El hombre se paró como un resorte y se tomó la cabeza con sus dos manos, ya no en una clara señal de horror, si no, en una señal firme de incredulidad mezclada con asombro, bajo un turbio aroma de no entender absolutamente nada.
- No está, no hay nadie, ¿qué es esto? ¿qué fue lo que sucedió?, gritaba casi mudo, envuelto en una voz ácida que parecía haberle desintegrado la totalidad de sus cuerdas vocales.
- No puede ser posible, respondí obnubilado por el descubrimiento del hombre.
Traté de calmarlo desde el suelo, con palabras suaves y exactas para que el caos no se apodere de él y resultase todo más cruento todavía. Mientras alternaba paradas y agachadas rodeaba el vehículo y buscaba sin dejar de hablar con este hombre, para apaciguar el instante y quitarle un poco de dramatismo a la escena.
Y efectivamente no había nada: no había nadie…El viejo, aquel viejo que yo vi caminar cansinamente por la vereda y cruzar la calle, no estaba allí. Volví sobre mis pasos sin dejar de contener a este hombre desencajado y envuelto en una desesperación única y amarga, con su voz cortada y el pecho a punto del estallido. Volví a echarle la culpa a la noche, al frío, al viento y a la escasa luz que reinaba bajo el auto. Busqué de nuevo, pero esta vez le imprimí a la exploración un poco más de calma, poniendo mi cabeza en frío, en un frío mayúsculo, grande y severo.
El hombre permaneció en la misma postura, arraigado al asfalto como si fuese su único cómplice y su sólo consuelo. Rápidamente me incorporé y supe que, con total certeza, bajo las tenazas de la conmoción, tal vez al viejo no se lo tragó la camioneta, más bien había golpeado en ella y la misma fuerza lo había aventado hacia uno de los costados de la calle. Ese segundo de claridad de mi memoria fue determinante, por lo que, inmediatamente, giré y le dije al hombre que continuaba aferrado a la incredulidad y al espanto.
- No se mueva, deme un segundo.
Con pasos agigantados bordeé el vehículo y me dirigí hasta la vereda que estaba frente a mí, ciertamente oscura, pero no tanto como para no vislumbrar lo que buscaba, ayudado también por el tenue faro clavado en una de las esquinas. Fui directamente a donde creía que podía haber caído el viejo, guiándome instintivamente, por el golpe recibido. Pero nada. Entonces seguí la vereda como buscando un tesoro escondido, mientras observaba de vez en cuando al c*****r viviente que me susurraba palabras en medio de la noche y del estrépito.
- ¿Y?, ¿qué se puede ver?, preguntó temblando de espanto más que de frío.
Continué mi búsqueda sin responderle nada, mientras una tenue pero certera llovizna, comenzaba a caer y a hacer más dificultosa la escena. Caminé hasta cerca dela mitad de esa vereda, exagerando quizás, pero mirando hacia arriba como una nueva opción, oteando en las copas de los árboles y desviando mis ojos en cualquier sentido. Nada, absolutamente nada. Como enlazado al cuello, me crucé raudamente de vereda, mientras la lluvia parecía cortarme el rostro con su voracidad, con su fuerza y su manto helado. En esta nueva vereda comencé desde la mitad ya que estaba a la misma altura, recorriéndola y haciendo una caminata espejo de la anterior de donde venía, al tiempo que mis ojos continuaban buscando hasta en los desagües al costado de las veredas, ahí, a donde a mí me depositar mis piedras traídas a las chuteadas. Llegué a la esquina y el hombre sólo giró su torso sin mover sus extremidades y replicó:
- ¿Y?, ¿a dónde está ese anciano?
No tenía respuestas ni palabras de regocijo, ni consejos espontáneos, ni una mueca, ni una expresión. Las palabras se murieron dentro de mí, me habían comido el alma. Y sin sentido alguno di una ojeada final, un paneo general en clara muestra de no quererme convencer de lo insensato y en no darme por vencido, así como así. No podía permitir que la locura invadiera mi cuerpo entero. El viejo no estaba por ningún lugar, como si todo hubiese sido sólo un mal sueño, y decidí acercarme al hombre con el miedo de quien teme ser regañado.
