Rachel
Nunca imaginé que mis errores del pasado traería tantas consecuencias, ahora todo parecía irreal y seguía en shock, porque todo había pasado delante de mis ojos desde el momento en que encontré a Daniel en mi departamento. Ahora estaba en un jet privado rumbo a Italia, a su lado y nerviosa por esas personas que querían matarme por ser su esposa.
No sabía que era lo que más me preocupa, que el sea un mafioso o que mi familia sepa la verdad, solo imaginar la reacción de mis padres o mis hermanos me estresa de sobre manera y no tenía idea como explicarle que había jodido mi vida por completo.
Ironía de la vida, la hija de un gran jerarca policial, que viene de una familia de policías se había casado ni más ni menos con un delincuente, mejor dicho un líder de la mafia y ahora iba a enfrentar todo ese mundo al cuál me llevaba para protegerme de sus enemigos.
— Amore — lo escucho hablarme.
— ¿En verdad eres un líder de la mafia? — pregunto cuando mis ojos se encuentran con los suyos.
Suspira. — ¿Jessica en verdad no te contó nada sobre mí y los temas que tenemos pendientes? — inquiere acomodándose en su asiento.
— Ella sabe que me casé, pero no le dije con quién porque solo de tí se tú nombre — reconozco suspirando.
— Mi nombre es Daniel Salvatore — dice. — Jefe de Camorra, mafia napolitana y de la cuál pertenezco desde el primer día de mi vida hace treinta y cuatro años. Tu hermana sabe que soy un mafioso, de hecho uno de mis hermanos es el líder de la mafia del padre de Jessica — agrega.
— ¿Por qué te casaste conmigo? — consulto. — Soy una mujer normal, puede que estuviéramos borrachos, pero igual sigo siendo demasiado simple y parece una historia de novela — acoto frustrada.
— Tú dijiste que te ibas a casar con el primer hombre que encuentres — me recuerda.
— Sí y tú fuiste el primero al quien encontré — digo haciendo nuevamente contacto con sus ojos.
Toma mi mano y tira de mi para que termine sentada sobre sus piernas, mi rostro queda cerca del suyo, su mano acaricia mi mejilla haciendo que cierre los ojos ante su contacto.
— Me pediste que te cuide, amore mío — comenta.
— Pero me dejaste en esa cama sola y sin respuestas — reprocho.
— Cuando me dí cuenta de lo que hice, no debíamos casarnos porque te expuse en el blanco de mis enemigos y por eso te deje esa mañana — siento otra caricia en mi mejilla. — Soy un demonio Rachel, estos años pensé en buscarte, para que firmemos el divorcio, pero con todos los enemigos que sembramos estabas en peligro si me acercaba a ti — agrega acomodando un mechón de cabello detrás de mi oreja. — No se cómo dieron contigo, me amenazaron con cobrar venganza con mi esposa — suspira. — No le dí importancia hasta que mandaron una foto tuya y debía cumplir mi promesa de cuidarte, eso me pediste — culmina dejando un beso en mi mejilla.
— Si hablo con mi padre y mis hermanos, ellos podrán protegerme — lo escucho chasquear la lengua. — Hay buenos programas de protección de testigos y me mandarían a un lugar mientras resuelves el problema de tus enemigos — sugiero.
— La policía no puede meterse en temas de la mafia, eso viola nuestro código sagrado — declara.
— Daniel — suspiro.
— Rachel, lo siento, pero no hay opciones. No voy a dejarte sola, en peligro para que alguien te lastime, no dejaré que nadie haga nada en contra tuyo, porque después de todo es mi culpa haberte metido en este mundo — dice escondiendo su rostro en mi cuello.
— ¿Y que haremos después de que este avión aterricé? — pregunto. No sé que me llevó hacerlo pero mis manos empezaron acariciar su cabello y su cuello.
Esto nos abrumaba a ambos, a él porque quiere protegerme y a mí porque en verdad tengo miedo de lo que podría pasarme o tan solo pensar en el peligro que podría poner a mi familia.
— ¿Amas a ese hombre? — me pregunta haciendo que frunza el ceño.
— ¿A quién? — consulto confundida.
Levanta su rostro para que nuestras miradas se encuentren, sus ojos verdes observan los míos y no se que me llevó pero lo abrace. Algo dentro mío me decía que lo debía hacer, su sorpresa dura poco porque no duda en estrechar sus brazos fuertes sobre mi diminuto cuerpo.
— ¿Lo amas? — repite en mi oido.
— ¿A quién? —
— Al rubio idiota ese que te grito que te amaba — gruñe aferrando más su agarre a mi cuerpo.
¿Cómo voy amar a Landon?
Él es egoísta, entiendo su parte de seguir sus sueños en ser uno de mejores cirujanos pediátricos, pero su manera de tratarme, de decirme que no valía nada, que solo era su simple descarga para esos días dónde estaba estresado, hizo romper mi corazón en miles de pedazos, porque en verdad me había enamorado de él apenas lo conocí hace años atrás en ese cumpleaños de las sobrinas del esposo de mi hermana.
— No lo amo, sería una tonta si lo hago — contesto con seguridad.
Por culpa de Landon, mi despecho y el alcohol me llevó a hacer cosas de borrachos, recuerdo bien encontrarme con Daniel y las imágenes de la noche que tuvimos están presentes, nunca un hombre me hizo sentir así en la cama como él, después no recuerdo absolutamente nada más que despertarme en la cama de ese habitación, con un anillo en mi dedo, esa nota en la almohada y con ese descomunal dinero en mi cuenta bancaria.
