Sintió como si le ofreciera el mundo en bandeja. El peligro inherente de la sensación se perdió ante su emoción. El cubo dejó de moverse. Ella dejó de respirar. De repente, el cristal se aclaró y todo quedó iluminado por los últimos rayos de sol dorado. «Alejandro...», susurró. Era impresionante. Quería abarcarlo todo de golpe, pero había tanto que ver. 'Querías una vista.' Y él se lo había dado. Entonces miró hacia abajo a través del suelo de cristal y se tambaleó. Era intimidante mirar cientos de metros hacia la ciudad. Sus brazos la envolvieron con más fuerza. —Te tengo.— Emma se abrazó a él, sin apartar la vista del paisaje. Y así permanecieron, cuerpos apretados, sin decir nada mientras el sol se ponía en el horizonte. A medida que el cielo se oscurecía, más y más luces comenzar

