— Por favor, espera — susurré, lo empujé por el pecho, pero él no dejó de besarme — Detente, por favor. Me iba a dar por vencida, pero él entendió, se separó lentamente de mí, tenía el rostro agachado por lo que no podía ver su semblante, se giró dándome la espalda. Yo me acomodé el vestido y me pasé la mano por la boca que seguía cálida por sus besos, y solo ahí noté el temblor de mi cuerpo, traté de tranquilizarme. — Así que… lo amas — dijo, pero no parecía dirigirse hacia mí, no comprendía nada — ¡Vaya que tiene suerte el maldito! — Agustín, ¿de qué me hablas? Andas tomado, esto… — me detuve porque justo había volteado a verme, sus ojos brillaron y yo me quedé sin palabras. — Sí, estoy tomado… discúlpame. Está de más decirte que claramente no debemos contarle a Mario, así q

