsas..., todavía me sentía abrumada con todo eso, mientras que con Carlos yo sabía que podría ser yo misma, y es que la cuestión era muy simple: Fernando se parecía a su fachera y pulcra madre, y Carlos se parecía a su relajado y rebelde padre.
Pero yo sabía que tendría incluso más responsabilidades siendo mujer de Carlos que siendo mujer de Fernando. Carlos quería iniciar una carrera en la política después de retirarse del ejército, y yo tampoco me sentía preparada para ser una primera dama perfecta.
Creo que me hubiera sentido mejor siendo novia de Alejandro, que le gustaba más bien estar alejado de las cámaras, aunque claro...eso era solo en su faceta de hombre, que era en la que más se parecía a su padre, porque en su faceta de mujer, le gustaba llamar la atención, como en su momento le había fascinado a su madre, y tenía miles de seguidores en t****k, pero claro...nadie se imaginaba quién era en realidad ese chico que se escondía bajo la fachada de una dulce y bella mujer de género fluido.
—Irás para hablar con Carlos, ¿verdad? —preguntó Fernando, no luciendo para nada enojado ni celoso, simplemente...quería saber para qué iba, eso era todo.
—Sí —respondí, y lo miré con suma atención, como tratando de descifrar su inexpresiva mirada —. ¿Te molesta que lo haga? Porque si te molesta solo debes decírmelo y...
—Dani, está bien —dijo Fer, acercándoseme y tomándome de las manos para besarlas —. Ya te dije infinidad de veces que estoy de acuerdo con que...bueno, con que estés con Carlos, siempre y cuando sean discretos.
No evité sonrojarme, porque en ese “estar” había muchas cosas. Tanto lo sentimental como lo...intimo. Yo aún no había tenido sexo con Carlos sin que Fernando estuviera presente, participando del acto o simplemente mirando.
Así que ahora Fer prácticamente me estaba dando luz verde para yo hacer lo que quisiera con Carlos y...eso me ponía cachonda, he de admitirlo. Le haría una mamada ahora mismo a Fer para agradecerle por ser tan buen novio, pero eso llevaría a otras cosas, se me haría la tarde y perdería el vuelo, así que me tuve que limitar a empinarme, abrazarlo por el cuello y darle un piquito en los labios.
—Y dale un puñetazo de mi parte a ese huevón, que a mí tampoco me contesta los mensajes —dijo Fer, y yo reí.
****
Cuando llegué al palacio presidencial, no me fue difícil entrar, puesto que todos sabían que yo era cuñada de Carlos. Eso ya era de conocimiento nacional.
Había militares por todas partes, y funcionarios corriendo de aquí para allá.
Entre muchas cosas que hizo el pueblo, fue tumbar al congreso, así que Carlos se había visto en la obligación de declarar estado de conmoción interior, para que todas las potestades de la rama legislativa pasaran a él, y por supuesto que él no podía hacerlo todo solo, así que había delegado funciones, y todo parecía ser un caos en la Casa de Nariño, pero era un caos medianamente organizado.
Mientras que caminaba hasta la oficina del presidente, sentía el frío entrarme por las piernas. Solo para tratar de provocar a Carlos, me había puesto una falda corta con unas botas negras de tacón que llegaban hasta por encima de las rodillas, pero entonces esa pequeña porción de piel que quedaba a la intemperie era suficiente para calarme hasta los huesos.
El joven secretario que estaba en la recepción de la oficina de Carlos me reconoció al instante, y aunque trató de decirme que Carlos estaba muy ocupado y que no estaba atendiendo a nadie, no le di muchas opciones cuando le dije que iba a entrar a la fuerza si era necesario, y el muchacho tuvo que anunciarle a Carlos mi presencia.
Unos minutos después los amigos militares de Carlos salieron de la oficina. El altote y guapetón Nicolás, que me guiñó un ojo a modo de saludo; el muy serio pero amable Jorge, que se quitó su gorra militar, como hacían los caballeros de antes cuando una mujer se les acercaba, y la despampanante Carolina, que ni siquiera me determinó.
Cielos...esa mujer era impresionante. Una cosa era verla en fotos, y otra muy diferente verla en persona. Incluso estando con su traje militar, su peinado recogido y engominado y con un maquillaje muy suave, se veía espectacular. Claramente yo no le hacía competencia. Carlos muy bien me podría decir que me dejaba por ella, y yo hasta le diría “por favor, hazlo”.
El caso fue que cuando al fin entré a la oficina y vi a Carlos sentado en una esquina del escritorio, cruzado de varios y con un semblante muy serio que me daba a entender que le estaba haciendo perder su preciado tiempo, no supe en realidad qué decirle.
