El mes se fue con rapidez y un día llegué a la universidad decidida a poder hablar con Agustín, por fin una parte de mí, la más lógica, había aceptado que él tenía una relación y nada iba a ocurrir entre nosotros, que debía olvidarme de él totalmente y dedicarme a Mario, quería que hiciéramos las pases, que lo que sea que no funcionaba bien entre nosotros lo arregláramos para poder seguir adelante. Pero ese día no asistió a clases, ni el otro, ni el que le siguió, Mario estaba muy extraño, sin embargo, nunca salió a relucir en nuestras conversaciones la ausencia de su amigo. Fue hasta que pasó una semana que me preocupé y me atreví a preguntarle por Agustín. — Pensé que te tenía sin cuidado. — me dijo. — ¿Sin cuidado? ¿Por qué lo dices? — me sentía confundida, tal vez Agustín le ha

