Narra Carlos
—No puedo creer que me hiciste hacer esto —dijo Carolina, dejando mi celular sobre la mesa —. Yo ya sabía que eras un hijo de puta, pero nunca dejas de sorprenderme.
Por supuesto que me sentí miserable al hacerle eso a Daniela. Un hombre con los pantalones bien puestos le hubiera dicho de frente que ya no quería tener nada con ella, pero en serio que fui un desalmado al haberle pedido el favor a mi mejor amiga que hiciera la llamada y lo dijera por mí.
—Pues la verdad, a mí ya nada me sorprende él —dijo Nicolás, que estaba acostado en toda la extensión de un chaise longe francés de valor incalculable, con una mascarilla de su rutina de Skincare —. Siempre ha sido un idiota con las mujeres, no sé por qué les sigue sorprendiendo, él nunca va a cambiar.
—Si estamos sorprendidos, es porque esa mujer no es una mujer cualquiera —le replicó Jorge, que también tenía una mascarilla en la cara, y estaba acostado en otro sofá, comiéndose una ensalada de frutas —. Es la mujer.
A pesar de que era domingo, yo estaba con mi uniforme militar puesto, preparado por si había alguna emergencia. Aunque estaba ejerciendo como Presidente Interino de la República de Colombia, eso no quitaba el hecho de que yo seguía siendo el coronel del ejército, y ya me había acostumbrado a estar disponible las 24/7.
Estaba disponible para defender a una patria que en realidad no daría nada por mí, pero...pero era la patria de la que mis hermanos hacían parte.
Además, fue este cargo el que me permitió sentarme en el escritorio presidencial y ordenar que metieran presos a todos aquellos que eran culpables de las desgracias de este país, y por supuesto, del asesinato de mi padre.
Álvaro Gómez, el ex presidente más famoso de Colombia, y el que más nexos tenía con los grupos al margen de la ley y los carteles de droga, estaba, supuestamente, cumpliendo la medida de prisión domiciliaria preventiva mientras avanzaba el proceso judicial en su contra.
Pero no. La realidad era que Gómez estaba a diez metros bajo tierra, en un bunker del ejército, siendo torturado de las peores maneras posibles. Fui yo el que primero le sacó todas las uñas de los dedos, así, sin más.
Yo no era un asesino, claro que no. Yo no mataba a mis enemigos. ¿Para qué matar, si la verdadera justicia estaba en la tortura?
Si yo mataba a un criminal, en realidad le estaba haciendo un favor al dejarlo ir de este mundo sin que pagara aquí una penitencia. No, yo primero los hacía sufrir, de las maneras más...inhumanas posibles.
Después, eran Nicolás y Jorge los que se encargaban de ellos, sin darme los detalles de lo que habían hecho.
Pero yo sabía que no podía matar a Gómez. La gente sabría de inmediato que había sido yo, y yo quería evitar meterme en líos, máxime siendo el actual presidente.
Así que aquí estaban mis amigos, “la cuadrilla de la muerte”, como nos conocían en las fuerzas especiales, en el salón Luis XV del palacio presidencial, haciéndome compañía para que no me terminara de volver loco.
—Sí, es la mujer, a la que por idiota está dejando ir —dijo Nicolás, y Jorge lo fulminó con la mirada y le replicó:
—Es la mujer de su hermano.
—¿Y? ¡Pues que se la quite! —exclamó Nicolás, como si lo que estuviera diciendo fuera lo más normal del mundo —. De todas formas, Carlitos la vio primero, ¿no?
Por supuesto que mi cuadrilla lo sabía todo de mí, incluyendo mi cuento con Daniela y todos los...detalles de dicha relación. Han sido 13 años de amistad con Nicolás y Jorge, son mis hermanos de diferente papá y mamá, nos lo contamos todo, así que ellos sabían de Daniela desde el primer día en que la vi.
Y en cuanto a Carolina, a ella la conocí hace seis años cuando ingresé a las fuerzas especiales del ejército, y fue la única mujer que se atrevió a darme una patada en las pelotas cuando le quise coquetear para llevármela a la cama.
Es la mujer más hermosa y sensual que he conocido en mi vida. Con esa carita bonita, labios carnosos, ojos verdes, 1.75 de estatura y cuerpo perfecto, muy bien podría haber sido reina de belleza, y de hecho lo había sido, al haber ganado varias veces consecutivas los certámenes de belleza del ejército.