—¿Fernando sabe que estás aquí? No quisiera tener problemas con él —dijo Carlos, y a pesar de que su cara demostraba seriedad y desinterés, en realidad noté un brillo en sus ojos.
El brillo de alguien que se alegraba por ver a una de las personas que más le importaban.
Mi corazón empezó a latir con rapidez, y mi...clítoris se endureció. Me sentí cachonda de inmediato.
Por supuesto que ver a un hombre con uniforme causaba ciertos efectos en las mujeres, pero en mi caso, aparte de eso, era un hombre al que yo deseaba prácticamente desde que era una pre-adolescente.
Dios..., yo solo iba a los desfiles del día de la independencia para ver a Carlos, mucho antes de que él siquiera supiera de mi existencia, y ahora que lo podía tener para mí, lo demás me importaba una mierda. Fernando estaba de acuerdo con esto, así que, teniendo la luz verde, simplemente arranqué y ataqué.
No esperé a que Carlos dijera algo más, y me le abalancé encima —algo difícil para una chiquitina como yo de 1.65 con un hombretón de 1.90, pero me las arreglé—, estampándole un beso en los labios que logró sorprender a Carlos, que no movió sus labios por varios segundos, al parecer analizando la situación, como lo haría cualquier militar que veía que estaba en una situación de peligro, pero terminó cediendo, y acunó mi rostro en sus callosas y fuertes manos y hundió su lengua en mi boca, en un beso húmedo y ardiente que me quitó la respiración.
Este era, por decirlo así, nuestro primer beso. El único que nos habíamos alcanzado a dar fue aquella vez que follamos en el baño del edificio del congreso, pero fue apenas un roce de labios, porque él se había negado a profundizar el beso por respeto a Fernando, pero ahora la situación era muy diferente.
Dios...cuánto había yo fantaseado con darle un beso a Carlos. Y sí que es un buen besador, porque ya sentía mojadas mis bragas, y justo cuando mis manos se dirigieron a la hebilla de sus pantalones de camuflaje, ahí fue cuando él detuvo todo, tomándome suavemente por las muñecas, dejando su frente pegada a la mía, con nuestras respiraciones agitadas y con ganas de más.
—Aquí no, primor —murmuró Carlos, apretándome con una fuerza moderada la cintura —. Espérame en casa.
—Yo ni siquiera debería estar besándote. Has sido un idiota conmigo —dije, no siendo capaz de separarme de él —. ¿Qué te costaba tomarte un minuto de tu tiempo para responderme un pinche mensaje?
—Solo...quiero evitar que alguno de nosotros tres resulte lastimado —dijo Carlos, por supuesto que refiriéndose a Fernando —. No puedo dejar que esto avance mucho, ya me siento muy enamorado de ti como para dejar que de repente te cases con Fernando, que sé que es algo que no va a tardar en suceder.
Oh cielos.
Creo que es la primera vez que Carlos me decía, expresamente, que estaba enamorado de mí. Por supuesto que lo había demostrado con hechos, pero él no era un hombre de confirmar las cosas con palabras. Apuradito lo he escuchado decirle una o dos veces a Fer o a Alejo un “te amo”. El mismo Alonso a veces decía que le molestaba que Carlos no fuera alguien tan afectivo ni que expresara las cosas con palabras, así que yo sabía que él estaba haciendo un gran esfuerzo por decirme que estaba enamorado de mí, y que el día en que yo me casara con Fernando tal vez sería uno de los peores días de su vida.
—Haremos que funcione sin que nadie salga lastimado —le dije a Carlos, acariciándole una mejilla y dirigiéndole una dulce sonrisa —. Te esperaré en tu casa. ¿Querrás algo especial para la cena?
Carlos, que casi nunca sonreía, me esbozó una tierna sonrisa que se me pareció terriblemente a la de Alejandro. Los hermanos Orejuela podían ser muy diferentes en muchas cosas, pero en pequeñas cosas el parecido era entrañable.
—Cualquier cosa estará bien. No soy exigente con la comida como sí lo son mis idiotas hermanos —dijo Carlos, mientras me apretaba juguetonamente una nalga y yo reí —. Estoy acostumbrado a la comida de los batallones, así que no te preocupes por preparar algo gourmet.
Me volvió a dar un beso, pero esta vez uno más dulce, uno más...parecido al que me daría si fuésemos novios.
