EL ÁNGEL SIN ALAS

1228 Palabras
Recién cuando los padres de Ángel se fueron a la cama, él decidió ponerse a acomodar un poco antes de hacer lo mismo. Estaba agotado y al otro día debía madrugar como cada día de su ajetreada vida para caminar el maldito trecho de mil metros y ahí abordar el transporte que lo llevaría a su trabajo. Desde hacía unos cuantos años su rutina estaba siendo demasiado hostil con él, o él, le había permitido a la rutina burlársele desalmadamente, gobernarle la vida y amargarle la existencia: De la casa al trabajo, del trabajo a la casa y ser el sostén en la vida frágil de su pobre madre, que parecía vivir en una agonía permanente desde hacía unos treinta años. Su padre vivía en un mundo aparte dentro de la casa, porque si bien se desvivía todo el día para traer el plato de comida al hogar, una vez acomodado en su confortabilidad, sólo el vaivén de su pecho dejaba en claro que la muerte no estaba dentro de él, y en ese sentido, Ángel pasaba a ser un mayordomo poco asalariado y prácticamente de tiempo completo. Y el correr del tiempo fue corroyendo sistemáticamente cada uno de los aspectos de su vida, hasta dejarlo desprovisto de matices que sólo le pertenecían a él, de filosofías que sólo vivían en el fondo de su ser, y de risas, llantos y palabras que alguna vez supieron formar parte de su desandar por la vida. Se había transformado, en un puñado de años, en un hombre joven rendido a vivir la vida de un viejo. Aquellos años gloriosos en donde él hacía sucumbir al mundo, en donde las mujeres bellas y las mujeres ajenas morían por robarle la escoba a sus madres para barrer las veredas y verlo pasar, o para convencer a sus maridos de comprarle sus bebidas frescas con tal de intentar verlo, al menos, en la tienda de Don Fito, habían quedado en el olvido, como si Ángel Broghi, el casanova de Los Alerces, hubiese sido despedido en un funeral pomposo y llorado eternamente. Pero no, continuaba acá, ahora durmiendo en una piel de fantasma, caminando las calles del pueblo sólo a las cuatro de la mañana y cuando la noche abrazaba por completo al poblado. Vicente, el viejo empleado de Don Fito, que era cinco años más viejo que aquel, desde hacía casi cuarenta años, continuaba llevando el pedido de mercadería a los Broghi, por lo que ni en la tienda ya se lo veía, lejos de aquel Ángel que embelesaba con sus dientes de perlas parado en el ingreso mismo como si se tratase de un llamador de mujeres que, por el sólo hecho de volverse a enamorar, entraban a lo de Fito y adquirían lo primero que se le venía a la mente. Pero años antes había desaparecido de Los Alerces, conoció a una tucumana preciosa y se casó en San Miguel en una fiesta memorable. Ella fue la única que le hizo suspirar el corazón verdaderamente, y la única que le provocó el comienzo y vigencia de su estado actual. Sus amoríos locos y desenfrenados le pagaron el boleto de regreso al pueblo, y se terminó afincando en la casa decadente de sus padres, desfigurando su estampa de aquellos años y convirtiéndola en ésta traducción decrépita, solitaria y disminuida que transitaba más kilómetros dentro de la casa que en las calles del pueblo. Incluso sus tareas en la fábrica de Justo Lombardi, un pueblo distante una hora de Los Alerces, se remitían a cuestiones demasiados pasivas que ni si quiera le daba la esperanza de ver pasar volando al tiempo. Sofía se había transformado en un antes y un después en la vida de Ángel, y él no pudo desprenderse jamás de esas fotos que, ahora, dormían en la vieja mesita de luz, en esa en donde él hacía las tareas que su maestra Leonor de primer grado le hacía realizar. Jamás se recuperó, y las infidelidades, las guerras diarias y las desilusiones, se transformaron en un tumor maligno difícil de extirpar, un mal que lo iba a conducir inexorablemente a un lugar oscuro y sin retorno. Y sumado a ese peso descomunal anclado en los músculos de sus hombros, se superponía el estado crítico que Rita, su madre, que venía padeciendo desde hacía unos treinta años - con su hipocondría cabalgando junto a ella -, la sombra de la muerte que acechaba su vida y las toneladas de fármacos que parecían un enjambre frente a su cama con aroma a muerte sobre la cómoda de cedro que su abuela Catalina había adquirido a fines de mil ochocientos. Y sólo era cuestión de esperar a que esto se desvirtuara, porque todo había comenzado cuando Ángel recién le abría las puertas a su adolescencia, y, en lugar de dedicarse a chutear pelotas en los campos abandonados del Trami, o de colarse en medio de la noche en los cumpleaños que se hacían en los patios de cada casa del pueblo, se sentaba al lado de Rita a leerle historias policiales o a ver ‘El gran chaparral’, mientras le humedecía trapos y se los ponía sobre la frente, o le preparaba esos tés intomables que sólo el estómago rudimentario de esa pobre mujer, soportaba estoicamente. Y Cosme brillaba por su ausencia. Si bien el hombre dejaba el lomo para que, en su hogar, la comida nunca escaseara, como compañero propiamente dicho y como sostén anímico, decidió ser un verdadero cero a la izquierda y aparecer como tal, para poder darle rienda suelta a su costado oculto, ese que guardaba detrás de su imagen de tipo rústico, amable y pueblerino, sin saber, tal vez, que el pueblo era chico, pero el infierno, abruptamente inmenso. Cada uno de los residentes de Los Alerces conocía, o, al menos, tenía una vaga idea de los andares de Don Cosme Broghi por los tugurios de los poblados vecinos, un concurrente acérrimo que, según las lenguas venenosas, las de buenas y malas intenciones, solía dejar muy buen dinero en las arcas de los burdeles y en los paños menores de sus señoritas. Algunos lo tildaban de hijo de puta, otros lo tenían como un viejo asqueroso, pero su vida dentro de esa casa había pasado a convertirse en una soledad y en un aburrimiento difíciles de sostener e imposibles de sobrellevar. Demasiados años aguantó Cosme al lado de una mujer que todos los días de su vida convivía con la estampa de la muerte y decía que la veía sentada en los pies de la cama rezando la oración de las almas ardidas en la hoguera. Cosme no aparentaba ser esa clase de persona y las lenguas mal habidas tampoco debían tomarse como conceptos religiosos, sólo eran supuestos que, a lo largo de la historia, la gente necesitaba tener para que sus putas vidas, descansaran un poco y así poder abocarse a las desgracias ajenas. Pero sí, don Cosme frecuentaba esas clases de escondrijos, eran su cable a tierra, tal vez, el júbilo que su vida carente de todo precisaba. La vida de Ángel estaba encerrada en ese matorral de historias intrínsecas y él pudo haberle dado un giro a su destino si se lo hubiese propuesto, pero, sin lugar a dudas, determinó que su nuevo formato y su prosecución, debían fijarse aquí y, tal vez, acabar también.    
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR