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Detrás de las palabras

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Descripción

Eugenio e Ignacio se conocen en un momento muy particular de éste último. Luego de quedar desempleado, Ignacio debe salir a buscar el sostén de su familia promoviendo su propia mercadería. A lo largo de un tiempo logra establecer su marca, pero nunca olvida que Eugenio, fue su primer cliente y el que prácticamente le hizo desplegar las alas para volar en sus sueños y no rendirse ante las a adversidades que, inexorablemente, debía enfrentar. Pero lo que no sabía era que debía enfrentar lo que estaba a punto de avecinarse.

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¿NO HA ASESINADO A SU ESPOSA AÚN?
- ¿No ha asesinado a su esposa aún? Fue un saludo bastante particular. Me tomó por sorpresa y me hizo desviar el bolígrafo sobre la libreta que había llevado para anotar las direcciones de mis futuros clientes. Era todavía muy temprano y el griterío de la ciudad parecía seguir enroscado entre las sábanas. En las inmediaciones algunas mujeres ya comenzaban a despuntar sus escobas y a dejar sus veredas hechas un espejo, a cerrar más apretujadas las bolsas de residuos y, fundamentalmente, a no perderse esa noticia mañanera que sería – llegando el mediodía – el antídoto sagrado de las lenguas en el mercadito del barrio. Hice foco en esa voz que sonaba a tierna y agradable. Yo había dejado mi vehículo unos treinta metros de donde provenía ese saludo, pero no se me hizo dificultoso dar – después de girar varias veces mi cabeza – con él. Crucé sigiloso. No con un sigilo de temor, más bien, con uno disfrazado de misterio, mueca agradable de por medio, y con mi espíritu cacheteándome el hombro, como augurando una mañana positiva en mi primera incursión laboral, desde lo personal, después de haberme quedado desempleado en la empresa que me acogió durante más de veinte años. Con mi mercadería en mano me fui aproximando. Detrás de una puerta-ventana un rostro sonriente parecía estar esperando la respuesta a su pregunta. - Buenos días, caballero, abrí con cierta timidez. - Se ve que la tiene vivita y coleando en su casa, dijo desafiante. - ¿Realmente cree usted que mi valiosa vida debe continuar tras las rejas luego de deshacerme de ella?, respondí entendiendo el juego. Una carcajada leve le pobló el semblante. Yo lo seguí por detrás. Abrió un poco más la ventana de esa puerta y me estrechó con gusto su mano derecha. - Eugenio Pastore, a sus órdenes, me dijo con su pecho inflado y aparentemente gustoso del saludo que me propinaba. - Ignacio Módica, un placer, mi amigo. - ¿Su amigo? Cómo han cambiado las cosas en el mundo, ¿no?, respondió aun sacudiendo mi mano. - Es una manera de decir, una forma cordial… me detuvo de inmediato. - Lo sé, hijo, lo sé. No me des bolilla. Soy un viejo peleador y me gusta jugar con esas frases hechas de la gente. No me hagas caso. Parecía tan constante su mueca alegre y cordial que hasta daba la impresión de haber sido esas muecas las causantes de sus surcos ocupándole casi la totalidad de su cara. Podía olerse la calidad de la persona hasta en un instante de broma: un hombre educado, refinado, de excelentes modales y de interesantes ademanes desprovistos de gestos grotescos, de ojos grandes y saltones del color del cielo, y un cutis suave y cuidado a pesar de las arrugas. Luego de la peculiar presentación le di rienda suelta a mi propósito que era ofrecer, casa por casa, mi producto personal, y con Eugenio la cuestión se me hizo muy sencilla, simplemente porque no me dejó acabar con mi explicación, requiriendo de inmediato mi producto. Ese lunes había comenzado de maravillas ¿qué más podía pedir? Mi primer cliente parecía haberme allanado el camino a seguir, un camino largo y sinuoso, pedregoso, difícil y complicado, un camino plagados de ‘no’ más que de respuestas afirmativas; un camino en donde debía enfrentarme a los portazos de la gente, a