EL GALPÓN

1255 Palabras
El galpón parecía lejano, allá, en lontananza, pero en realidad siempre estuvo a la misma distancia del corral de las vacas. El chubasco era implacable, lastimaba ciertamente, y la cortina de agua que formaba ponía difuso a aquel galpón, cuestión que tornaba dificultoso el arribo hasta él debido a lo estropeado que se hallaba el camino. Pero lo debía hacer como todas las mañanas porque don Miguel era serio y muy responsable en su trabajo. Él solía decir, ‘siempre hay que ponerle el pecho a las balas’, y ésta era la jornada ideal para poner en práctica su pensamiento. Era el comienzo de una extensa y extenuante rutina, lo cotidiana, la que formaba parte de una vida, y que de temprano nomás daba señales de ir para largo, y que tendía a hacerse complicado porque el clima se había propuesto a no ayudaren nada. Sin embargo, el trabajo debía comenzar y acabar, bajo las aguas, apretujando los dientes, pase lo que pase. Entremezclado comenzó a soplar un viento fresco que llagaba las manos y coagulaba la sangre, poniéndolo más difícil y complicando el trajín. Allá, a lo lejos estaba el galpón en donde don Miguel guardaba los tractores, las máquinas, algunos pequeños silos, la comida de los animales, en fin, todo dentro de orden preciso y matemático, porque el patrón era así, pasándose de la raya y extralimitando sus pensamientos, al borde de tornarse osco y antipático. Hasta allí tenía que llegar – algún día – para traer el tractor y empezar la recorrida matinal por el campo. Las piernas me pesaban toneladas y el abrigo ya era una verdadera incomodidad, pero decidir despojarme de él, sería una decisión demencial que inexorablemente me llevaría al s******o. Como si se tratara de arenas movedizas, le pegué al andamiaje manoteando el aire y buscando apoyo, mientras el agua me azotaba con sus cuerdas y don Miguel con el apuro de sus órdenes impartidas. ‘Ritmo, m’hijo, ritmo’, me decía con voz fuerte y precisa, como seguramente le habrían sentenciado a él en aquellas duras épocas de los cuarenta. A duras penas llegué hasta el galpón, exhausto, muerto en vida, entonces decidí, allí sí, quitarme el camperón, que colgué en un gancho y quedó allí como un viejo muerto. Me sacudí como los perros y entré al galpón para buscar el tractor y las llaves, pero un cercano murmullo me hizo girar la cabeza como los felinos ávidos de una presa. Me asusté, me temblaron las piernas, pero de miedo, ya no de frío, y atesorándome a una pala, caminé con dudosa decisión hacia el murmullo que se hallaba aún caliente en algún rincón del galpón. Afuera, don Miguel era un concierto de órdenes y apodos de mal gusto que me ponían más nervioso todavía. Determiné hacer oídos sordos a los improperios del patrón y enfocarme por un instante en aquel susurro extraño. Cuando di con él, el alma se me congeló de lleno: allí estaba doña Alicia, totalmente desnuda, con su cuerpo envuelto en un éxtasis sin límites, sus ojos fuera de este mundo y gimiendo como la mejor prostituta, clavándole las uñas en la espalda a su hijo Joaquín, que bramaba como un león y fornicaba a su madre intentando atravesarle la espalda para que el placer la lleve de este mundo. Ellos no me vieron, ni si quiera me sintieron. Respiré profundo, tragué la saliva más grande de mi vida, y volví a la realidad traído de los pelos por los incesantes y alocados gritos de don Miguel: “Apurate, muchacho, no tengo todo el día”, alcancé a descifrar metido todavía en mi aturdimiento. Me arrastraban necesidades de todos lados; quería desaparecer y le suplicaba a Dios que echara un milagro e hiciera detener el tiempo. Miles y miles de pudriciones pululaban en mi cabeza, mientras sentía la humedad entremezclada de sus lenguas y rebotaba en mi cuerpo el temblor efímero de los suyos, mientras el patrón ya estaba siendo invadido en exceso por la impaciencia. En un acto reflejo me asomé al ventanal y vi a don Miguel avanzar con furia hasta el galpón, decidido, vomitando los peores epítetos y adjetivos descalificadores hacia mi persona. No lo podía permitir; sabía que el desastre era inminente y que se avecinaría una tormenta peor que la que estaba azotando a Mercedarias. Doña Alicia y Joaquín parecían haber perdido la noción de la vida ¿Sabrían ellos que estaba lloviendo? ¿Sabrían ellos que pendían de un hilo muy delgado? Estaban ciegos y desorbitados, y se amaban como si verdaderamente estuviesen a un segundo del h********o. Y el patrón tambaleaba en aquella arena movediza y daba esa sensación de hacérsele cada vez más difícil llegar conforme se acercaba al galpón. La desesperación me ganó. Sabía que esto se convertiría en una batalla a sangre fría e incluso podía quedar yo en el medio de la gresca. Siempre fui de pensar que para cada decisión hay un tiempo precioso, sin embargo, ésta vez, me di con la cara contra un murallón demasiado duro. Bastó sólo un segundo, un instante, un abrir y cerrar de ojos para tomar entre mis manos los destinos de cuatro personas en este mundo cruel y despiadado. He escuchado por ahí frases como “Todo por mis hijos…”, “Si estuviera solo…”, “Por ellos, cualquier cosa…”, pero a la hora de caer en dilemas cruciales y de enfrentarme a la resolución de la vida, todo aquello no llega a la cita, no forma parte del color blanco inmaculado que abriga la mente. Nada de esto me tocó el hombro, me susurró al oído; quedé solo y desamparado para hacer y deshacer historias a mi antojo. Inconsciente. Cuando don Miguel se dispuso a tocar el picaporte – como si se tratase de aquel que culmina su carrera y busca henchido de pasión su trofeo – tomé coraje, me armé de fuerzas y martillé la cabeza de Joaquín con la pala negra y segura, y antes de que doña Alicia emitiera su primer aullido, terminé con ella de la misma manera. Allí quedaron los dos, bien muertos, como de manera enfermiza deseaban ellos: juntos y bien muertos. Juro por lo más preciado que exista en este planeta que todo fue así, que todo se dio de esa manera, en un segundo tal vez, el segundo fatal de mi existencia, el segundo que terminaría condenando mi vida a una jaula negra y oscura. Casi luchando con la puerta, don Miguel irrumpió como si se tratase de una sorpresa que el viejo quería darme, y presto a darme una levantada, una buena reprimenda, se congeló entero al quedar cara a cara con la escena cruenta. Con un sigilo felino, envuelto en miles de dudas y en cientos de preguntas repentinas y asombros aterradores, se fue acercando temeroso, con el miedo de quien no puede creer, un temor que le dejó de repente la piel lechosa, los ojos a punto de abandonar sus cuencas, la boca seca y los orificios nasales trepidantes, intentando que el resoplido, sea el sostén seguro de su vida, para no caerse definitivamente, sin hacer el más mínimo ruido, mientras yo temblaba como una hoja de otoño mirando si había dejado la pala cerca de los cuerpos o retirada de ellos, para que don Miguel no entrara en decisivas sospechas. No lo hizo, y un grito desgarrador hizo trepidar el galpón, al observar a su mujer y a su hijo muertos sobre la hierba.      
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