Con un Adkik herido, una Lionetta desangrándose, una Nina preocupada por la promesa de Ignati y un Viktor con ansias de matar personas, todos regresaron a los cruceros rojos. Tenían tantas heridas que sanarse, tantos problemas que resolver y tantas circunstancias que solucionar, que cada uno fue a lo suyo. Milán llevó a Adkik a la habitación del doctor. Se quedó a su lado hasta que el hombre le dijo que todo estaba bien, que estaba fuera de peligro, que solo necesitaba descanso. Adkik ni siquiera le agradeció ayudarlo, en su lugar le pidió acostarse a su lado. —No somos esa clase de personas —comentó Milán. —Estar cerca de la muerte me hizo querer hacerlo. —Palmeó la cama—. Ven. Prometo que no te cogeré si no quieres. Milán sabía que era producto de la enorme dosis de morfina que el méd