— Perfecto, porque desde el momento en que bajemos de este avión solo serás mía y no quiero compartirte con nadie hasta que firmemos los papeles del divorcio — sentencia con seguridad.
— ¿Y tú serás mío? — pregunto sin dejar que su mirada de posecividad me intimide.
— Solo tuyo, amore — afirma.
Su acento sexy y esa forma en que me llama, sus brazos llenos de tatuajes y su perfume son la perdición de cualquier mujer, si él me quería tener encerrada por mi seguridad, tenía que asegurarme que solo será mío hasta que firme los papeles de divorcio.
— Daniel — murmuro entrecortada a sentir la cercanía de sus labios casi rozando los míos.
— Cerremos nuestro trato, Rachel — dice terminando de juntar sus labios sobre los míos. Jadeo cuando muerde mi labio inferior y aprovecha en meter su lengua en mi boca, haciendo que me aferre de su cuello para seguir la intensidad de su beso demandante.
— Daniel — gimo su nombre cuando sus labios bajan por mi barbilla hasta mi cuello. — No nos conocemos, espera ...
Se ríe entre beso y beso. — Cuando nos casamos tampoco — declara haciendo que tome su rostro entre mis manos y junte con firmeza su boca nuevamente con la mía.
Maldito italiano adictivo.
— Daniel — vuelvo a gemir cuando nos impulsa a ambos, sus manos se posiciona en mi trasero haciendo que mi entrepierna choque con la suya haciendo que jadee.
¿Por qué me ponen semejante tentación ante mí?
Caminamos, mi espalda choca contra algo, lo siento más cerca mío, ¡Mierda!, mi lado sensato dice que paré, pero mi cuerpo quiere recordar mejor el cuerpo de este hombre al cual debo llamar esposo por un par de semanas más.
— No puedo sacarte de mi cabeza desde la primera vez en que estuvimos juntos — jadea sobre mis labios.
— Eso fue hace tres años — acoto tratando de recuperar el aliento.
— Mía, de ahora en adelante, amore — dice mordiendo mi mentón.
— Hasta el divorcio — murmuro.
— Si, eso — agrega dejando un fuerte beso en mi cuello que de seguro me dejará una marca.
— Señor — dicen acompañado de un carraspeó.
— Espero que sea algo bueno, Alessandro — masculla. Me remuevo entre sus brazos algo avergonzada tratando que me suelte. — Quieta — pega más su cuerpo al mío haciendo qué muerda mi labio inferior para evitar que el gemido salga mi boca.
— El señor Francesco quiere hablar con usted, le dije que estaba ocupado, pero no entiende — le informa haciendo que maldiga.
Sin soltarme se vuelve a sentar en su asiento conmigo en sus piernas, acomoda un mechón de mi cabello y deja un suave beso en mis labios.
— Alessandro te presento a mi esposa — dice como si nada.
— Señora — asiente el hombre alto que viste de n***o.
— Pásame el teléfono — le ordena. El hombre le entrega un celular y rápidamente marca un número.
— ¿Dónde demonios estás? — inquieren del otro lado de mala manera.
— Te dije que tenía asuntos que resolver, Francesco — contesta Daniel rodando sus ojos y suelto una risa divertida por su acción.
— ¿Con quién estás? — le pregunta la voz.
— Con mi esposa — muestra la pantalla para que observé a un hombre de ojos azules que me mira frunciendo su ceño. — Es uno de tus cuñados, Francesco, ella es Rachel, mi mujer y pronto estaremos en Nápoles — declara.
— Hola — saludo tímida.
— Daniel — sisea cabreado el hombre detrás del teléfono.
— ¿Para que demonios molestabas? — le pregunta bufando.
— ¿Desde cuándo estás casado y de dónde sacaste a esa chica? —
— Francesco cierra la boca, no te debo explicaciones y si no es nada relacionado a Camorra o la familia, no me interesa escucharte — dice molesto.
— Te espero en la mansión, necesito respuestas — declara su hermano terminando la llamada.
— Toma Alessandro, no quiero que nadie más me moleste — ordena al entregarle el teléfono de nuevo al hombre que estaba detrás nuestro.
— Como ordene señor, estamos a poco de aterrizar — le comenta.
— ¿En qué estábamos? — me pregunta cuando nos dejan a solas.
— ¿Ese era tu hermano? — consulto.
— Lastimosamente — responde haciendo que sonría.
— ¿Tú familia no sabe que nos casamos?—
— No — murmura repartiendo suave besos en mi cuello, mientras que sus manos recorren mi espalda.
— Algo que tenemos en común, la mía tampoco lo sabe — acoto al estremecerme por sus caricias.
— Por favor pueden acomodarse en sus lugares, estamos pronto aterrizar — no dice la azafata que mira el piso avergonzada.
— Si, disculpa — digo saliendo de los brazos de Daniel para sentarme en mi asiento.
— Eres mía, no lo olvides — acota mientras veo como acomoda en el asiento.
— Vaya posecividad, amore — bromeo mirando como en su labios se planta una sonrisa al escucharme.
— Bienvenida a Nápoles, Rachel — dice observando las luces de la ciudad.
Nisiquiera sabía que responder hace horas atrás estaba saliendo de mi trabajo después de un intenso día laboral y ahora estaba llegando a Nápoles con mi mafioso esposo.
Irreal todo, pero eso estaba pasando.
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