- No está, amigo, no hay nada, le dije apocado.
Recién allí su cuerpo cobró vida, y la locura que me seducía instantes atrás, terminó por amarlo a él. Gritaba y vociferaba con una voz partida por un vidrio, pero fuerte y segura, arrancándome de cuajo la posibilidad certera de poder calmar el desastre de su perdición. Tenía muecas de intención, pero era como querer calmar a un oso ávido de carne humana. Era grande, muy grande, con dos manos poderosas y una cabeza enorme, y se desplomó, así mismo, como una estructura de cemento sobre el pavimento que ya se había transformado en un verdadero mar a esa altura dela noche. Cayó sobre sus rodillas y cubrió su inmenso rostro con sus manos exacerbadas de manera precisa. El mismo tenor del grito hacia el cielo de plomo lo vomitó entre sus manos y tragó toda su amargura. Necesitaba contención. Me acuclillé tan lento como la suave caída de una hoja en otoño y abracé la inmensa humanidad con mis brazos escuálidos. Y se terminó de desplomar, quedando sentado en el medio de la calle, sin darse cuenta si quiera, de que el agua prácticamente le besaba el ombligo. Yo lo observaba y trataba de hallar una palabra, al menos, que lo hiciera sentir mejor, al tiempo que volvía a otear el panorama pensando que mi búsqueda no había sido efectiva, con los ojos casi cerrados de tanta agua que me castigaba.
¿Cuántos años más tendría que esperar para volver a ver “El vientre de un arquitecto”? Cerraba mis ojos y me maldecía a mí mismo por pensar semejante burrada en el medio del infierno de este hombre.
- Ya está, amigo. Tal vez fue sólo un pequeño roce y el viejo tuvo fortuna y decidió alejarse sin más, dije presintiendo que todo pudo haber sido una ilusión nada más.
- Sí, hijo, tal vez fue así. Es todo muy raro, pero tal vez fue tal cual lo estás presentando, dijo mientras rearmaba su vertical. Yo ayudaba como podía hasta que finalmente se enderezó. Él agregó: - “Estoy hecho sopa y vos también, pibe”-, dijo más sosegado
- No importa, está todo bien, de todos modos, nos íbamos a mojar, respondí buscando descomprimir el momento.
- ¡Qué espanto, mi Dios!, dijo asustado: - “Pensé que lo había matado, pensé cualquier cosa” -.
- Está todo bien, mi amigo, respondí con respeto: - “Ya ve, no hay nada. Seguro se asustó al igual que nosotros y escapó como un tiro sin decir palabra alguna” -. Él asentía con la cabeza mientras acomodaba un poco su ropa.
- Bien, dijo soltando un suspiro: - “Habrá que seguir ya que todo fue un momento muy confuso” -. De inmediato lo ayudé a ingresar en su vehículo que continuaba roncando bajo el diluvio de la noche.
- ¿Te acerco a algún lugar, hijo?, preguntó amable.
- No, amigo, gracias, dije firme. Vivo aquí a la vuelta. Vaya tranquilo nomás.
- Bien, bufó esta vez: - “Me asusté mucho, hijo, mucho verdaderamente” -.
- Yo también, créame, respondí con una sonrisa apagada.
- Adiós, pibe, ojalá que nos volvamos a ver, pero no en éstas circunstancias, replicó gustoso.
- Adiós, amigo, cuídese, dije haciendo unos pasos hacia atrás para otorgarle la salida. Arrancó despacio y, serenamente, se fue perdiendo bajo el aguacero.
Subí a la vereda y me quité las botas con corderito dentro. Me levanté un poco los pantalones, a pesar del frío estremecedor, y me fui sabiendo que tendría que esperar mucho tiempo para volver a ver “El vientre de un arquitecto”. El viejo, con su sacón de bolsillos grandes, su pantalón de corderoy y su boina, comía maníes en una de las esquinas, mientras la lluvia ni si quiera lo mojaba.