Sería mi esposa, de no ser porque es lesbiana. Sí, una lesbiana de clóset, que no ha podido revelar su orientación porque este es un país de mierda, machista, misógino y patriarcal. Si ya de por sí le había costado ganarse un lugar en el ejército por mérito propio, pues no nos queríamos imaginar lo que pasaría si ella revelaba que era lesbiana. Por supuesto que yo la protegería, nadie le haría la vida imposible en el ejército mientras yo estuviera, pero...¿y si yo dejaba de estar algún día?
Le recomendé que estudiara una carrera universitaria, porque si las cosas se llegaban a joder en el ejército, ella podría trabajar en otra cosa, y es así como ya va por la mitad de la carrera de ingeniería de sistemas.
Pero yo...joder, yo no me imaginaba haciendo otra cosa que no fuera dedicarle mi vida al ejército. Tenía mi título de abogado y muchos posgrados, e incluso estaba dando clases de Derecho en la universidad, pero ya me había acostumbrado tanto a la vida militar, que el día en que todo terminara, me sentiría vacío.
Yo definitivamente no me imaginaba estando todos los días con un traje de Armani o Gucci, sentado en una oficina, dirigiendo la firma de mi padre. Dios me salve de esa desgracia.
—Sí, yo vi a Daniela primero, pero Fer me ganó, y no pienso ser ese típico villano de telenovela mexicana que le quita la mujer a otro hombre, mucho menos a su hermano —dije, bebiendo de mi taza de café, que por supuesto es del Café Bustamante —, y en serio, Nico, que aquí el hijo de puta eres tú por incitarme a hacer eso.
—Sí, admito que soy el más hijoputa de todos, a mucho honor —dijo Nico, extendiendo sus botas militares sobre el sofá que costaba diez veces más que el patrimonio neto del negocio de mi familia —, por eso insisto en que me presentes a tu sexy hermana, no me da miedo quitársela a ese rubiales ruso.
Nicolás en serio que no tuvo pelos en la lengua para decirme, después de mi fiesta de ascenso —esa en la que Alejandro dio todo un espectáculo en su faceta de Nikita—, que se lo quería follar y después llevárselo a vivir con él.
Por supuesto que Nicolás terminó con la nariz rota después de haber dicho eso y le tuvieron que hacer una cirugía, y todavía parece querer buscarse la muerte.
Nicolás no es gay, ni bi, ni pansexual, ni nada de eso. Alejandro simplemente tenía el poder de conquistar a cualquiera. Su rostro andrógino en serio que lo hace parecer una chica cuando se pone una peluca y se maquilla. Incluso yo, el más hetero de todos los heteros, me metería con un chico así de bonito, y no tendría una crisis de sexualidad.
Hace años que había pasado esa época en la que tenía una crisis si me sentía atraído por otro hombre. Ahora, estoy tan seguro de mi masculinidad, que no me sentía maricón porque me pareciera estúpidamente bonito cierto embajador de Italia, que se daba paseítos por este recinto cuando no tenía nada por hacer, y distraía a todo mi equipo con sus sonrisitas igual de estúpidas, pero que lograban hacer que mi entrepierna palpitara y doliera.
Yo no me podía sentir más jodido. Aparte de que estaba enamorado de la mujer de mi hermano, ahora resulta que me quería follar a su ex.
Yo sí que me estaba buscando una muerte segura, mucho más de lo que se la estaba buscando Nicolás al desear tan abiertamente a mi hermanito.
—Todos ustedes están mal de la cabeza —dijo Carolina, volviendo a abrir su libro de “Lascivia”, una novela de una autora colombiana que se volvió muy famosa en una plataforma de lectura digital —. Están más locos que mi Christopher Morgan.
—Aish, ya, nos tienes hasta la coronilla con ese Christopher Morgan —se quejó Nicolás, y Carolina le mostró el dedo medio.
—Él nos patearía el trasero a todos nosotros —dije, y es que yo tal vez, solo tal vez, también leía esas novelitas en las plataformas de lectura digital. Dios me salve de que mis hermanos se enteren —, y sería gran amigo mío.
—Estoy segurísima de que la escritora se inspiró en ti para ese personaje, es que eres igualito —dijo Caro, estirando su brazo para pellizcarme un moflete —. Y aféitate, cariño, que pareces de 40.
Al día siguiente...
