El vientre de un arquitecto estaba a quince minutos de comenzar y no me lo quería volver a perder bajo ninguna circunstancia. Era una de esas películas que, como no taquillaban fino, las pasaban cuando las “vendibles” ya no podían ser más sostenidas como “súper estrenos”: El vientre de un arquitecto…Sobresaliente film de Peter Greenaway, que lo había dejado pasar allá, por el otoño del ochenta y siete, y que hoy – después de nueve años – ni que me pida ayuda Dios. Era como ver el cometa Halley, una bella aurora boreal.
En la calle el frío viento de ese invierno atípico parecía jugarme en contra. Empujaba hacia atrás mi caminar raudo, pero forzado. Me dolían las piernas por el esfuerzo de pelear contra él y lo que debía hacerlo en diez segundos, me llevaba casi medio minuto. Greenaway no me iba a esperar. Ni si quiera debía saber que un tonto en medio del frío, se apresuraba para ver una de sus obras más destacadas. Yo debía apurarme y seducir de alguna forma a este viento condenado, o atravesarlo malignamente y terminar de fulminar mis piernas.
Desde niño me abracé a la costumbre de chutear piedras, llevarlas cuadras y cuadras como acariciándolas con la punta del pie derecho, y a pocos metros de casa, las embocaba en los desagües que salían por el cordón de la vereda, simulando un penal en un partido de fútbol. Y con cuarenta y dos años llevaba aún esa costumbre tan arraigada a mi vida como una verdadera obsesión. Y en el medio de todo este apuro no podía dejar pasar la oportunidad de hallar una piedra y puntearla hasta tres o cuatro metros antes de casa y embocarla en algún desagüe. No me lo permitiría. Era mi ritual.
Y como lo hice durante tantos años era para mí algo tan natural que lo hacía prácticamente sin mirar la piedra, observando tranquilamente el camino por donde debía seguir.
Por la vereda de enfrente, a unos cincuenta metros, un hombre provisto de un sacón oscuro, una larga bufanda blanca, un ancho pantalón de corderoy y una boina, caminaba en sentido contrario al mío, despacio, sigiloso, casi con un andar cansino. Me llamó poderosamente la atención que un hombre mayor estuviera allí, a estas horas, caminando como dando un paseo de relax en plena primavera, cuando la temperatura era infernalmente fría y estaba pisando los cero grados. Tenía sus manos guardadas en los grandes bolsillos del sacón, y su rostro apuntaba hacia el suelo como aquel que busca algo perdido, y se deslizaba tan lento que davala impresión que nunca iba a llegar a destino o no tenía destino alguno.
De un puntazo hice saltar la piedra de esquina a esquina e increíblemente llegó hasta la otra vereda como puesta ahí, con escuadra. Solamente para eso desvié la mirada, pero de inmediato, apunté mis ojos hacia el anciano de enfrente. Él también debía cruzar a la otra esquina y seguir. No tuvo la mueca ni dio muestras de girar y de doblar para continuar por la misma vereda. Iba a cruzar. Pero ese andar lento se mezclaba con una extraña sensación de levitación, porque nunca dejó detuvo su caminar como cualquier mortal lo haría al llegar a una esquina. Es cierto, era tarde y las calles brillaban por ausencia de vehículos y personas, pero ese hubiese sido el comportamiento natural: observar si todo estaba en orden para cruzar la calle.