las atenciones tras un visillo, a las mentiras y a los pretextos; un camino arduo y una experiencia totalmente nueva y ajena a cualquier aventura hecha por mí previamente. Debía llevar el pan a mi seno familiar. Debía barajar y dar de nuevo en este tropiezo duro de mi vida. No me importaba a lo que me enfrentaba, pero sabía que, si bien, dejaría de depender de los demás, la tarea iba a ser mucho más complicada aún. Pero don Emilio debió haber usado su olfato de viejo zorro apenas me vio descender de mi vehículo. Él ya estaba parado detrás de la puerta ni bien yo estacioné, mirando la mañana, aspirando el perfume de un nuevo día o buscando – como algunas de sus vecinas – la noticia del día para hacerla eco en el mercado. Su impronta, su sencillez, su espíritu bienhechor, su calidad de ser humano y su afabilidad, conspiraron y se colaron en las venas de mi alma, dándome ese elixir mágico para volcarlo y enfrentar así el resto de la jornada. Entre tropiezos y levantadas me fui armando de una vasta clientela a medida que el tiempo fue transcurriendo. Como era de esperarse el camino fue muy espinoso, y entre medio de esas dificultades, la gran mayoría me recibió de manera cordial y fue aceptando conforme el producto. Pero Eugenio rápidamente se transformó en mi cliente predilecto, como si ese honor de haberse transformado en el primero de mi lista, hubiese sido un galardón listo para ubicar en lo más alto de una vitrina. Los jueves era el día en que lo visitaba, y era el día en que hacía la ronda por toda la gente del sector. Me había diagramado un circuito que abarcaba de lunes a sábado, y lo tenía bien afilado para saber cuándo debía volver a visitar a cada uno de ellos y, de esa manera, no saturarlos yendo en días que no debía ir. - ¿No ha asesinado a su esposa aún? Una carcajada loca brotaba desde las entrañas de ambos cuando Eugenio – a sabiendas de la hora en que yo arribaba – se despachaba con su ‘buenos días’ devenido en esa pregunta demente y sin sentido. - No tuve tiempo, Eugenio, y ya después me dio fiaca y me fui a dormir, solía responderle entre las tantas respuestas que cada jueves – pergeñado previamente – le daba al viejo. Y hasta sonaba a un juego que debíamos jugar, como algo que se estableció entre nosotros, un sello de ambos, un cliché distintivo que nos ponía en un lugar de confortabilidad y nos abría las puertas, no sólo para nuestro encuentro de cinco minutos por jueves, sino, para mi prosecución durante el resto del día, una especie de inyección movilizadora que terminaba de hacer efecto ni bien volvía a la calma de mi hogar. Después de los primeros chascarrillos de la mañana y de explicarle los motivos por los cuales no había podido eliminar a mi esposa de esta vida, nuestra escueta charla, pero fructífera y educativa, no se centraba en cosas mundanas: el arte, la pintura, la escultura, la música y la literatura era nuestro condimento, nuestra conexión. Eugenio era un profesor retirado de Literatura, además de un conocedor acérrimo de las artes. El encuentro era corto, pero efectivo, y evidentemente nos dejaba bien preparados para afrontar el camino a seguir. Nunca nombró ni habló de esposas, hijos o nietos. Yo tampoco ahondé mucho en lo que a mí concernía. No parecía que iba a ser nuestro estilo y nos sentíamos bien desandando en aquellos temas. Un jueves me llamó la atención la ausencia de su saludo particular. Oteé varias veces hacia la puerta-ventana para cerciorarme de su presencia mientras ponía en mis brazos el pedido que Eugenio me había realizado para hoy, siete días antes, pero no parecía estar ahí. Por primera vez, después de muchos meses, apreté el timbre de su casa que sonó lejano pero audible. A través del vidrio ahumado de la ventanita que era parte de la puerta pude observar que alguien – desfigurado por el efecto del vidrio – se acercaba. Como si se tratase de alguien creído de atender a un ser maléfico, una mujer abrió apenas la ventana y sólo el ojo derecho, parte