Paula y Luciana, por su parte, habían ingresado en otra etapa de sus vidas, en plena y vertiginosa adolescencia, afianzadas a sus grupos de amigos, metidas en sus fantasías, preocupadas por sus dolencias, tristezas, amores y desamores diarios, y poco alarmadas por los asuntos que rodeaban al hogar en todos sus aspectos, desde lo más mínimo e insignificante (como armarse su propia cama), hasta lo más grueso como era lidiar con un clima armoniosamente enrarecido. Dentro de ese marco de convivencia fatal, Gabriela se hizo de un trabajo firme y seguro que le dio impulso para dejar bien afuera algunos de los fantasmas que la fueron acompañando durante gran parte de su existencia, fundamentalmente, en nuestro matrimonio: una nueva y jugosa vida social, dinero fresco en sus arcas, roce momentáne