Una luz poderosa emergió y cortó la oscuridad. No la sentí previamente o no me percaté de haberla visto por estar tan pendiente del hombre mayor, que atravesaba la arteria con su marcha cansina y su mirada clavada en el suelo. Me detuve y un silencio me ahogó entre sus cuerdas al ver al hombre cruzarla calle. El vehículo levantó sus luces e hizo sonar fuerte su bocina, mientras el viejo, perdido en sus cavilaciones, proseguía su marcha crítica. Por la oscuridad reinante en la noche no pude determinar a la velocidad que la máquina venía, pero evidentemente, traía consigo demasiada potencia. Tuve la intención de gritarle con todos mis pulmones buscando una rápida reacción en él, pero me quedé extasiado como una estatua entre mis dos esquinas, clavado en el medio del asfalto. El chillido de los neumáticos no fue suficiente ni para que el viejo volviera de su ensueño ni para evitar la colisión, sólo alcancé a observar el comportamiento en el cuerpo del hombre al mando del volante, clavado, casi parado sobre el pedal del freno, tirando su cuerpo hacia atrás y hacia arriba como un clásico reflejo natural, imaginando que, de esa forma, evitaría el desastre. Pero todo su esfuerzo se esfumó casi de inmediato y arrolló al pobre viejo engulléndolo bajo las ruedas.
En el centro de las cuatro esquinas el automóvil cesó su marcha, y el filoso ruido de su detención, se desparramó como un eco interminable y se fue perdiendo tras los rincones de la noche, confundiéndose en el viento y muriendo en algún lugar. El vehículo quedó algo inclinado por la tracción y el hombre dentro de él, paralizado, con su cuerpo estirado hacia atrás y hacia arriba, seguramente, con ambos pies incrustados aún sobre el pedal del freno. La potente luz que pendía de una columna en una de las esquinas, dejó al descubierto el horror impregnado en el rostro desencajado de ese hombre. Sus ojos no decían nada y lo decían todo, y me observó como si yo hubiese descubierto en él un secreto atesorado en su retina por años. Ese hombre pedía a gritos una explicación y una ayuda al mismo tiempo, y con certeza había perdido, por un instante, la noción de tiempo, forma, espacio y color, bajo una inmovilidad inquietante que asustaba ciertamente. Yo permanecía incólume, inmóvil como en un duelo de vaqueros, esperando saber quién desenvainaría primero
Como huyendo de una explosión segura así fue cobrando vida dentro del auto, moviéndose como una serpiente ávida de alimento, mientras calcula cruelmente el golpe para su presa. Abrió la puerta mientras el motor roncaba con placidez y descendió como pisoteando fuego, sin quitarme sus ojos ensangrentados de los míos. Bajó, se apoyó sobre el asfalto, y alternó miradas, y continuaba su acecho buscando respuestas lógicas a esta pesadilla, mientras decidió husmear seguro y firme bajo al auto. Tenía el comportamiento de quien no quiere enfrentarse a la cruda realidad, de quien le huye deseoso a la horrorosa verdad. Increíblemente nadie se acercó a la escena. Las almas caritativas brillaban por su ausencia, y el viento arremolinado, inmiscuido en el frío aterrador de la noche, decoraba trágicamente este instante penoso.
Me desprendí velozmente de mi estatismo y emprendí a paso lento mi caminar hacia la camioneta, bajo un miedo que me poblaba sobremanera el cuerpo y con mi corazón latiendo rabioso en la puerta de mi boca. El hombre se acuclilló sobre la calle y buscó temeroso al viejo, esperando – imaginaba yo, con cierta y esperada lógica – hallar sólo pedazos de él. Iba y volvía arrodillado sobre la carpeta y un relámpago de desesperación lo asaltó repentinamente. Yo llegué al lugar y, a medida que me acercaba, mi cuerpo iba adquiriendo la misma postura del hombre que buscaba al anciano.
- ¡No está!, ¡no está por ningún lado!, exclamó inmerso en un océano de nervios aquel hombre.
- ¿Está usted seguro, mi amigo?, respondí al tiempo que me agaché para ayudaren la búsqueda del viejo con mi cara rayando el asfalto.
Por un instante llegué a pensar que, debido a su desesperación, una ceguera momentánea le estaría obstruyendo su deseo de búsqueda, y que esta condición, más las inclemencias climáticas y el frío desgarrador, le dificultaban la visión para ver al pobre viejo entrelazado en las ruedas.