de sus cabellos y algo de su frente prominente, se asomó a ver quién llamaba. Una voz – que calculé pertenecía a ella – me preguntó qué necesitaba. Era una voz casi masculina, apagada, oscura y desigual. - Buenos días, señora, dije respetuosamente. - Pregunté qué necesitaba, no que me salude, acotó la mujer irrespetuosa y agresiva. - Busco a Emilio. La mujer cerró muy lentamente la ventanita y pude ver cómo desaparecía y era devorada por el efecto del vidrio. Ahí permanecí cerca de diez minutos sin tener novedades de Eugenio. Nunca las tuve y entendí que no iba a tenerlas. Silbando bajo me retiré de la casa. Me quedé cinco minutos más dentro del auto con la esperanza de verlo salir, creyendo que podría estar en el baño o dejando de hacer algo importante. Nada. Arranqué y me dispuse a continuar con mi trabajo, con la cabeza metida en Eugenio visitando al resto dela clientela. Los días se fueron sucediendo y mi ansiedad por la llegada del próximo jueves me carcomía el cerebro íntegro. Pero las telarañas de la sorpresa me atraparon una semana después. Como cada jueves su saludo demencial apareció como una magia en los albores de ese día, y su estampa de hombre bueno y amable, permanecía ahí como una postal más que como una realidad. - ¿No ha asesinado a su esposa aún? Esta vez me acerqué con una prudencia extraña en mí. Él lo advirtió. - ¡Venga, mi amigo!, me dijo envuelto en una tranquilidad que contagiaba. - Buen día, Eugenio, ¿cómo está usted?, dije alternando mi mirada entre la suya y el fondo de su casa. - Tranquilo, mi amigo: no muerde, respondió y una nueva carcajada saltó como el magma de un volcán. Fueron un par de minutos de reírnos sin parar, él sostenido de los barrotes de la ventana y yo con mi rostro cubierto por la única mano que me quedaba libre. La risa fue aquietándose. Algunos vecinos pasaban por ahí y Emilio, envuelto en su donaire, les dejaba un saludo cordial. - Disculpe si le fallé el jueves pasado, le dije. - No te preocupes, hijo, todo está bien. Sinceramente tenía turno en el gastroenterólogo y me había olvidado, una semana antes, de decírtelo para que vinieras en otro horario. Me quedé con algunas preguntas atravesadas en el hueso de la garganta, pero más allá de la confianza que ya hacía tiempo reinaba entre nosotros, no me pareció prudente escarbar, indagar y bucear en aguas que no me pertenecían, amén de los deseos calientes que tenía por hacerlo. El tiempo fue transcurriendo y mi trabajo fue creciendo y dándome más frutos de los que yo inicialmente había imaginado, cuadruplicándose la clientela y prometiendo abultarse aún más. Atrás quedaron aquellos días aciagos posteriores a mi despido de Traver y Asociados y atrás quedó toda esa impotencia desprendida de ese infortunio. Logré, con verdadero esmero y esfuerzo, vencer las barreras, aventarme a las profundidades y sacar pecho firme para, después, ver reflejado todo ese sacrificio en los resultados obtenidos. A lo largo de esos años, Adela, tal era el nombre de la esposa de Eugenio, en muchas ocasiones, fue la que terminó atendiendo y recibiendo los pedidos de su marido, a veces con buena cara, otras no tanto; a veces gruñendo como un perro babeante, otras bajo un silencio sepulcral, sin, al menos, decir buenos días. Era una mujer esquelética, de piel lechosa, de ojeras profusas y de ánimo decadente, sombría y silenciosa. Portaba esa apariencia de mujer farmacodependiente dando la idea de divagar como un ánima durante las veinticuatro horas por los rincones dela casa, voz de fumadora empedernida y dientes amarillentos. La contracara de lo que era Eugenio, el lado opuesto, el otro polo. Y a lo largo de todo ese tiempo su pregunta retorcida como señal de bienvenida o de un grato saludo matinal, se convirtió en un sello distintivo, y hasta pareció naturalizarse con el correr de los años, siendo definitivamente uno de los condimentos principales en nuestras charlas de los jueves. Luego todo pasaba a un segundo plano y era realmente