Pero por muy dulce y todo que fuera Carlos, a mí no se me olvidaba el motivo por el que había venido, así que puse mi mejor cara seria y le dije:
—No quiero que la capitana Carolina te siga pisando los talones. Parece un siamés.
Carlos soltó una risotada, como si yo hubiera dicho algo muy chistoso. Será idiota...
—Entonces de eso se trata todo esto. Estás celosa —dijo Carlos, halándome un rizo.
—Perdona si estoy siendo tóxica, pero el que siempre ha sido mujeriego nunca deja de ser —me crucé de brazos, dispuesta a poner las reglas de una vez —. Quiero que lo nuestro sea exclusivo. Sé que es algo tonto pedirte eso cuando yo estaré también con Fernando, pero te lo pido incluso por cuestiones de salud, porque no me gustaría follar contigo sabiendo que antes de mí, unas horas antes te follaste a otra mujer, y que Dios no lo quiera yo vaya y coja una desagradable infección o, peor aún, una enfermedad.
Creí que Carlos se enojaría o algo por el estilo, porque yo le estaba exigiendo mucho cuando era yo la que muy probablemente terminaría rompiéndole el corazón, pero él mantuvo su expresión relajada, asintió y dijo:
—De acuerdo. Haré lo que tú digas, menos alejar a Carolina. Es mi mejor amiga y la que me cuida la espalda.
Mejor amiga. ¡Ja! Claro, como si los hombres hetero y cis género pudieran tener una mejor amiga sin sentir ganas de follarsela. Y si hasta yo sentía ganas de follarme a esa mujer, pues no me imaginaba las cosas que Carlos debía de sentir por ella.
Esperen...¿acabo de pensar en mis ganas de “follarme” a otra mujer? Dios, creo que ahora sí me está afectando eso de haber dejado de ver porno lésbico, supongo que tendré que volver a esas andanzas a ver si así mi heterosexualidad volvía a estar al 100% y dejar de pensar en mis ganas de ver y mamar unas tetas, que entre otras cosas era algo muy...reprochable moralmente, teniendo en cuenta que yo estaba enamorada de un hombre. Bueno, tal vez de dos.
—Entonces... ¿ella es solo una amiga para ti? —le pregunté, esperando que en serio Carlos me dijera la verdad.
—No me corresponde a mí revelártelo, pero...ella es lesbiana, así que puedes estar tranquila.
Oh.
De todas las cosas que me imaginé, definitivamente no estaba el hecho de que la mujer más hermosa que haya visto alguna vez en este platanal, resultara siendo lesbiana. Y no estoy diciendo que sea malo que a una mujer bella y despampanante no le gusten los hombres, simplemente...es como un castigo para ellos.
—Bien —me limité a decir, y él se acercó y me dio un beso en la frente. Oh, cuánto me encantaban los besos en la frente.
—Diré que te preparen el helicóptero para que te lleven a mi casa.
—¡Ay, no! ¡Claro que no! ¿Cómo se te ocurre? —dije, pareciéndome aquello de lo más descabellado —. La gasolina de esos helicópteros es cara, y no quiero que se gasten valiosos recursos de la nación en mí. Puedo tomar un Uber.
—Viniste sin tus escoltas, eso de por sí ya es una grave violación a tu esquema de seguridad, y no sé cómo rayos Fernando lo permitió —dijo Carlos, ahora sí poniéndose serio, pero yo iba a insistir en tener ciertas libertades como ciudadana del común.
—No me pasará nada. Ponme a alguno de tus amigos militares como escolta, de paso hago algunas compras en el centro, que Vlad quiere que le lleve algo del almacén ruso.
Por supuesto que yo no pensaba en quedarme todo el día en donde Carlos no más esperando a que llegara bien entrada la noche. En Bogotá se podían hacer muchas cosas, y yo pensaba aprovechar que estaba aquí, sin un Fernando que me pisara los talones, para darme alguito de...libertad.
—Bien. Te mandaré con Nico y Jorge, así de paso conoces a los idiotas con los que estuve en la academia militar —dijo, sacando su billetera —. ¿Tienes dinero?
—Con todo el que me da Fernando, ya me alcanza para pagar mi máster, así que no te preocupes —dije, evitando que sacara algún billete. Vaya...ya muchas mujeres quisieran estar en mi lugar, con dos hombres mimándola y dándole dinero, pero no..., yo me sentía incapaz de aceptarle un solo peso a Carlos—. Nos encontramos en la noche.
Cuando salí de la oficina a esperar a que llegaran los amigos de Carlos para escoltarme, vi a cierto hombre con el que yo esperaba nunca tener que volver a toparme.
La amenaza italiana.
Luciano.