5.
Es sábado al medio día.
La mejor hora para un repartidor de comida como yo. Tengo el chaleco con la insignia del Brunos, el restaurante para el que trabajo desde que tengo a mi Dulcinea, o sea, mi querida moto.
Ahora mismo tengo en la caja de mi Dulcinea tres pizzas y dos combos de hamburguesas cuádruples para entregar. Estoy con el mejor de los ánimos. He soñado que andaba en una Lamborghini aventador n***o de primera gama y me ha quedado la satisfacción.
Pongo en el celu, “El Mareo” de Bajo fondo para que me haga de música de fondo. ¿No te parece que con música el día se hace más llevadero? A mí me funciona.
Estoy deleitándome con los acordes del grande Santaolla cuando voy entrando a la autopista, y de repente mi Dulcinea hermosa y compañera comienza a sonar extraño.
—No, nena, no me falles, vos no sos así… —le digo.
Y para el peor de mis males una loca que conduce un Mustang rojo que va detrás comienza a soltar bocinados cada vez más fuertes al ver que voy más lento.
—¡Ya párale no! —le hago gestos para que pase de largo pero no se mueve —¿Llegas tarde a tu matrimonio? ¡Si estará loca! —le grito. Qué se creerá. La gente está más loca cada día. Debo salir de la autopista. No puede estar pasándome esto a mí.
La mujer de los bocinazos pasa lento y baja el parabrisas.
—Oye tu… —me dice. La miro de reojo. Se ve como esas millonarias que salen en la televisión. Pero yo miro al frente, hago como si no le viera.
—¡Te hablo a ti! Sé que me escuchas. Se te da mal la actuación... —su tono es histérico y parece que está enfadada por el retraso que he causado hace rato.
—¿Qué pasa? —le pregunto, cansado ya de tener que hacer de cuenta que no está ahí.
—Saca tu carcacha de la autopista. ¡Haces que llegue tarde a mi pedicura! ¡Bruto!
¿Me ha llamado bruto? Muy bien. Esto se está poniendo personal y no me gusta.
—¿Cómo que carcacha? ¡Esa moto es la mejor moto del mundo —defiendo a mi Dulcinea.
—Yo solo veo un cacharro viejo, debe valer lo mismo que la sesión que estoy a punto de perder… Debería darte vergüenza llevando esa porquería por la autopista…
La mujer acelera haciendo un gesto de desprecio. No me ha dado tiempo a ninguna réplica. ¿Cómo se atreve a hablar así de mi Dulcinea?
Dulcinea funciona nena, demuéstrale a esa loca que eres la más poderosa de todos.
Luego de escuchar mis palabras de aliento y apoyo, arranca como nueva.
—Así se hace nena —le digo, pero el semáforo se pone en rojo y volvemos a encontrarnos con la loca del Mustang. Le hago gestos para que baje la ventanilla.
—Me debe una disculpa señorita —le digo esperando que reflexione sobre sus actos.
—¿Yo? ¿Y por qué le debería algo a alguien como tú? —pregunta como si fuera algo descabellado. Esa mujer es lo peor del mundo. Se debe creer superior por pavonearse con ese Mustang en las calles. Qué pena me da.
—Ha sido de mal gusto soltar semejantemente bocinazos —le explico—. No ha sido amable conmigo al ver que me fallaba mi Dulcinea.
—Mira, no sé quién es esa Dulcinea… y poco me importa. Solo sal de la autopista.
Ahora sí que va a tener que escucharme.
—Lo que importa en este momento es que debe pedir disculpas por su poca cordialidad.
—¿Pedir disculpas? ¡Puedes esperar sentado a que vaya a hacerlo! Púdrete.
¡Qué indignación! Uno siendo cortés con esa loca y eso es lo que me gano. No importa, debo volver a concentrarme en el camino. Llevo diez minutos de retraso, si no me apuro los clientes se quejarán.
Al salir de la autopista la Dulcinea se detiene. Tengo todos los pedidos fríos en la caja. Estoy frito. Llamo a mi jefe y le informo del problema.
—Puedes hacer lo que quieras con los pedidos ¡Estás despedido! —me dice y cuelga sin importarle que esté plantado en una zona lejos. ¡Es lo que me faltaba! ¡Dios! ¿Qué hice mal para que me vaya tan mal?
Cuatro horas más tarde y bajo el calor del verano tengo la cara y las manos tostadas llevo caminando a cuestas a mi querida Dulcinea que no quiere reaccionar más. Al llegar a una estación de servicio encuentro a dos nenes que van pidiendo monedas por hacer unas monerías circenses. Les llamo con las manos.
—¿Tienen hambre? —les pregunto a los dos.
—Siempre jefe —me dice el más grande que tiene unas pelotas de plástico en las manos.
Saco las hamburguesas y les doy una a cada uno.
—Que dios se lo pague jefe —me agradece el más chico que tiene la cara sucia.
—Con que me de una mano de vez en cuando me conformo… —le contesto, y sigo mi camino. A eso de las doce de la medianoche llego a casa. Ha sido un día de esos en los que me pregunto qué mierda es lo que hice en la vida anterior para que me vaya tan mal… pero en fin, ya estoy en casa. Mis viejos ya están durmiendo
Mi viejita bien buena me ha dejado en la mesa una nota:
“Te hice pollo al espiedo como te gusta”
PD: “Como no llegaste a tiempo te lo dejo en el refrigerador para que te lo calientes cuando llegues”
PD 2. Deja los platos en el lavado. Sabes que tu papá se molesta cuando baja a desayunar y encuentra que dejaste tus platos en la mesa”
PD3: Te quiero hijo.
Estoy muerto de cansancio y solo pienso en dormir pero al saber que mi viejita ha cocinado para mí. Caliento mi pollo al espiedo y lo devoro.
¡Está delicioso!
Luego me voy y me plancho en mi cama y caigo en coma. Mierda. He olvidado poner mi plato en el lavado...