un regalo de la vida ingresar en ese mundo fantástico de sabiduría y conocimiento que de él se desprendía y que calaba en mí demasiado hondo, un libro abierto, una enciclopedia viviente y un universo interminable de sensatez y claridad de juicio. Después de cinco años ininterrumpidos de esfuerzo decidí al final del ciclo tomarme con mi familia unas merecidas vacaciones. Lo necesitaba. Lo necesitábamos. Habían sido largos años de trabajo constantes, días durísimos y muchas noches sin poder dormir, desdoblándonos hasta la ruptura para lograr nuestro cometido. A finales de diciembre detuve la máquina y en los últimos días de febrero tomé la decisión de regresar por expreso pedido de mis clientes necesitados de mis productos. El 21 de febrero de 2008, como cada jueves, estacioné en la puerta de la casa de Eugenio. Yo conocía a la perfección las costumbres de cada uno de mis clientes, sus formas de ser, sus días positivos y negativos, sus acciones y sus humores. Apenas apagué el motor del auto – mientras quitaba mi cinturón de seguridad y bajaba el volumen de la radio – supe que algo no andaba bien, que algo parecía estar fuera de lugar. Como cada jueves esperaba verlo detrás de la puerta-ventana con ese aire grácil, su sonrisa dibujada pero sincera, y al aguardo de su saludo original: “¿No ha asesinado a su esposa aún?” Eugenio, no sólo que brillaba por su ausencia, sino, que el aspecto general de su casa distaba de tener aquel aspecto al que yo estaba acostumbrado a ver: el piso de la entrada plagado de suciedad, hojas y papeles, luces encendidas, plantas abandonadas, flores muertas y paredes corroídas. A medida que oteaba todo ese escenario mi mano se alzaba decidida a tocar el timbre. Su sonido continuaba siendo el mismo de siempre, pero detrás de él, nadie se vislumbraba a través del vidrio ahumado. Veinte metros más abajo, por la misma vereda, una muchacha – seguramente la empleada doméstica de la casa de los Farías – arreglaba las flores de su jardín sin quitar su mirada de mi presencia. Intenté de nuevo, pero esta vez, tomé la decisión de llamar a la puerta. Desde afuera, desde mi lugar, podía aspirarse la nada misma que reinaba adentro, el vacío total, la ausencia cabal de ambos. - Hola. La voz me apartó de mi concentración y me hizo recorrer un sudor helado por la espalda. - ¡Oh!, perdón, le respondí a Catalina, tal era el nombre de la empleada de doña Jacinta Farías, vecina de Eugenio desde hacía más de cuarenta años. - No te hagas problemas, todo está bien, respondió con ánimo culpable Catalina. –“Disculpá la intromisión, ¿buscás a  alguien? -, me preguntó algo sorprendida. - Sí, a Eugenio, respondí, y proseguí: - “Vengo a traerle su mercadería como cada jueves” -. Catalina pareció atorarse con una saliva demasiado grande y espesa. Su mirada, de pronto, se alternó entre la mía y la casa de doña Jacinta, que abría la puerta de su portón y observaba el panorama. Una levantada débil de su mano derecha quiso transformarse en un saludo, pero murió en el intento. Por sus actitudes entendía que algo había acontecido y que, obviamente, yo desconocía. Segundos después de sus miradas cómplices, el último guiño de doña Jacinta, le dio a Catalina la orden de hablar. - Don Eugenio y doña Adela han fallecido, me dijo titubeante y ahogada en un mar de miedos. No podía creer lo que escapaba de la boca de esta mujer parada, ahí, frente a mí, escupiendo en mi rostro semejante barbaridad. - ¿Qué me estás diciendo? ¿qué es todo esto?, la increpé de lleno sin tener en cuenta su inocencia. Doña Jacinta olió a sangre y de inmediato se acercó hasta donde nosotros estábamos. - Doña Jacinta, dije y la mujer me detuvo. - Sí, hijo, es así como Catalina te lo está diciendo. Fue el lunes. Ella y yo arreglábamos las flores del jardín, como verás, y oímos unos ruidos extraños, similares a estruendos o bombas. Francisco y Marta, los vecinos de allá (Jacinta señalaba hacia la casa colindante a la de los Pastore), salieron