Estaba en el despacho presidencial, estresado, como cualquier presidente, escuchando al ministro de hacienda, rodeado por mis asesores. Que yo supiera de leyes y de política no significaba que no necesitaba el consejo de gente más experta.
—Señor presidente, con todo el respeto, pero dado a que usted no ha querido responder las llamadas del presidente de los Estados Unidos, en donde él solicita que usted desmienta las acusaciones sobre los supuestos nexos que el gobierno estadounidense ha tenido con el narcotráfico, él ha solicitado que se pague de manera inmediata la deuda externa, en su totalidad —dijo el ministro, sudando como un caballo, a pesar de que estábamos a 16 grados —, y el presupuesto no alcanza para pagar esa deuda, señor.
—Por favor, dígame Carlos, o coronel, pero “señor” era mi padre —insistí. Detestaba que todos me dijeran “don” Carlos. Me hacían sentir viejo, y apenas tenía 33. O sea, sí tengo cara de señor, pero no la edad —, y sí que tenemos de dónde pagar la deuda.
El ministro y los asesores se me quedaron mirando atentamente, como esperando a que yo los iluminara. Me crucé de brazos, esperando a que adivinaran, pero cuando nadie dijo nada durante un largo rato, solo pude confirmar que todos eran unos idiotas, así que entorné los ojos y dije:
—Con el tesoro del Galeón San José, podemos pagar toda la deuda externa, no solo la que tenemos con Estados Unidos.
Todos abrieron los ojos como platos, incluso Nicolás y Jorge, que estaban en la puerta, custodiándome.
—Coronel —habló Gabriela, mi asesora en temas de cultura —, en la administración antepasada, se dejó muy claro que el Galeón es...
—Patrimonio, según la resolución 0085 emitida por el Ministerio de Cultura, para la preservación como patrimonio cultural sumergido —recordé—, y para que el gobierno español no nos joda, aun cuando fueron ellos los que hace siglos vinieron a robar nuestras riquezas.
—Pero, coronel, no podemos extraer el tesoro, sería una clara violación a la resolución del ministerio y a la ley —dijo el ministro de hacienda, y yo lo fulminé con la mirada.
—Este Estado ha violado incluso los derechos humanos más fundamentales, ¿y ahora me vienen a decir que no se puede extraer un tesoro que nos pertenece, solo por “cumplir con las normas”? —bufé y me levanté de la silla, mirando el gran retrato de Simón Bolívar —. En este despacho se han dado órdenes mucho peores, se dio la orden misma de matar a importantes líderes sociales y...—apreté los puños al recordar a mi padre —y a importantes personajes de la rama judicial —volví a mirarlos a todos, que estaban pálidos como un papel —. Se va a extraer el tesoro del Galeón, y nadie tiene que saberlo —desenfundé mi arma semiautomática, y todos se asustaron, pero lo único que hice fue limpiarla, muy lentamente, como si estuviera jugando con algún accesorio de los que estaban sobre el escritorio—, y si se llega a saber, sabré que fue por boca de alguno de ustedes —los miré tan sínicamente, que palidecieron aún más —, y no querrán conocer la manera en la que disciplino a mis subordinados.
Nicolás sonrió con sorna, pero Jorge me amonestó con la mirada. El caso fue que finalicé la reunión dando la orden de que iniciaran cuanto antes el proceso de extracción del navío español que había encallado hace siglos en la zona costera de Cartagena, y poco después llegó mi secretario, un activo joven de 25 años, anunciando algo que yo no me esperaba:
—Coronel, su cuñada está en la recepción, insiste en que tiene una reunión con usted, ¿la dejo pasar?
Sonreí, orgulloso porque Daniela no se había tragado el cuento de mi supuesta amante diciéndole que yo ya no quería estar con ella.
Sí, soy un pinche orgulloso de mierda al que le gusta que las mujeres le rueguen, y al fin había conseguido que Daniela se tomara la molestia de tomar un vuelo hasta la capital, por mí.
Pero también era un idiota, porque a pesar de que en serio la quería dejar por el bien de su relación con Fernando, estaba dispuesto a volver a caer en su red si volvía a ver esos ojitos chocolatosos rogando porque estuviéramos juntos, por más inmoral que fuese.
—No entiendo por qué rayos dejan esperando en recepción a la doctora Torres —le dije a mi asistente, el cual se intimidó con mi mirada de tiburón —. Es la primera dama de esta puñetera nación.