presurosos envueltos en sus saltos de cama, asustados y nerviosos, y nos preguntaron si habíamos escuchado esos sonidos. Les dijimos que sí, y de inmediato, nos alertaron de que podían venir de la casa de Eugenio. El terror en la expresión de Jacinta, tomándose fuertemente su cabello conforme vomitaba su relato, era una muestra elocuente de la situación que me estaba pintando y de lo que seguramente vendría por detrás. Ella continuó: - “Hijo, ellos fueron muy buenos vecinos durante todos estos años, pero sus problemas maritales parecieron ser un fantasma persecutor desde el mismo momento en que dieron el ‘sí’ en la iglesia. Los celos intensos y demenciales de la pobre Adela, sus persecuciones, su ebriedad, su violencia loca, sus gritos desencadenados en plena madrugada y su frustración de ser madre, poco a poco, fueron destruyendo la relación. Eugenio aguantó lo que más pudo, pero este final era previsible. Todos, aquí en las inmediaciones, sabíamos que algo parecido a lo que sucedió el lunes, iba a caer en cualquier instante” -. - Jacinta – detuve a la mujer para que se enfoque en el nudo de la cuestión -, dígame por favor qué fue lo que ha sucedido. - Francisco entró a su casa y llamó a la policía. Nosotras tres quedamos acá afuera conteniéndonos. Salió Francisco y esperamos. Cinco minutos después tres móviles policiales se hicieron presentes. Como aquí adelante permanecía todo cerrado, uno de los uniformados saltó por el techo y entró por la puerta del patio forzándola. Desde adentro él abrió la puerta principal y el resto de la patrulla ingresó. En menos de dos minutos era un hervidero de gente aquí alrededor. Instantes más tarde, uno de los oficiales habló conmigo. Me hizo unas cuantas preguntas de rutina y me tomó como testigo. En pocas palabras, el oficial me dijo que en la casa parecía estar todo en orden, pero ni bien ingresamos en la habitación matrimonial, nos golpeamos de frente con el horror: Adela yacía muerta en su cama, como si nunca se hubiese despertado, con un disparo en la frente y sus sesos diseminados y empotrados en la pared. Dos mujeres policías tuvieron que redoblar sus esfuerzos para contener mi caída. Como pude me mantuve en pie y pude observar hacia mi derecha, sentado sobre el piso de parqué, a Eugenio. Él estaba apoyado sobre la pared de la izquierda, con sus piernas abiertas metidas bajo la cama, una escopeta larga y negra con la punta aún metida en su boca, y su cabeza igual de destrozada que la de Adela, sus ojos abiertos y un mar de sangre envolviendo toda la escena. Fue uno de los instantes más aberrantes que haya podido vivir, hijo de mi alma. Nada podía eclipsar este sopor que de pronto me tocó vivir regresando de mis vacaciones. No hallaba preguntas, ni respuestas, ni salidas, ni un argumento lógico para poder interpretar el relato de Jacinta, que lloraba junto a Catalina como si aún estuviesen paradas frente a la muerte de los viejos. Ahora entendía todo. Ese momento lumínico de las personas golpeó tímidamente mi puerta y abrió una hendija para que yo pudiese ver algo de claridad ¡Pobre Eugenio! Ni sus capacidades, ni su educación, ni su bien de persona, ni su dilatada experiencia, ni sus facultades, ni su sonrisa dibujada en su rostro agrietado, ni sus palabras perfectas en el instante preciso, ni su caballerosidad, ni sus ojos de niño viejo, pudieron seguir conteniendo ese odio herrumbrado que durante años lo tuvo a mal traer y que se le burló arteramente. Fueron más de cincuenta años en un estado de ebullición que indefectiblemente debía terminar. De seguro habrá deseado morir antes de desgraciarse, pero las decisiones son sólo los designios de la vida… ¿No ha asesinado a su esposa aún?...Probablemente hubiese hecho algo por él, así como él lo hizo por mí aquella mañana, otorgándome, con su energía cautivante y su espíritu afable, el empuje necesario y las fuerzas necesarias para abrirme el camino que hoy tengo.

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